
Lio, gracias por dejarnos bailar con vos
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No sé por dónde empezar, Lio, porque tengo una basurita en el ojo con tu nombre. Quizás pueda empezar por decirte lo más hondo: tus lágrimas nos liquidan, nos quiebran el alma, nos parten al medio. Te hicimos tan nuestro que nos pasa lo que te pasa. Si sonreís, todo se ilumina. Si te derrumbás, se nos cae todo y no queda ladrillo interno de pie.
Soy de los que, allá por 2014 y 2016, cuando muchos te decían que no sentías la camiseta, te defendía en bares y asados. No. No lo digo para hablar de mí, sino para hablar de vos. Hoy lo entiendo mejor: te defendía porque te quería y me enojaba que no te valoraran. Ya estabas metido dentro. Pero te metiste mucho más.
Te quería porque te veía ser Maradona cada tres días en el Barça. Te quería porque sentando en un sillón me llevabas de viaje hacia la belleza. Quizás no te des cuenta, pero hay un instante, previo a que toques la pelota, que debería tener algún nombre largo en alemán o corto en japonés. El nombre de esa expectativa divina de que estás por crear, una vez más delante de nuestros ojos, lo que ya vimos miles de veces: el diálogo suave y letal de ese objeto redondo y tus dos pies sutiles, que en verdad son las manos de un mago que mueven los naipes leves.
No sé qué hago recordando estas cosas, quizás es que tu película me tuvo siempre ahí, como un niño, sonriendo mientras come pochoclos. Admirándote. Recuerdo, porque siento que te nos empezás a escurrir de las manos, Capitán. Y no te queremos soltar. Decían que no eras argentino. Y nos hiciste más argentinos que nunca.
Como un semidiós, durante más de dos décadas hiciste nuevas todas las cosas. Cuando en 2016 te pedíamos que dieras vuelta la página y no te fueras de la Selección, te secaste las lágrimas, volviste y escribiste una biblioteca nueva. Y nos hiciste llorar a todos. Como un Atlas, te pusiste al mundo sobre tus espaldas y lo llevaste a otro lugar. Impensado. Nuevo.
Fuiste el actor principal del ciclo más luminoso de la Selección Argentina. Insaciables e hipercríticos por naturaleza, no te podemos pedir más. Ayer nuestros labios decían “gracias”.
Vos decidirás si este fue tu último tango. Pero pase lo que pase, nunca nos vamos a olvidar de que volviste a la pista cuando ya casi te habías ido. Nunca en la vida nos vamos a olvidar de que nos dejaste bailar con vos.
El autor es filósofo y PhD, consultor en Storytelling y Liderazgo



