
Entre el morbo y la fascinación
No están embalsamadas, ni vendadas, ni datan de miles de años de antigüedad. Lo que realmente se ve en el llamado Museo de las Momias de Guanajuato, a casi 400 km del D.F., es una colección de 112 cuerpos deshidratados que, a decir verdad, son díficles de definir.
Tétricas y perturbadoras para algunos, una rareza para otros, objeto de investigación para unos pocos, lo cierto es que, para el grueso del público que fluye al museo, visitar estas "momias naturales" responde a una mezcla de curiosidad y morbo difícil de resistir.
En 1865 se inhumó el primer cadáver de la colección, mientras que el último fue en 1985. Y parece que no es la particular composición de la tierra lo que conserva los cuerpos, como en un momento se creía, sino una combinación de factores tales como el tipo de agua de la región (rica en cromo, lo que inhibiría la proliferación de bacterias), la falta de oxígeno y la sequedad del ambiente. Sea como sea, allí están, prolijamente exhibidas detrás de una vitrina, desde la momia más pequeña del mundo (un recién nacido que falleció en el parto, junto con la madre) hasta Juan Jaramillo, el cuerpo mejor conservado de todos, con dentadura completa y huellas digitales bien nítidas. Y cómo no, para quienes buscan alimentar el espíritu truculento, también está el área de muertes trágicas, donde se exhibe "el ahogado" (lo cual se deduce en base al color azulado de la piel), el apuñalado (la herida en el tórax aún está bastante visible) o el testimonio más trágico de todos: el de la mujer que fue enterrada viva tras un ataque de catalepsia, con la mueca de horror estampada en el rostro.
La fama de las momias ha trascendido fronteras. El bueno de Juan Jaramillo, por caso, llegó a ser exhibido junto a la momia de Ramsés II en San Diego. Y ahora parece que la colección de Guanajuato se va de gira a Chicago, Los Angeles y Las Vegas. Nada mal para quienes en vida seguramente jamás cruzaron los límites de México.





