En ruta a la globalización capitalista
Este fin de milenio sorprende al mundo en transición hacia la globalización capitalista. Viejos hábitos y valores se derrumban. Crecen al unísono las oportunidades y las protestas. Estamos desconcertados.
Si el tránsito golpea a las propias naciones desarrolladas de tradición capitalista, cuánto más a aquellas regiones del mundo subdesarrollado que no vienen de una tradición capitalista sino del comunismo de Europa Oriental o del populismo de América latina.
En un libro de profundo impacto titulado La gran ruptura (Editorial Atlántida, 1999; original en inglés The Great Disruption , The Free Press, 1999), Francis Fukuyama analiza este momento que vive la Humanidad. El viejo almacén de don José es reemplazado por el anónimo supermercado. El encuentro cara a cara, por el correo electrónico. La competencia penetra las barreras que defendían la identidad nacional. En Seattle, manifestantes del más diverso origen protestaron violentamente contra la globalización, que simbolizaban los funcionarios de 135 naciones convocados por la Organización Mundial del Comercio (OMC) para demoler los muros comerciales que todavía quedan. Como consecuencia de la protesta y de sus propias contradicciones, la OMC quedó paralizada. ¿Hacia dónde vamos?
La "destrucción creativa"
En 1950, el economista austríaco Joseph Schumpeter publicó Capitalismo, socialismo y democracia , donde expuso la tesis de que la esencia del capitalismo es crear de continuo nuevas y más eficientes estructuras económicas al precio de destruir sin piedad las estructuras existentes. La lógica misma del capitalismo es la destrucción creativa de los hábitos y los valores de la sociedad. Para construir, necesita destruir. Según Fukuyama, la profecía de Schumpeter ha pasado a cumplirse ahora en escala global.
La conmoción que genera esta nueva ola de "destrucción creativa" capitalista no afecta sólo las estructuras económicas o políticas sino también el orden moral. Durante siglos, la Humanidad desarrolló una serie de valores y normas morales. Si bien ellas se nutrían y se transmitían en el seno de la familia y de la escuela, tenían su origen en las grandes religiones. No siempre el hombre cumplió los preceptos del cristianismo y del judaísmo, de Buda y del Islam, pero aun en sus pecados reconocía la existencia de un orden superior de naturaleza moral.
En su furia de "destrucción creativa", empero, el capitalismo fue debilitando estas convicciones, reemplazándolas por un pragmatismo ilimitado. A ese conjunto de normas y valores que la Humanidad fue elaborando a partir de las grandes religiones y cuya función fue elevar la convivencia entre los seres humanos, Fukuyama lo denomina capital social . Pero al aumentar revolucionariamente el "capital económico" del que ahora disponemos, el capitalismo desarticula el "capital social". De ahí los síntomas de disgregación que ahora preocupan a las naciones: el debilitamiento o la disolución de los lazos familiares, el aumento exponencial del crimen sobre todo juvenil, el auge de la droga...
Durante un tiempo, el capitalismo pudo crecer gracias al enorme depósito de "capital social" que habían acumulado las religiones. Pero ese depósito se está agotando. Vivimos entonces en un mundo económicamente capitalizado y moralmente descapitalizado. ¿Es posible, todavía, el optimismo?
El "dulce comercio"
Fukuyama cree que sí. Que el viejo orden moral esté en ruinas no significa que, desde sus profundidades, la Humanidad no esté construyendo lentamente el que habrá de reemplazarlo. El desconcierto general ante la globalización proviene del hecho de que, debilitándose decisivamente el viejo orden moral al que estábamos acostumbrados, las primicias del nuevo orden moral al que estamos destinados todavía no han aparecido. Vivimos en la tierra de nadie que separa lo viejo de lo nuevo. Pero el nuevo orden moral, esa "renormativización" de nuestras vidas que anuncia Fukuyama, vendrá al fin por una razón sencilla: que el hombre, por naturaleza, no puede vivir sin valores y sin normas.
Pero, ¿de dónde vendrá el nuevo orden moral? Según el autor de La gran ruptura , de la propia universalización del comercio que trae consigo la globalización.
Fukuyama cita en su ayuda a Montesquieu y a Adam Smith. Ambos escribieron que el comercio, que el "dulce comercio" exige, para difundirse, el cumplimiento de ciertas normas de laboriosidad, honestidad, sobriedad, puntualidad, sin las cuales no sería viable. No podría haber globalización si los actores del nuevo juego pagaran con cheques sin fondo, no protegieran la propiedad y los derechos individuales, no gozaran de estabilidad política y legal. De esta necesidad intrínseca al comercio habrá de surgir, confía Fukuyama, el nuevo orden moral.
Sus fundamentos serán, sin embargo, diferentes. Pongamos por ejemplo la honestidad. En las grandes religiones, la honestidad es una virtud que se persigue por sí misma. En el mundo del "dulce comercio", rige porque el operador racional se da cuenta de que le conviene más que la deshonestidad. Supongamos que un proveedor pudiera engañar a un cliente. Obtendría en tal caso un fruto inmediato del engaño, pero a la larga se desprestigiaría hasta quedar afuera del circuito de la confianza, perdiendo no sólo al cliente engañado sino a otros potenciales. "La honestidad -dicen los ingleses- es el mejor negocio." Porque "el villano -agregó Hume- en el fondo es un tonto".
Nos hallamos lejos aquí, sin duda, del amor a la virtud por ella misma. Nos habían enseñado que hay que ser ético por principio, al margen de las consecuencias. En el "dulce comercio" el operador racional también decide ser honesto, pero ahora lo guía el egoísmo ilustrado.
¿Bastará con esto? Fukuyama no se hace ilusiones. El "dulce comercio" no alcanzaría por sí solo a redimir la crisis moral que atraviesa la Humanidad. De un lado, hay que rescatar y apuntalar lo que aún queda de nuestra herencia religiosa. Del otro el Estado, convirtiéndose en un juez severo de las conductas, tendrá que aportar su cuota decisiva de organización y de coacción para contener las predecibles transgresiones.
Dicho esto, Fukuyama cree que será posible saltar finalmente la zanja de "la gran ruptura" que separa el mundo del cual venimos del mundo de la globalización. El nuevo rol laboral de la mujer, el debilitamiento consiguiente de la familia, el auge de la droga y de la delincuencia deberán ser compensados con la acción inteligente de los funcionarios y los ciudadanos. No todo está perdido.
Viene un nuevo mundo. Viene un nuevo milenio. Habrá menos idealismo en el hombre que se avecina. Pero también disminuirán gradualmente el fanatismo y el fundamentalismo que alentaron con frecuencia las ideologías y las religiones.
Al terminar la lectura de este diagnóstico, es imposible no acercar este último Fukuyama al anterior, que escribió El fin de la historia en 1992. Con el mismo ánimo de Tocqueville cuando escribió La democracia en América el siglo pasado, Fukuyama predice el triunfo de una civilización menos atractiva aunque menos dramática que las que la precedieron. Su visión alivia, pero no entusiasma. Pero no hay que perder de vista un panorama más amplio: es que, si Schumpeter tenía razón, algún día también la globalización se destruirá creativamente a sí misma.



