El trágico fin de los hijos de Saddam
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Las muertes en combate de los dos hijos de Saddam Hussein -registradas anteayer en la ciudad de Mosul tras un enfrentamiento de seis horas con las tropas norteamericanas- han marcado un capítulo más de la parábola trágica y sombría que el derrocado dictador de Irak fue trazando en los turbulentos escenarios de Medio Oriente desde que comenzó a desplegar en Bagdad su feroz y sangrienta vocación por el poder absoluto.
Uday Hussein, el hijo mayor, alcanzó temible notoriedad como controlador del aparato de propaganda del régimen de su padre y como despiadado supervisor de un siniestro sistema de torturas y persecuciones. Qusay Hussein, el menor de los hermanos, encabezaba los servicios de inteligencia y seguridad y se caracterizaba también por su crueldad, así como por su política carcelaria atrozmente inhumana, de la que fueron víctimas propiciatorias los enemigos del régimen de Saddam, principalmente los chiitas. Ambos -Uday y Qusay- ilustran con sus vidas, de manera patética, los extremos de brutalidad y de extravío moral a que pueden verse llevados los miembros de una familia entronizada en el poder cuando el gobierno es ejercido despóticamente y sin limitaciones y en el contexto de una suerte de anacrónica estructura de dominio feudal.
Los hechos dolorosos registrados en el castigado suelo iraquí -incluido el trágico final de los hijos del depuesto tirano- constituyen un testimonio sobre el destino que la historia reserva, por lo general, a quienes siembran la violencia y alimentan el odio como instrumentos para perpetuarse en el poder. Saddam Hussein, cuyo paradero sigue siendo desconocido, construyó un imperio político sobre la base del terror y de la destrucción despiadada de sus opositores. Los miembros de su familia participaron activamente de su gobierno, especialmente sus dos hijos, que finalmente han encontrado la muerte en combate con las fuerzas de ocupación. La sola descripción de este oscuro epílogo de violencia política y familiar permite extraer conclusiones desoladoras acerca del alto precio que los pueblos y los gobernantes suelen pagar cuando la pasión debordada y las ambiciones de poder ocupan el lugar que las naciones civilizadas prefieren confiar a las concepciones históricas y culturales basadas en la valoración profunda del humanismo, de la racionalidad y del respeto a la dignidad de las personas.
El mundo debe ahora formular votos para que en Irak se consolide definitivamente la paz y para que cesen los resabios violentos de la lucha que los Estados Unidos y Gran Bretaña lideraron contra la dictadura de Saddam. Corresponde desear, fundamentalmente, que las potencias de ocupación encuentren el camino para que el pueblo iraquí construya sus propias instituciones y logre generar las condiciones que le permitan elegir a sus gobernantes en un clima de tranquilidad, estabilidad y respeto irrestricto a los derechos individuales y a las libertades democráticas. Nadie supone que será fácil edificar un sistema político de esas características en un país sometido a tradiciones a menudo refractarias a los principios del mundo civilizado. Pero cuanto se haga para empezar a marchar en esa dirección y para eliminar los focos de tensión y enfrentamiento que dejó como herencia la guerra de ocupación contribuirá a allanar el camino hacia la superación de los trágicos enfrentamientos pasados y hacia la construcción del sistema institucional ordenado y pacífico que el pueblo iraquí reclama y merece.

