El último testigo del asesinato de Trotski

Por Peter Burghardt Süddeutsche Zeitung
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24 de agosto de 2001  

MEXICO.- Aún vivía cuando su nieto regresó de la escuela. "Trotski no murió en forma instantánea", dice Esteban Volkov. Casi siempre se refiere a su abuelo por su famoso alias.

Aquel 20 de agosto de 1940, un día soleado, Leib Bronstein (alias León Trotski) yacía ensangrentado en el comedor. Minutos antes, Ramón Mercader, agente de la KGB, le había hendido la cabeza con una piqueta de alpinista. Todavía respiraba. Lo llevaron a una clínica donde murió días después. "Esperábamos un ataque de Stalin", admite Volkov. Por entonces, tenía 14 años y lo llamaban Sieva.

Es el narrador más confiable de esta tragedia de su familia. Ningún libro de historia suena tan auténtico. "Soy el último testigo", dice, sentado frente a la escena del crimen, a pocos metros de la tumba del hombre que fue camarada de Lenin y el peor enemigo de Stalin. Está nervioso. De vez en cuando echa un vistazo por sobre el hombro como si aún acechara el peligro, pero a su alrededor sólo hay unos pocos turistas. Contemplan la sencilla lápida con la leyenda "León Trotski" y, debajo, la hoz y el martillo. Una bandera roja pende, laxa, sobre el lugar donde reposan las cenizas del presidente del Soviet de Petrogrado y fundador del Ejército Rojo, en el jardín de su exilio mexicano.

Hace añares, Ciudad de México engulló el antiguo suburbio sureño de Coyoacán. El perezoso río Churubusco hoy es una ruta principal, siempre atascada. Los maizales y el aire diáfano son recuerdos lejanos. La mayoría de las veces, un manto gris amarillento cubre el valle. Con todo, Coyoacán conserva su encanto colonial. Detrás de los muros color rojo herrumbre del Museo Casa de León Trotski, muchas cosas permanecen tal como hace 61 años.

"Aquí dormía yo. Trotski y Natalia dormían allí. Aquí lo atacaron por primera vez", explica Volkov, entrando por la puerta verde de la casa de ladrillos y yendo hasta el pequeño dormitorio. En las paredes, todavía se ven los orificios de bala y partes chamuscadas, vestigios del atentado cometido en mayo de 1940 por el pintor comunista David Alfaro Siqueiros. Trotski esquivó los disparos, ayudado por su esposa Natalia Sedova, pero uno de ellos rozó el pie derecho de Esteban. A raíz de esto, amurallaron la casa, blindaron las puertas y apostaron más guardias.

Según cuentan, desde entonces Trotski decía a su esposa cada mañana: "Natashka, nos han dado un nuevo día". Hasta que el mercenario catalán Ramón Mercader, por orden de Stalin, lo atacó en su despacho. Había ganado su confianza haciéndose pasar por Jackson Mornard y pidiéndole que le rehiciera un artículo sobre el cisma del trotskismo. Ese día trajo un piloto, aunque hacía buen tiempo: en él ocultaba el arma. "Y Trotski cayó en la trampa", concluye Volkov. (Mercader estuvo preso 20 años; moriría en Cuba.)

Volkov tiene 75 años, 15 más de los que tenía su abuelo al morir. No los aparenta, ni presenta semejanza alguna con Trotski, salvo la barba puntiaguda y los lentes. Aquí encontró un hogar, tras una infancia perseguida. Nació en Yalta; a los 5 años, se trasladó a Turquía, donde estaba exiliado su abuelo; a los 7, marchó a Berlín: allí se suicidó su madre, Zina Bronstein. Luego partieron hacia Viena y de ahí a París. Por último, en octubre de 1939, llegaron a México, el único país que acogió a los tres: su abuelo, su abuelastra y él.

Ese mismo año, los soldados de Stalin ejecutaron a su padre. Relatar los pormenores es cosa de rutina para Volkov; lo hace en tono amargo, entre risas extemporáneas, pero su acento no delata en absoluto su odisea. Sieva se convirtió en Esteban; habla un castellano fluido. Es químico jubilado, con 62 años de residencia en Coyoacán.

En 1989, pasó cuatro días en Moscú para conocer, por fin, a su hermanastra. Cruzó la Plaza Roja, visitó el mausoleo de Lenin, concedió algunas entrevistas televisivas y concurrió a la Asociación de Víctimas de Stalin. De vuelta en el avión, se sintió feliz. Poco después, aquel imperio gigantesco, en cuyo amanecer sangriento su abuelo había desempeñado un papel tan vital, se derrumbó.

En 2000, el Partido Revolucionario Institucional de México perdió el poder que ejercía desde hacía más de 70 años. Volkov había conocido a varios políticos, entre ellos el presidente Lázaro Cárdenas y su hijo Cuauhtémoc, pero dice mantenerse "al margen de la política".

El complot de Stalin

La historia no lo deja en paz. De tiempo en tiempo, todavía visita el museo. Lee cuanto encuentra sobre el tema y se excita al contar que los archivos de la KGB, ahora accesibles, detallan el complot de Stalin. Sus investigaciones no arrojan una luz desfavorable sobre su abuelo: ""Era un hombre dinámico, muy jovial, lleno de vitalidad -dice-. Tenía un excelente sentido del humor. Era trabajador y disciplinado, paternal y apegado a su familia. Tenía una personalidad fuerte."

¿Se siente marxista? "Bueno, respaldo la validez de los métodos marxistas -responde-. No veo muy probable que el capitalismo salve a la humanidad." Pero el comunismo, aun el de Trotski, fracasó miserablemente... "Fracasó la Revolución Rusa. El marxismo es un análisis. Trotski se dio cuenta de que, si no triunfaba el socialismo, le seguirían años de reveses", replica.

¿Qué habría pasado si Trotski hubiese sobrevivido? "Es difícil decirlo. Stalin le temía", contesta con otra risita cínica.

Más tarde mira un film en que el australiano Geoffrey Rush, ganador del Oscar, encarna a su abuelo. El protagonista no es él, sino Frida Kahlo, la genial y trágica pintora. Los Trotski vivieron inicialmente con ella y su marido, el muralista Diego Rivera, en la Casa Azul, hoy Museo Frida Kahlo. A causa de un altercado con el irascible Rivera, se mudaron a una casa situada a pocas cuadras de allí. Frida y León fueron amantes por un tiempo.

Muerto ya Trotski, Volkov llegó a conocer a Frida y quedó fascinado. Le habría gustado contribuir modestamente al rodaje del film. "Me pidieron consejo", afirma. El podía relatarles bastantes anécdotas.

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