Una mujer al timón: por qué 2026 será la gran prueba de las Naciones Unidas
En 2026 las Naciones Unidas nombrarán a su décimo Secretario General. En ochenta años de historia, la ONU nunca ha estado dirigida por una mujer. Desde que Trygve Lie asumió el cargo en 1946, nueve hombres han ocupado el puesto. Cuando António Guterres deje su cargo, la cuestión para los Estados miembros no será quién está cualificado, sino si la organización está dispuesta a alinear su liderazgo con los principios que proclama.
Nombrar a una mujer Secretaria General no sería un gesto simbólico. Sería una decisión estructural.
Hace tres años, en conversaciones con la premio Nobel de la Paz Jody Williams y con la exministra de Asuntos Exteriores argentina Susana Malcorra, el argumento central era la eficacia. El mundo afronta crisis que se refuerzan mutuamente: el acelerado deterioro climático, el debilitamiento del régimen de control de armas nucleares, desigualdades cada vez mayores y una discriminación de género profundamente arraigada.
Las advertencias científicas sobre el cambio climático son cada vez más urgentes. Acuerdos de control de armamentos construidos durante décadas se desmoronan mientras las grandes potencias modernizan sus arsenales. La desigualdad de ingresos, ya extrema antes de la pandemia, ha aumentado todavía más. Mujeres y niños soportan la mayor carga.
En este contexto, la igualdad de género no es una cuestión secundaria: es un factor que multiplica la eficacia.
Diversas investigaciones muestran que los acuerdos de paz son más duraderos cuando las mujeres participan en las negociaciones. Los países con mayor presencia femenina en sus parlamentos registran menos abusos de derechos humanos. Las instituciones con mujeres en posiciones de liderazgo son menos propensas a la corrupción y al fracaso.
Malcorra subrayó otra dimensión: la representación. Las Naciones Unidas afirman representar a “nosotros los pueblos”. Sin embargo, la mitad de la humanidad ha quedado excluida de su cargo más alto. En los 193 Estados miembros, las mujeres ocupan solo una fracción de los principales puestos ejecutivos. La ausencia de una mujer al frente de la ONU no es un descuido, sino un punto ciego institucional.
Desde 2023, el mundo se ha vuelto más fragmentado. El imperio del derecho internacional se está erosionando. Los conflictos armados se multiplican. Las salvaguardas contra la proliferación nuclear se debilitan. El multilateralismo está bajo asedio. Las Naciones Unidas afrontan tensiones financieras, parálisis política en el Consejo de Seguridad y una confianza pública en declive.
Sin embargo, la escritora y pensadora Bahiyyih Nakhjavani planteó recientemente una cuestión incómoda: ¿nombrar ahora a una mujer sería un verdadero acto de empoderamiento o un ejemplo del llamado “acantilado de cristal”, cuando las mujeres son llamadas a liderar precisamente en momentos de crisis institucional?
Un ejemplo reciente ayuda a comprender este riesgo. Theresa May asumió el cargo de primera ministra británica en medio del caos del Brexit, heredando una tarea que muchos consideraban políticamente imposible. Si los Estados miembros nombran a una mujer Secretaria General sin otorgarle una autoridad real, podría convertirse en un conveniente chivo expiatorio de disfunciones estructurales.
Las Naciones Unidas operan bajo limitaciones estructurales profundas. El poder de veto de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad limita la acción decisiva, mientras que la soberanía nacional suele proteger a los gobiernos de la rendición de cuentas.
Sin reformas significativas, cualquier Secretario General corre el riesgo de presidir un declive administrado.
Por eso 2026 es tan importante.
Una mujer al frente de la ONU no hará milagros. Pero puede aportar cualidades cruciales en esta etapa de transición: liderazgo consultivo, capacidad para construir coaliciones y resiliencia ante las restricciones.
Durante la pandemia de COVID, varios países dirigidos por mujeres fueron elogiados por su comunicación transparente, su confianza en la experiencia científica y su capacidad de actuar con rapidez. Estos ejemplos no demuestran que las mujeres sean inherentemente mejores líderes. Sí sugieren que estilos de liderazgo colaborativos y basados en la evidencia -a menudo infravalorados en culturas políticas más confrontativas- pueden ofrecer resultados en momentos de crisis.
Nakhjavani lo expresó con claridad: lo que más necesita hoy la ONU es integridad, un liderazgo dispuesto a ser criticado, incluso vilipendiado, por defender principios que los Estados más poderosos pueden considerar incómodos. Una Secretaria General dispuesto a confrontar la esclerosis institucional en lugar de acomodarse a ella.
Ese tipo de liderazgo no es patrimonio exclusivo de los hombres. La experiencia histórica muestra que muchas mujeres que han alcanzado altos cargos han debido navegar resistencias estructurales particularmente duras, lo que puede prepararlas especialmente bien para el arduo trabajo de reforma institucional.
Hay una realidad que debe afrontarse con claridad: todo depende, en última instancia, de la voluntad política de los Estados miembros.
Si los gobiernos desean realmente restaurar la credibilidad del sistema internacional, modernizar la gobernanza global y afrontar amenazas existenciales, nombrar a una mujer cualificada enviaría una señal poderosa.
En 1945, la Carta de las Naciones Unidas comenzó con una promesa: salvar a las generaciones futuras del flagelo de la guerra. Esa promesa hoy se debilita.
En 2026 los Estados miembros deberán tomar algo más que una decisión de personal. Decidirán si las Naciones Unidas siguen siendo capaces de renovarse.
El mundo observa. Y la historia recordará no solo quién fue elegido, sino si realmente se le permitió liderar.
Director ejecutivo del Global Governance Forum





