El safari de la vida

Santiago Legarre
Santiago Legarre PARA LA NACION
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30 de octubre de 2013  

Cuando les cuento a mis amigos que hice un safari en África, me miran sorprendidos, como si me hubiera ido de cacería de elefantes, al estilo rey Juan Carlos. En realidad, "safari" en swahili quiere decir viaje y, ordinariamente, se trata hoy en día de una excursión para ver animales salvajes (aun cuando mucha gente en lugar de mirarlos se dedica todo el tiempo a sacarles fotos, algo muy distinto, sobre todo cuando se realiza con una mezcla de excitación y furia que impiden a todas luces contemplar la belleza).

En mi safari de Maasai Mara (Kenia) me encontré con dos criterios distintos sobre cómo encarar el viaje. Por un lado, la teoría de Mike, el nativo que me guió el primer día. Para él, la manera de lograr descubrir animales es estar concentrado, con el foco puesto en cualquier variación del paisaje: músculos tensos y acaso un largavista colgado alrededor del cuello. Por otro lado, el criterio de Harrison, mi guía del segundo día. Para él, uno descubre animales si se relaja, si disfruta el paseo, si no se preocupa por encontrar algo en especial, pues, en el momento menos esperado, salta la liebre; o, mejor dicho, el león.

Me parece que estos dos criterios se aplican también al viaje de la vida, salvando las diferencias. En las versiones extremas de ambas posiciones es difícil no preferir la teoría de Harrison: ¿a quién le gustaría pensar de sí mismo que es estructurado, rutinario, tenso? Sin embargo, hasta el caso paradigmáticamente "harrisoniano" del bohemio confirma que hace falta un poco de Mike. El artista verdadero no vive sólo de la creación y el placer. Sin horarios y rutinas, su obra nunca llegará a dar fruto. Como recuerda Romain Rolland en su monumental novela Juan Cristóbal, el artista de fuste sabe bien que la inspiración es rara. Por eso, señala como un típico error juvenil la inclinación a producir sólo aquello que sea enteramente consecuencia de la espontaneidad.

Una analogía deportiva puede ayudar a ver, no obstante, las limitaciones del criterio de Mike. Al que piensa todo el tiempo en el objetivo le puede pasar como en el golf: cuando el jugador levanta la cabeza en el momento de pegar, acaso le erra a la pelota. Es lo que nos pasa cuando nos olvidamos de vivir al día y, consiguientemente, dejamos de vivir el día: vamos de plan en planificación, nos debatimos siempre entre el próximo paso y el siguiente, como en un ajedrez que nada tiene de lúdico, por ser tan real.

Hay una diagonal entre las dos posturas del safari keniano: poner los medios (el esfuerzo), sin pretender que se pueden controlar del todo sus efectos (los resultados). Como sostiene el profesor de Oxford John Finnis, esta posición nos reclama un cierto desprendimiento respecto de la eficacia de nuestras acciones. La noción está elípticamente capturada por refranes populares tales como "al que madruga, Dios lo ayuda", que va más allá de cualquier creencia religiosa. La idea subyacente es que si uno pone su parte, la recompensa llega, aunque muchas veces del modo menos pensado. Es parecido a lo que se dice de algunos músicos, cuya obra suena relajada: detrás de esa relajación, hay, paradójicamente, horas de trabajo, de ensayo, de preparación.

En definitiva, ni Mike ni Harrison. Un poco de cada uno lleva al objetivo, que no debe ser tanto mirar animales (el producto) sino pasarla bien (el proceso). Como en un safari, en la vida: si uno quiere ser feliz, el secreto pasa por una misteriosa combinación entre el foco y la concentración, por un lado, y el relajamiento y el disfrute, por el otro; entre la rutina y la inspiración; entre sensatez y sentimiento, razón y corazón.

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