
El valor agregado
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Se insiste a diario en declaraciones y debates, con fundamento y convicción, en que nuestro país debe agregar más valor a su producción y ello es cierto y necesario. En cuanto respecta a la exportación, se manifiesta como un imperativo, que de no ser concretado impondrá asistir a la erosión de la presencia de la producción nacional en el mundo. Y ello no es menos cierto. Sin embargo, empresarios, economistas y funcionarios públicos debaten cuál es la mejor interpretación del concepto del valor agregado.
Durante años -diríamos décadas- predominó una interpretación industrialista del valor agregado. Si se tiene en cuenta la clasificación simplista, aunque aceptada, de la existencia de cinco grupos productivos, los primarios, los agroindustriales, los industriales de orígen no agropecuario, los servicios y la energía, se percibe que por medio de las políticas ha prevalecido la idea de que la agregación de valor es tanto mayor cuanto más elevada fuere la proporción de industria que se incorpore en los productos. Ha existido una tendencia a un menor reconocimiento del valor agregado de la producción agropecuaria y agroindustrial a la par que un desconocimiento de la participación de los servicios. Esta concepción llevó a impulsar con regímenes diferenciales las exportaciones de manufacturas de origen no agropecuario.
Sin embargo, el valor agregado medido en términos eficientes no discrimina de la manera descripta; resulta más realista darle prioridad a la competitividad de los productos, que es resultado de sus costos, de su tecnología y de su diferenciación, en cuyo contexto intervienen de manera indiferenciada distintas proporciones de componente agropecuario, agroindustrial, industrial y de servicios o de energía. Hoy se acepta, en general, que la mayor competitividad argentina se registra en la producción primaria y agroindustrial, que representa la mitad de nuestras exportaciones y una proporción mínima de las importaciones, dado eso último porque la producción extranjera difícilmente compite con la nuestra. Sin embargo, y por su propio mérito, han crecido sustancialmente las exportaciones industriales no agropecuarias, impulsadas por empresas de concepción moderna que no necesitan de un sesgo privilegiado para competir. El caso de la empresa nacional que ganó una licitación de casi doscientos millones de dólares en Australia es sólo un ejemplo.
Los servicios van ganando participación en el valor agregado. Colocar productos alimenticios en los mostradores de los comercios requiere construir marcas y estimular la preferencia de consumidores, tal como lo van logrando nuestros mejores vinos. O también es el caso de las empresas que aportan servicios a emprendimientos petroleros o en la venta de grúas o cueros en los mercados asiáticos.
Sin agotar el tema, el valor agregado debe responder a una interpretación equilibrada en la cual la proporción de sus componentes resulte definida por su competitividad, sin aditamentos que la desnaturalicen. Por ejemplo, las retenciones a las exportaciones, que gravan muy fuertemente los granos, constituyen un caso de discriminación tributaria.
En un sentido amplio, es requerible mayor desarrollo tecnológico en todos los ámbitos. La Argentina invierte sólo el 0,4% de su producto bruto en ciencia y tecnología, mientras Australia, por citar un caso útil para la comparación, aporta el 1,3%, es decir, cuatro veces más. En circunstancias críticas en las que el comercio exterior tendrá por muchos años un rol central en la economía, es necesario prestar atención a lo expresado para evitar un retorno al pasado.





