
El zen académico y moral de Derek Parfit
Fallecido recientemente, este filósofo inglés relativizó la importancia de la identidad personal
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Ya no se usa empezar los obituarios escribiendo que el fallecido nació en un año, en una ciudad, que sus descubrimientos más importantes fueron éstos, que tales otras son sus obras más conocidas. Por suerte o desgracia (por suerte) Wikipedia mató a los obituarios acartonados; los convirtió en una parodia del género que ella inventó. Pero tal vez con Derek Parfit, un filósofo que en cualquier parte no académica del mundo goza de un anonimato casi absoluto, hubiera sido pertinente empezar por ahí. Contar que nació en 1942 por casualidad en Chengdu, China, hijo de dos médicos ingleses que se habían ido a enseñar medicina preventiva y que volvieron al Reino Unido, donde Parfit creció, cuando él tenía un año. Que estudió en Eton, en Oxford, en Columbia y en Harvard. Que murió hace un par de semanas, nada más, a los 74 años.
La escritora Joyce Carol Oates lo despidió en Twitter el día de su muerte y lo llamó "filósofo de filósofos": un filósofo de filósofos vendría a ser como un "escritor de escritores", esos autores que no son conocidos por el gran público pero son reverenciados por sus pares. Oates cuenta una anécdota chiquita que es más que pertinente: Parfit, que casi no la conocía, le escribió cuando se enteró del fallecimiento de su marido para mandarle lo que a sus ojos debía ser un pésame. "La muerte de una persona podría percibirse como algo no muy distinto de su ausencia si hubiera ido (por ejemplo) a Australia"; en esa oración patética Oates rescata el espíritu de la filosofía que practicaba Parfit. En esa sencillez fría que termina haciéndola parecer un chiste dulce está perfectamente reflejada la seriedad absoluta con la que Parfit se tomaba el pensamiento, su creencia firme en que la verdad es más poderosa que las palabras de aliento: en que la filosofía no es un capricho académico ni una jerga técnica ni un trabajo de ocho horas, sino el intento honesto, ingenuo y desprovisto de sarcasmo, de contestar las preguntas más importantes del mundo.
La afirmación que le mandó a Joyce Carol Oates no es una idea que a Parfit sencillamente se le haya cruzado por la cabeza, sino que está vinculada a su primer gran hallazgo filosófico, el primero que lo hizo conocido en la comunidad académica y el que todavía hoy se identifica como su concepto fetiche: la idea de que la identidad personal no importa, o más bien, que no es lo que importa. Más allá del modo en que demuestra eso (apelando no a citas de autoridad ni a conceptos oscuros pero sí a estrambóticos experimentos mentales con gemelos idénticos muertos en accidentes de autos, trasplantes de cerebro y el reemplazo de todas las células del cuerpo de Derek Parfit por las células de Greta Garbo), Parfit pasó gran parte de su carrera intentando desentrañar las consecuencias morales de ese descubrimiento. Una parte de esas consecuencias le resultaron profundamente tranquilizadoras, y esa parte fue la que quiso compartir con Oates: si mi relación con mi yo del futuro es apenas más importante y sólo en un sentido particular que otras muchas relaciones existentes, entonces mi muerte no debería importarme tanto ni siquiera a mí. Éste es el aspecto más zen del pensamiento de Parfit, y podemos usar esa palabra sin miedo a la inexactitud: el parecido entre ciertas creencias del pensamiento de Buda y las suyas propias le fue señalado a Parfit en vida, y le cayó muy bien, especialmente cuando supo que en un monasterio en el Tíbet los monjes cantaban fragmentos de su libro Reasons and Persons junto con otros mantras tradicionales. Otros corolarios posibles de su teoría, en cambio, lo preocuparon hasta el final de sus días, como aquella que llegó a llamar "the repugnant conclusion" (la conclusión repugnante). Si la diferenciación entre una persona y otra no es moralmente relevante, entonces habría que afirmar que un mundo con un millón de personas con vidas muy infelices, cada una poseyendo una unidad de utilidad o felicidad, es mejor que un mundo con cien mil personas viviendo vidas felices que equivalgan a cinco unidades de utilidad y felicidad. ¿Cómo evitar la conclusión repugnante aceptando que la identidad personal no importa? Parfit falleció sin haber encontrado una respuesta para esta pregunta que para él, otra vez, no era un tecnicismo ocioso sino una incertidumbre fundamental. Y para Derek Parfit, un realista moral de los que ya casi no quedan, esos que creen que las verdades morales no se inventan sino que se descubren, así como algunos (ya tampoco son tantos) creen que se descubrió la ley de gravedad o la estructura química del agua, las incertidumbres son cosa de vida o muerte, o peor, porque ni siquiera la muerte es tan grave.
Fuera de la academia Parfit tuvo sus quince minutos de fama en 2011, al menos en el mundo anglosajón, cuando se publicó el primer tomo del monumental On What Matters, el libro en el que Parfit se propuso ya desde el título, luego de haber demostrado lo que no importaba, establecer la verdad sobre aquello que sí. Probablemente no fue sólo esa ambición lo que llamó la atención de la prensa y le valió un perfil maravilloso en la revista The New Yorker (al que vale la pena recurrir para conocer las ambiciones de juventud de Parfit, sus coqueteos con la poesía y la fotografía y el modo en que sus creencias filosóficas impactaron profundamente en su vida personal, y viceversa), sino el curioso fenómeno que se produjo en torno del libro. Mucho tiempo antes de su publicación, por las principales universidades anglosajonas empezaron a circular como petacas de whisky en los años 20 borradores del texto que fueron estudiados y discutidos por discípulos y colegas a tal punto que un libro de ensayos comentando las principales ideas de On What Matters fue publicado ¡antes que On What Matters! Quizás es intrépido afirmarlo, pero es probable que algo como eso no ha sucedido jamás, al menos desde la invención de la imprenta. Tal como se escribió en varias despedidas, lo que sucedió con On What Matters (que también llegó a la UBA: estudiantes y docentes nos juntamos a conversar sobre los borradores que nos llegaban desde Oxford en .pdf, en .rar, en .djvu y en .doc) es testimonio tanto de la generosidad de Parfit, que comentaba tan extensamente los libros de sus colegas que todos quisieron devolverle el favor, como del interés desbocado que suscitó su obra. La ruptura de las relaciones más directas entre su pasado y su presente, como él llamó a su muerte física, definitivamente dejará todas esas otras relaciones intactas.





