El sentido de aburrirse
No es fácil admitir que estamos aburridos. En circunstancias obvias, en medio de esta pandemia, un domingo de lluvia, en una reunión familiar soporífera, no parece problemático pero puede que se torne complicado en aquellas situaciones sociales aceptadas por la mayoría como divertidas. ¿A quién le gusta desentonar? Yo muchas veces mentí para no hacerlo. Recuerdo charlas con mis compañeras de la facultad de Filosofía y Letras, cuando extasiadas comentaban Hyperion de Friedrich Hölderlin y yo asentía con la sonrisa moderada pese a que leerlo me había provocado hastío. También salidas con mis amigas a un recital de moda o un puñado de películas de culto que aseguro me fascinaron aunque no es cierto. Pero finjo porque me parece lo mejor.
Podría armar una lista con circunstancias en las que me mostré entusiasmada por episodios que me aburrieron profundamente y también esbozar ejemplos de terceros. Pero voy a hablar de la noche en la que más me aburrí: mi fiesta de 15 años.
Tendría que haberle hecho caso a mi padre. Esas tardes de discusiones en el departamento del conurbano en que crecí, cuando él argumentaba como si tuviera una pancarta y defendiera la paz en el mundo que celebrar mis 15 con una fiesta era una ridiculez y yo lo retrucaba que no, debería haberlo escuchado. Pero quién entiende a los padres en la adolescencia. Gané la batalla por lástima. Durante meses acompañé a mi mejor amiga, Luli, en la planificación de su fiesta en el salón más hermoso, con vestido de diseñador y fuegos artificiales, y cada vez que regresaba a casa mi madre preguntaba qué habíamos hecho y la ilusión en mi cara les debe haber dado pena a los dos. Así fue que conseguí el sí.
Si hoy tuviera que relatar bien qué pasó no podría. Apenas conservo postales: yo, incómoda, entrando por un pasillo al club que fue la sede del evento del brazo de mi padrino, yo, aturdida, con flores en la mano, yo, por obligación, bailando con Luli la canción “Dr. Jones” de un grupo llamado Aqua mientras un señor me molesta porque me persigue con una cámara, yo de blanco, con un vestido arrancado del que usó mi madre al casarse porque el presupuesto era poco, yo abrazando a familiares que no conocía, yo sentada en el baño, llorando, porque mi hermano quiere golpear a uno de los invitados.
Fingí por años. Si me preguntaban, si lo recordaba para mí, decía que me había divertido y pronunciaba palabras como “maravilloso”, “inolvidable”. Me daba culpa pensar en el dinero invertido en esas horas de tedio y no quería ser la distinta. Mis amigas describían sus fiestas con tanto amor. Inventé un relato y lo repetí.
Hace poco lo dije en voz alta, en una sesión de terapia. Y fue revelador porque esto de fingir lo entendí como un mecanismo compartido. Me puse a pensar en las madrugadas que pasé con mis amigas en el boliche de la calle Larrea y en que una de ellas llegaba contenta pero al rato se quedaba dormida en un costado porque se aburría y no quería decirlo. Y en mi compañera de la primaria que juntaba las figuritas de Beverly Hills 90210 y se hacía la fanática porque todas lo éramos pese a que odiaba la serie.
Al buscar textos sobre lo que significa el aburrimiento para entender por qué lo alejamos, di con varios que dicen que se trata de un sentimiento que surge cuando no se encuentra el sentido a eso que se hace. Entonces pensé que es lógico escapar todo el tiempo, intentar no sentirlo o si nos pasa igual, mentir y decir lo contrario. Si el aburrimiento se instala, si le damos el espacio y crece, si todos los días nos aburrimos un poco, si nos aburrimos en el trabajo, en casa, con amigos, si dejamos de encontrar sentido en lo que hacemos a diario, la vida se vuelve inentendible, confusa, muy real. Y quién puede seguir como si nada después de una verdad como esta.










