
Emociones perdidas
Por Asher Benatar Para LA NACION
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Hace ya tiempo, leí un poema que me hizo llorar. Lo repasé varias veces. Y siempre la misma emoción. Sentí que aquel era el tipo de momentos que dentro de uno adquieren identidad y permanencia definitiva.
Muchas veces pensé en aquella página, sin atreverme a volver sobre ella. Ocurre que aquel momento se había transformado en un ícono y siempre pensé que a los íconos hay que dejarlos en su altar, sin ponerlos a prueba. Prefería dar por cierto que aquella lejana noche había experimentado una emoción única e irrepetible.
Hasta que un día, tal vez vacío, acaso falto de emociones, quise compensar. En ese momento no me importó correr el riesgo de alcanzar la verdad: creí estar en condiciones de asumirla, aunque no me gustara su esencia. Fui hasta la biblioteca y abrí el libro para ver si éste, obediente, se abría en la página que yo buscaba. Era una apuesta. Muchas veces he jugado mi suerte a un suceso eventual, a situaciones exteriores, azarosas y aparentemente sin importancia: que si llego hasta el quinto árbol antes de contar hasta treinta, que si la patente del próximo automóvil será impar. Abrí el libro. No ocurrió lo que yo esperaba. La fortuna no parecía estar de mi lado. A pesar de eso, pensé que era de noche, igual que aquella vez, que el tiempo era lluvioso, también igual que el de la jornada que trataba de evocar. Empujado por aquellas semejanzas, busqué el poema. Lo leí, auscultándome. Sentía los ojos secos y el pulso totalmente firme. Al terminar, advertí que en ningún momento me había emocionado. Había valorado los versos, sí, pero en el plano intelectual. En el otro, en el que yo buscaba, no me sentía conmovido. Recordé que aquella famosa noche de la lectura y la conmoción, el reproductor de música dejaba oír una cantata de Bach. ¡Sí, claro! ¿Cómo no me había dado cuenta? La conjunción de música y poesía había golpeado mi sensibilidad, provocando la emoción. En el fondo, nada nuevo: también pasa con el oratorio o la ópera, y hasta con el cine. Busqué el CD y me probé con aquel decorado. Y otra vez la decepción. Creo que estuve horas buscando, cambiando la posición de las luces, aspirando el humo de un cigarrillo como aquella vez, a pesar de que meses atrás había dejado de fumar, acariciando como aquella vez al gato, que se evadía de mi distraída ternura durmiendo sobre el almohadón de pana que, por uso continuado, le pertenecía. Después de ir de fracaso en fracaso, irónico, pensé que lo único que faltaba era buscar la ropa de aquel día clave. Pero no: ya era demasiado. Al fin, resignado, abandoné.
Varias veces, en los meses siguientes, traté de encontrarme con aquellas lágrimas que alguna vez habían sido generosas, pero la vibración estuvo siempre ausente. Entonces, desilusionado, llegué a la conclusión de que las emociones no pueden repetirse a voluntad, de que el recuerdo que busca convocarlas no tiene suficiente fuerza, de que poco tienen que ver los ámbitos o las situaciones. Los momentos son únicos e irrepetibles. Vibraremos con otro abrazo o con la misma música, pero distinto. Valiéndonos de llaves presuntamente maestras, pero que, al fin y al cabo, son adulteradas. Nunca podremos sentir lo que sentimos aquella noche en la que ella lloró, aquella madrugada que se resolvió en azul y que trajo el temblor, ese que nunca olvidaremos pero que tampoco podremos reeditar. Heráclito tenía razón. Lástima.





