
El tercer sexo de la Polinesia
Cuando los primeros navegantes europeos llegaron a estas islas, allá por fines del siglo XVIII, quedaron deslumbrados por el color inigualable de sus aguas, por el alegre desparpajo de su gente y, en fin, por la belleza exuberante de estas tierras, que no tardaron en comparar con el Edén. Pero poco los sorprendió tanto como el descubrimiento de aquellos "hombres-mujeres" que circulaban animadamante por doquier, y que existían desde tiempos inmemoriales en las culturas del Pacífico.
Pese al empeño de los misioneros católicos y protestantes, la institución de los mahus -así se llama a esta suerte de "tercer sexo"- jamás pudo ser extirpada. Hoy, al igual que siempre, se los ve por todos lados, totalmente integrados en la sociedad: rezando en la iglesia, trabajando de mozos en hoteles, vendiendo pareos en el mercado central o simplemente paseando coquetos por las calles, carterita en mano y tocado de flor en la cabeza.
De este lado del hemisferio, lo más común sería tildarlos de gays o travestis. Pero la reducción es peligrosa, no sólo por los prejuicios que encierra, sino porque no todos los mahus son homosexuales. Muchos lo son, claro, pero otros no.
Al parecer, una antigua costumbre de las familias polinesias era criar al hijo mayor como mujer. Desde la forma en que se los vestía hasta cómo se les enseñaba a bailar, los primogénitos eran moldeados como niñas apenas nacían. Como niñas, también, pronto ayudarían en las tareas domésticas y en el cuidado de los demás hermanos. Hay quienes arguyen que los padres echaban mano de esta bizarra costumbre para evitar que sus hijos varones fueran a la guerra (así de amables y tranquilos como se los ve, los polinesios eran feroces guerreros).
Hoy, sin guerras tribales ni familias tan numerosas como antaño, además de la inevitable "contaminación" de otras culturas, parecería que la tradición languidece. Pero los mahus siguen ahí, sonrientes y atentos, mientras los hoteles se los disputan. No es de extrañar: son eficientes, serviciales y educados. Y, para muchos, irreemplazables.






