
El rey insensato y el bufón
Por Luis Gregorich Para LA NACION
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Los hispanohablantes seguimos homenajeando, en el cuarto centenario de su aparición pública, al Quijote . Además de celebrar una magnífica novela cómica y de aventuras, no dejamos de asombrarnos ante el perpetuo renacimiento de un personaje más real que la vida misma, cuya imaginativa locura y cuyo fracaso melancólico determinan nuestra propia tradición. Si la modernidad es un debate irresuelto entre razón y utopía, el Quijote es su mejor mediador.
Es muy probable, aunque no totalmente seguro, que el mismo año de 1605 en que se editó la primera parte de la gran narración cervantina haya visto la luz otro de los más extraordinarios personajes de la literatura universal: el rey Lear, protagonista de la tragedia homónima de William Shakespeare. Tratándose de Shakespeare, ya se sabe, no hay certezas absolutas respecto de fechas, pero la mayoría de los investigadores coinciden en que en ese año Lear fue representado por primera vez o, por lo menos, escrito. Sin haberse conocido, el caballero manchego y el rey insensato resultan, así, contemporáneos, tanto como lo son de nuestras lecturas cómplices.
Si es cierto, como dice Harold Bloom en su nuevo libro ¿Dónde se encuentra la sabiduría?, que "Cervantes y Shakespeare comparten la supremacía entre todos los escritores occidentales desde el Renacimiento hasta ahora", entonces hay motivos suficientes para hacer hablar a Lear en el año del Quijote . Y aunque vacilemos ante la habitual desmesura taxativa de Bloom, los dos personajes coetáneos se defienden por sí mismos. Han sobrevivido cuatrocientos años, y tan lozanos. Junto con sus elocuentes escuderos, Sancho Panza y el Bufón, ilustran acerca de un mundo que se derrumba, aunque nunca de manera definitiva. En los sobrevivientes se reinstala la normalidad, para que el derrumbe empiece a insinuarse de nuevo.
La trama de Lear , inspirada en viejas leyendas célticas y en una obra de teatro previa con el mismo tema, de la época de Shakespeare, es bien conocida. El anciano rey de Bretaña decide retirarse y repartir sus posesiones entre sus tres hijas, Goneril, Regan y Cordelia, en la medida en que cada una le demuestre su afecto y le exprese cuánto lo ama. Las dos primeras se deshacen en demostraciones retóricas de amor filial. Cordelia, la menor y la preferida del rey, abrumada por tanta elocuencia hipócrita, responde austeramente: ama a su padre según su deber, ni más ni menos. Lear, en un arrebato de furia, la deshereda y la entrega como esposa, sin dote, al rey de Francia, para no verla más, y divide el reino entre sus otras dos hijas, obligadas en adelante a brindarle hogar y escolta.
Lo que sucede en la obra es una creciente e inexorable secuencia trágica. Lear es traicionado y despojado por Goneril y Regan, y emprende un desolado viaje por el páramo, bajo la tormenta, con la única compañía de su bufón y el fiel conde de Kent. Otro vasallo, el conde de Gloucester, a su vez vive una trama simétrica: su hijo bastardo, Edmond, lo convence con patrañas para que destierre a Edgar, su hijo legítimo, quien se convierte en ermitaño y terminará encontrando a Lear en el páramo. Cordelia vuelve con un ejército francés para rescatar a su padre, pero muere por orden de Edmond, que a su vez es muerto por Edgar. Y Lear, al final, muere también, con Cordelia en sus brazos, azotado por la locura y el dolor.
Después de las más variadas lecturas e interpretaciones, el personaje resiste y sigue expresando, con su parábola, la indeleble mezcla de estupidez, orgullo, compasión y absurdo de la condición humana. No ha podido ser demolido siquiera por los finales felices que le impuso el siglo XVIII, ni por la gestualidad hiperromántica con que invistieron al viejo rey actores como Edwin Booth tras la restitución del texto original en 1838. Tampoco pudo con Lear la crítica irritada de León Tolstoi, que lo consideraba incoherente, poco natural y anticristiano. Como observa George Orwell, el propio Tolstoi terminó convirtiéndose en un Lear moderno, al morir, en 1910, anciano y solo, en el páramo de la estación ferroviaria de Astápovo, tras haberse fugado de su propiedad y de su familia.
Las versiones de teatro, cine y televisión de nuestro tiempo son innumerables. Entre los actores que lo representaron dignamente hay que mencionar a Orson Welles (en versión abreviada para la CBS en 1953, dirigida por Peter Brook), Paul Scofield (en el filme de 1971, también dirigido por Brook), Yuri Yarvet (igualmente en 1971, en la notable película rusa de Grigori Kosíntsev), Laurence Olivier (a los 75 años, en la versión televisiva de 1983) y, entre los argentinos, Walter Santa Ana.
Las adaptaciones más o menos libres para el cine han oscilado de la extraordinaria Ran (1985) de Akira Kurosawa al bizarro Rey Lear de Jean-Luc Godard, protagonizado por Burgess Meredith (1987) y al pintoresco trasplante a las granjas de Iowa en Mil acres (1997), donde las tres hijas de Jason Robards son Jessica Lange, Michele Pfeiffer y Jennifer Jason Leigh.
En nuestros días, Lear nos da margen todavía para relecturas desde las perspectivas de, por ejemplo, el lugar de la vejez, las desdichas de la herencia y las fuentes de la psicosis. Como en todas las grandes obras de Shakespeare, quizá con una agudeza sólo igualada por Hamlet , aparece también el eje del deterioro de la comunicación humana, causada por la deliberada corrupción del lenguaje, convertido en un instrumento de astucia y persuasión más que en un vehículo de la verdad. Los perversos de Shakespeare no solo hacen el mal y matan para conseguir sus objetivos, sino que se valen, ante todo, de un convincente talento retórico que funda un mundo de sospechas conspiración y espionaje.
Edmond, Yago y Polonio son auténticos precursores, nada primitivos, de los actuales servicios de inteligencia, y maestros en la acción psicológica. Podría decirse, también, que son tortuosas encarnaciones del intelectual moderno, función que comparten con los bufones/lenguaraces, aunque estos últimos les lleven ventajas por su mayor impunidad y desprejuicio. La diferencia entre unos y otros está en que los bufones, neutros en pasiones, no padecen las presiones de la ambición ni de la venganza. Son una mera situación, un campo del lenguaje, una topología de la crítica y de la condena política y social.
Por eso, en la evocación y el homenaje al gran Lear, con toda la insondable insensatez de su repudio a Cordelia, y con toda su doliente grandeza posterior pródiga en gestos majestuosos, conviene recordar asimismo, en la misma escala de interés y actualidad, a su Bufón, al Fool shakespeariano que no tiene otro nombre que ese, el Loco por definición y elección, frente al (o dentro del) viejo rey que se ha vuelto loco por sus errores y por la malicia del mundo.
Al igual que su amo, ese Bufón que aparece y desaparece de la tragedia sin que se sepa bien por qué, es uno de los personajes más perturbadores del teatro de cualquier época. No tiene, como Sancho, apariencia física identificable, ni rusticidad en sus maneras, ni gobernará reinos imaginarios. Sólo se limita a hablar; a hablar como Sócrates o quizá como Erasmo, el primer intelectual de la modernidad, que en 1534 le dice en una carta a Juan Luis Vives: "Estamos pasando por tiempos difíciles, en que no se puede ni hablar ni callarse sin peligro". Y el Bufón, setenta años después, le dirá a Lear: "¡Cuánto te pareces a tus hijas! Ellas me azotan por decir la verdad, y tú me quieres azotar porque miento! Y a veces me azotan porque guardo silencio. No me gusta nada ser Bufón, pero menos me gustaría estar en tu lugar. Mordisqueaste el sentido común por ambos lados, y no dejaste nada en el medio".
Y más adelante, en la "profecía" que sentencia a la Inglaterra isabelina, enumera así: "Cuando se haga justicia en todos los procesos; cuando no haya escudero con deudas ni caballero pobre; cuando las calumnias no pueblen las lenguas... y cuando los rufianes y las prostitutas construyan iglesias..., entonces el reino de Albión se verá gravemente confundido, y llegará un tiempo, que verá el que viva para contarlo, en que para caminar habrá que usar los pies."
Nosotros también caminaremos usando los pies cuando seamos capaces de borrar la demonización del adversario, la justicia por mano propia, el ocultamiento del pasado, el desprecio por la ley y el lenguaje como astucia destructora. Y la lista sigue.






