El Torino y la carrera que perdió el país

Sergio Suppo
Sergio Suppo LA NACION
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23 de agosto de 2019  • 00:00

Una paradoja construida en tiempo y espacio hace medio siglo puede representar, aunque sin quererlo, un punto de partida de un derrumbe invisible.

Hace pocos días, miles de personas celebraron en Alta Gracia, Córdoba, los cincuenta años de la " Hazaña de los Torino en las 84 horas de Nürburgring". La evocación de la participación del equipo comandado por Juan Manuel Fangio y Oreste Berta recuperó el recuerdo del Torino, "el auto argentino". Basado en un Rambler American y rediseñado en Italia, la planta de IKA Renault de Santa Isabel, en las afueras de Córdoba, fabricó el Torino durante 15 años, desde 1966. En el no siempre preciso imaginario colectivo, el auto quedó instalado como la cumbre del desarrollo de la industria automotriz en el país.

La carrera de Nürburgring terminó el 23 de agosto de 1969, casi tres meses después del Cordobazo del 29 de mayo de ese año. La violenta manifestación que jaqueó al gobierno de Juan Carlos Onganía fue protagonizada por los obreros que fabricaban el Torino. En la recordada pero insuficiente explicación de Adalbert Krieger Vasena, el ministro de Economía de entonces, la protesta fue llevada adelante por los "obreros de la industria automovilística de Córdoba que tenían los salarios más altos del país. A mediados de 1969, la tasa más baja de desempleo de los últimos 20 años. ¿Dónde estaba el problema social?"

Era, efectivamente, un problema político, cuya primera resonancia fue el eclipse de Onganía y el encumbramiento de Alejandro Lanusse en el anteúltimo ciclo militar en el mando del país. En medio de las celebraciones deportivas como las de Nürburgring y de las convulsiones que se volverían tragedia en la década siguiente, la Argentina vivía un desenlace que muy pocos registraron en tiempo real. El final de la década de 1960 marcó el final de un modelo productivo abierto al amparo de las guerras mundiales.

Los indicadores sociales de la época muestran un país con cierta homogeneidad, niveles de empleo y de ingresos importantes y la consolidación de una clase media que creaba la falsa ilusión de imitar a Europa y distanciaba al país del contexto regional. Pero nada era tan real.

En medio siglo, la Argentina pasó por todas las experiencias políticas y probó suerte con esquemas económicos tan dispares como ineficaces. Las secuencias históricas de las estadísticas borran los discursos, las interpretaciones y las preferencias por las alternativas utilizadas cuando se observa que los indicadores muestran retrocesos signados por estallidos económicos repetidos y un aumento sostenido de la pobreza estructural. Hay excepciones, como la revolución biotecnológica del sector agropecuario o el nacimiento de unicornios digitales a tono con la tendencia global. Y oportunidades más recientes, como la posibilidad que ahora ofrece Vaca Muerta por el abaratamiento de sus costos de explotación. Pero ninguna alcanza a compensar la ausencia de aciertos políticos y económicos sostenidos por un tiempo prolongado.

La nostalgia por el Torino tiene tantos años como la decadencia que arrastra la Argentina. El auto no tiene la culpa de haber sido, para muchos, el último y único orgullo de un pasado que mejora cada día por las desgracias del presente.

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