El timbre del recreo

Por Antonio M. Battro
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27 de agosto de 2000  

Creo que todos tenemos en algún lugar de nuestra memoria el recuerdo del timbre (o la campana) que llamaba al recreo (o a clase) en la escuela. Es curioso cómo ese sonido peculiar se asocia a tantas imágenes del pasado, algunas gratas y otras no tanto. El tema trasciende la anécdota y puede dar lugar a una reflexión sobre la segmentación del tiempo en la enseñanza, problema crucial para el aprendizaje. Se trata, en definitiva, de optimizar la atención para aprender mejor.

En los últimos años se ha avanzado mucho en la identificación de algunos mecanismos cerebrales que controlan nuestros ciclos de atención. Podemos, por ejemplo, registrar imágenes del cerebro, durante la atención sostenida sobre un objeto atractivo y ver cómo éstas cambian cuando se vuelven repulsivas o dolorosas. También se han identificado los signos de un déficit de atención que es anormal y se manifiesta muchas veces en los niños de edad escolar, pudiendo causar retrasos en el aprendizaje. Esta perturbación puede ser tratada exitosamente con medicamentos. Debemos saber, además, que los mecanismos de la atención se ponen en marcha muy precozmente. Alrededor de los 5 meses de vida un niño es una especie de "máquina de mirar", y está totalmente absorbido por el espectáculo que atrae su atención. Al año ya tiene una agenda propia y es más independiente del objeto. Eso se debe a un progreso en la maduración de sus circuitos nerviosos. Con la edad y la ejercitación los procesos de atención se modulan con mayor precisión. Ciertamente es necesario "concentrarse" para aprender algo y los delicados mecanismos de atención deberán ser tomados en cuenta para una mejor segmentación de los cursos y recreos.

Para volver al tema del timbre que nos ha llevado tan lejos ¿nos hemos preguntado acaso si en el Siglo XXI tenemos necesidad de recurrir a él? ¿No será un residuo de la era industrial, de las fábricas con sus sirenas y de un régimen de instrucción ya superado? En realidad hoy los relojes son descartables y no un lujo, de manera que mirando la hora todos podrían controlar fácilmente el momento de entrar y salir de clase. Algunas escuelas ya han eliminado el timbre pero muchas continúan insistiendo en el estridente rito. Además, este ejercicio de autocontrol podría servir para desarrollar la puntualidad y el respeto, que tanto nos falta. Es también interesante comprobar que a veces resulta más difícil eliminar el timbre que instalar una computadora en el aula (la venganza de la baja sobre la alta tecnología...). En todo caso tamaña resistencia nos dice mucho sobre la cultura escolar. Nuestra experiencia nos indica ciertamente que resulta muy provechoso eliminar esta pauta exterior y reemplazarla por una norma interiorizada. El paso a la autonomía es siempre un beneficio para el desarrollo de la personalidad. Recomiendo, por esta razón, desconectar el timbre.

Los interesados en comunicarse vía correo electrónico con el autor, pueden hacerlo a la siguiente dirección:

( aprenderhoy@lanacion.com.ar)

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