
El triunvirato que nos (des)gobierna
En Roma se llamaba "triunvirato" a cualquier magistratura que estuviera compuesta por tres varones (del latín vir, varón). Hoy, cuando el machismo se hunde lentamente en el olvido, diríamos que al triunvirato lo componen tres personas, mujeres o varones. Pero no tres personas en cualquier posición, porque entonces en lugar de "triunvirato" hablaríamos de "trío" , "terna" o "terceto", sino en una posición de poder. "Triunvirato" significa que hay tres en el poder .
Y no en cualquier poder sino en el poder ejecutivo, que es el verdadero poder. Pero los triunviratos han sido escasos en la historia. En la misma Roma donde nació la palabra, los cónsules que compartían el poder ejecutivo eran dos duunviros , aunque normalmente uno era el fuerte y otro el débil. Pero tampoco el duunvirato ha sido frecuente. Hayan recibido sus portadores el nombre de "emperador", "rey", "presidente" o "primer ministro", el poder ejecutivo ha sido casi siempre unipersonal.
A través de asambleas, parlamentos o congresos, el poder legislativo ha sido casi siempre multitudinario. Las cámaras o tribunales del poder judicial fueron compuestos habitualmente por tres miembros o más, como los nueve que hoy integran nuestra Corte Suprema.
¿Por qué este contraste entre el carácter colegiado de los poderes legislativo y judicial y el carácter unipersonal del poder ejecutivo? Por la naturaleza de sus funciones. El poder legislativo y judicial son, en esencia, deliberativos: necesitan del diálogo entre sus miembros para coincidir en una ley o una sentencia. El poder ejecutivo, en cambio, requiere decisiones muchas veces urgentes y cruciales de naturaleza personal. A la hora de las grandes decisiones, el poderoso se queda a solas consigo mismo.
De ahí que tanto los triunviratos como los duunviratos hayan sido en general transitorios. Cada vez que caía o moría el secretario general del Partido Comunista soviético, lo reemplazaba una troika , que es la palabra rusa para "triunvirato" aunque en verdad alude a un carro tirado por tres caballos. ¿Pero cuánto duraba la troika? El tiempo que necesitara uno de sus miembros para eliminar a los demás. El poder, como el amor, no se comparte.
Los triunviros
Hay dos clases de triunviratos. La primera está compuesta por los triunviratos formales, esto es, por magistraturas designadas oficialmente como tales. Todos hemos sabido en la escuela del "primer" y el "segundo" triunvirato que nos gobernaron casi inmediatamente después de la Revolución de Mayo. También conocimos las "juntas" compuestas por los comandantes en jefe del Ejército, la Armada y la Fuerza Aérea en tiempos militares.
Pero hay asimismo triunviratos reales , esto es, combinaciones ternarias extraoficiales, muchas veces secretas, de poder. En la historia de Roma, cuando la república agonizaba, se formó un triunvirato secreto entre César, Pompeyo y Craso, dos generales y un millonario.
Su historia es aleccionadora para nosotros. Siguiendo la lógica unificadora del poder, el triunvirato que componían César, Pompeyo y Craso empezó a simplificarse cuando éste murió en guerra con los partos --su oficio era amasar dinero, no pelear-, convirtiéndose en duunvirato hasta que César venció a Pompeyo en la batalla de Farsalia para ser, de ahí en más, el precursor del Imperio que fundaría su sobrino Octavio, también llamado Augusto, treinta años antes de la era cristiana.
El duunvirato es fácilmente previsible porque anuncia la lucha final que tarde o temprano ocurrirá entre sus dos únicos protagonistas. El triunvirato es más flexible, más sutil, porque incluye un cambiante juego de alianzas, de "sillas musicales", entre los tres pretendientes, de manera tal que sus efímeras combinaciones están a la orden del día hasta que llega, inevitable, la reducción del triunvirato a duunvirato y, en el seno de éste, la lucha final.
El triunvirato "real" puede ser, además, contractual o de facto. El triunvirato romano al que nos referimos era "contractual" porque resultaba de un acuerdo expreso, aunque secreto, entre sus miembros. El que hoy sobrevuela sobre los argentinos es, en cambio, de facto o de hecho. No resulta, hasta donde podemos saberlo, de un acuerdo deliberado entre sus miembros, sino de las circunstancias. Pero conlleva la lógica simplificadora de todo triunvirato. Al fin de este azaroso período de transición que nos envuelve, el poder quedará en manos de Menem, Rodríguez Saá o Duhalde. Ellos son nuestros triunviros reales y de facto. También sabemos que, en algunos meses, dos de ellos se convertirán en duunviros hasta que libren la batalla final. Lo que no sabemos todavía es quién entre ellos es Craso, quién Pompeyo y quién César.
Como su argumento central es una lucha por el poder aún no resuelta, los tiempos de todo triunvirato son turbulentos. Los ciudadanos sufren las consecuencias. Los argentinos las sentimos agudamente porque es un triunvirato, al fin y al cabo, el que hoy nos (des)gobierna.
Dos contra uno
¿Cómo se explica que esos dos acérrimos adversarios que son Menem y Rodríguez Saá se hayan unido por lo menos hasta el próximo martes contra el duhaldismo al exigir al unísono que las elecciones internas se realicen el 15 de diciembre?
Por la lógica interna del triunvirato. No es que Menem y Rodríguez Saá aspiren a compartir el poder. Su vocación no es de cónsules sino de presidentes. Lo que quieren Menem y Rodríguez Saá es enfrentarse en nuestra Farsalia: las elecciones presidenciales. Para ello, ambos necesitan desbordar a Duhalde y, si coinciden en aspirar a ser los únicos protagonistas de la elección presidencial, es porque cada uno de ellos cree que puede vencer al otro.
Parece arbitrario pensar a Duhalde como el tercer triunviro porque ni Menem ni Rodríguez Saá tienen hoy el poder presidencial que aquél ostenta. Pero aquello por lo cual pugnan nuestros tres triunviros no es el poder en 2002, transeúnte por definición, sino el poder en 2003-2007-2011, el único que en el fondo les importa.
La figura de Duhalde ha dado lugar, en tal sentido, a dos errores. Uno, suponer que, por encabezar un gobierno de transición, es débil. Otro, suponer que no quiere el poder de 2003 en adelante. Si bien su posición actual es transitoria y por lo tanto débil, Duhalde, en sí mismo, no lo es. Desde 1989 ha sido, a centímetros de Menem, uno de los dos "pesos pesados" del peronismo. Si bien otros candidatos, como el ascendente Kirchner y el descendente De la Sota, también apuntan a 2003, sólo son los alfiles del poderoso Duhalde.
Así como a Menem y a Rodríguez Saá los habita la convicción de que pueden vencerse mutuamente, a Duhalde lo habita la convicción de que la economía se recupera. Traslademos esta convicción a 2003: Duhalde cree que, cuando esta recuperación se consolide gracias al acuerdo de su gobierno con el FMI, será en torno de él y no de sus rivales que crecerán las encuestas.
Una vez en la cresta de la ola económica que imagina, Duhalde podría postergar las elecciones de marzo y volver a su plazo original que sólo exige elecciones en octubre de 2003. Para entonces, hasta podría presentarse como candidato o consagrar un candidato propio, ya se llame Kirchner o Reutemann. En tanto algunos todavía lo piensan como Craso, sus íntimos ya lo imaginan como César.







