En defensa del escenario electoral

Por Claudio A. Jacquelin De la Redacción de LA NACION
(0)
11 de mayo de 2003  

¿Merecen el resultado electoral del 27 de abril y los candidatos que impuso para el ballottage el lamento público de numerosa gente inteligente? ¿Hubiera sido mejor -o, al menos, posible- que fueran otros dos los contrincantes del último acto?

Desde hace 14 días siento repiquetear ambas preguntas como un martillo neumático. Finalmente tanta insistencia inquisitiva ha empezado a dar sus frutos, todavía unos un poco verdes y otros a punto de echarse a perder, aunque no por eso desechables. Entonces, so pena de resultar descalificado por no ser político-escépticamente correcto, debo admitir que no creo justificable semejante concierto de plañideros.

A tal conclusión he llegado luego de representarme algunas de las combinaciones que podrían haberse considerado a priori como probables para protagonizar la gran final del 18.

¿Qué tal un match entre Menem v. López Murphy?, como se entusiasmó un sector prominente de la sociedad. ¿Hubiera sido viable? ¿Ambos hubieran representado la diversidad del país? Un viaje a las cercanías de López Murphy me había dado la respuesta antes del 27 de abril: "Sería bastante complicado que llegaran Ricardo y Menem: no contendrían a un porcentaje demasiado considerable de la sociedad", dijo un hombre cercano al economista.

En cambio, ¿qué tal Kirchner y López Murphy? A muchos analistas solían brillarles los ojos ante esta opción, pero era difícil imaginar que Menem no llegara a la segunda vuelta y que si eso sucediera el riojano se rindiera pacíficamente, ya que nadie habría pronosticado, en tal caso, una diferencia mayor entre los tres primeros de más de 2 puntos, que seguramente habría dado lugar a más reclamos que los antiguos pleitos por la paternidad de la convertibilidad.

Más atractivo para los seguidores de López Murphy, pero mucho menos probable y seguramente más incierto para el país por mérito de los que se habrían quedado afuera, podría haber sido un ballottage entre el ceñudo "bulldog" y el siempre sonriente Adolfo Rodríguez Saá.

Como esta columna está imbuida en esta ocasión de un espíritu cartesiano me excuso de analizar un test match entre Rodríguez Saá y Carrió.

Y por ser sólo producto de la fantaciencia se descarta el análisis de un final entre López Murphy y Carrió, y lo mismo podría decirse de que la opción fuera Menem o Carrió, ya que la combinación ni siquiera hubiera sido aceptada en las casas de apuestas menos escrupulosas.

Representado el escenario, queda la otra pregunta golpe de efecto que muchos se hacen: ¿por qué hay que estar obligado a participar de la interna peronista? Ante eso cabe decir que aunque se hubieran realizado comicios en el PJ sobran evidencias de que se habrían presentado igualmente en las elecciones generales, por lo menos, dos candidatos peronistas.

Y tras un elemental ejercicio de la memoria: ¿no es un avance que las disputas internas del PJ se diriman a golpes de voto? ¿No tiene su lógica bien argentina que todo el país participe de la definición de las rencillas del partido que ha protagonizado como ninguna otra fuerza un tercio de la vida institucional de la Nación? ¿No es positivo que los dos caudillos del PJ que signaron la última década tengan su duelo final?

Es cierto que ninguno de los escenarios de antes y de ahora resultan ideales, pero ¿no es bastante representativo de lo que es el país, que aunque duela no es Australia, ni Suecia, ni Suiza, sino la mismísima Argentina?

¿No son aquéllos buenos motivos para no estar tan desesperanzados? Al fin y al cabo, no está de más recordar que "la libertad no es una filosofía y ni siquiera es una idea: es un movimiento de la conciencia que nos lleva, en ciertos momentos, a pronunciar dos monosílabas: Sí o No", como ha dicho Octavio Paz en La otra voz .

Todavía quedan varias oportunidades para elegir por alguno de los dos monosílabos.

ADEMÁS

MÁS leídas ahora

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.