Entre la expansión y la recesión

Guillermo Rozenwurcel
Guillermo Rozenwurcel PARA LA NACION
Las abruptas oscilaciones de la economía, sumadas a una gran inestabilidad política, están en la raíz de nuestra marcada involución
Las abruptas oscilaciones de la economía, sumadas a una gran inestabilidad política, están en la raíz de nuestra marcada involución Fuente: LA NACION
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5 de septiembre de 2018  

Al final la realidad se impuso. Lo que estamos atravesando no son turbulencias ni una fuerte tormenta. Es la crisis cambiaria más severa desde el colapso de la convertibilidad. Está claro que la actual es incomparable con aquella: hoy no tenemos el corsé del 1 a 1, el endeudamiento externo es muy inferior, los próximos vencimientos no son exorbitantes y el sistema bancario está capitalizado, líquido y no presenta descalce de monedas. Pero eso no quita que la crisis actual sea muy seria.

Por supuesto que hay una doble fragilidad estructural en la base de esta crisis, como en todas las que la precedieron durante las últimas décadas. Sobrevivimos en medio de una crónica incapacidad para generar divisas genuinas (por vía de exportaciones) que se choca con la creciente dolarización de nuestros portafolios y de nuestra cultura económica. Quienes no vivimos en los márgenes de la sociedad tenemos la pretensión de mantener niveles de vida equivalentes a los de los países avanzados, cuando nuestra economía está muy lejos de tener su productividad. Finalmente, le pedimos al sector público prestaciones propias de un Estado de bienestar, pero no queremos pagar más impuestos que los de un país subdesarrollado.

No puede sorprender entonces que desde hace unos 80 años nuestra economía oscile como un péndulo entre la expansión y la recesión y que, además, esas oscilaciones se hayan vuelto con el tiempo cada vez más amplias y que, desde la globalización y el acceso a los mercados financieros internacionales, la reversión de las bonanzas ocurra cuando se acaba el financiamiento externo y se desencadenan crisis cambiarias y financieras cuyas consecuencias profundizan las recesiones. Tampoco puede sorprender que semejante volatilidad, apareada con una inestabilidad política igualmente intensa, esté en la raíz de la marcada involución económica y social experimentada durante todo este largo período por nuestro país en comparación con el resto del mundo.

También es cierto que los gobiernos kirchneristas dejaron pasar la oportunidad histórica de salir del péndulo al desaprovechar el superciclo de commodities más favorable que tuvo el país desde comienzos del siglo XX: despilfarraron los recursos aportados por ese superciclo y dejaron al país en una situación económicamente insostenible.

Para colmo de males, este gobierno debió enfrentar en el plano doméstico la mayor sequía en mucho tiempo y, en el plano internacional, las consecuencias de la guerra comercial desatada por Trump y la suba de tasas impulsada por la salida de la recesión en Estados Unidos. Pero no somos los únicos que de tanto en tanto sufrimos las contingencias climáticas o los cambios en el contexto internacional, y, no obstante, como en esta oportunidad, solemos ser los más afectados.

Desestimando nuestra fragilidad crónica y el previsible cambio de contexto externo, el Gobierno subestimó las dificultades que debía enfrentar. En lo político esto significó descartar el gobierno de coalición con sus socios electorales. En lo económico, sobreestimar su capacidad para corregir los desequilibrios indolora y rápidamente.

Sin embargo, corregir precios relativos muy desalineados y bajar fuertemente la inflación al mismo tiempo probó ser imposible. Esto generó creciente atraso cambiario, una recuperación tardía, tambaleante y ligada a la sobrevaluación del peso y, simultáneamente, un progresivo deterioro del saldo comercial y de la cuenta corriente externa. Al mismo tiempo, la única herramienta de política antiinflacionaria fueron las tasas de interés, cuyo aumento indujo el ingreso de capitales especulativos y promovió el deterioro del tipo de cambio real. Para completar el cuadro, se planteó una política fiscal de ajuste gradual, pero se bajaron abruptamente retenciones, se otorgó la reparación histórica sin contar con fondos suficientes, se aumentaron fuertemente las transferencias a las provincias y se hizo poco y nada para recortar el gasto, por lo que el proceso de endeudamiento público (dolarizado) comenzó progresivamente a cobrar fuerza.

La trayectoria de las principales variables macroeconómicas apuntaba a una crisis anunciada ni bien tuviera lugar la previsible reversión del contexto externo, que solo sorprendió a los muy crédulos. Por eso el Gobierno no cambió a tiempo el rumbo ni tenía preparado un plan B para reaccionar rápidamente una vez desatada la crisis.

Y por eso la corrección del tipo de cambio la está liderando el mercado -que como siempre en estos casos tiende a reaccionar en exceso- y no el Gobierno, que hasta ahora marcha detrás de los acontecimientos. Aun si se logra recuperar la iniciativa y conducir el ajuste, las consecuencias serán más penosas de lo previsto cuando se anunció el acuerdo con el FMI.

¿Cómo leer en este contexto los últimos anuncios? En el plano discursivo sorprende la poca empatía presidencial con los más afectados por el ajuste y su, aparentemente, única intención de recuperar credibilidad frente a los inversores externos. Las promesas incumplidas no afectan exclusivamente a estos últimos. También las sufren los sectores más vulnerables, a los que se había prometido una fuerte reducción de la pobreza. Cierto, un ajuste drástico es inevitable, pero el Gobierno no puede hablar solo de ajuste. Debe explicar cómo se protegerá a los más débiles. Tampoco hubo referencias a lo que cabría esperar después del ajuste. ¿Qué piensa el Gobierno más allá de lo inmediato? ¿Cómo retomar el crecimiento sobre bases más sostenibles, económica y socialmente? Hasta ahora esa incógnita tampoco se ha despejado.

En cuanto al contenido de los anuncios, el núcleo central es el cambio de la meta de déficit primario para 2019, de 1,3% a 0%. Adicionalmente, también se compromete un superávit primario de 1% para 2020. Para ello se reforzará el ajuste por la vía del gasto (aunque se aumentará algo el gasto social) con un aumento de ingresos provenientes básicamente de la aplicación de retenciones a todas las exportaciones y de la postergación de rebajas de impuestos ya comprometidas.

Más allá de evaluar si los instrumentos son los adecuados y las estimaciones correctas, es preciso considerar qué significa la meta de déficit cero. En primer lugar, sumada a la maxidevaluación y la consecuente aceleración inflacionaria, implica más recesión ( overkill). Pero en segundo lugar, aunque pueda cerrar en el Excel, no está claro que sea deseable ni que su cumplimiento sea factible (de hecho es casi imposible, como lo sugiere la fracasada experiencia anterior de Cavallo), tanto por razones económicas (efectos de la recesión sobre la recaudación, presiones de recomposición salarial, etc.) como sociales (fuertísimo aumento esperable de la conflictividad).

Por eso, si fuera posible, habría que revisar la meta de déficit primario por una más realista y factible. Claro que esto supondría conseguir más recursos por encima de los ofrecidos por el FMI (de gobiernos), no solo para enfrentar la corrida todavía en curso, sino para financiar ese déficit primario remanente.

En segundo lugar, impulsar un acuerdo tripartito de precios y salarios para moderar las expectativas inflacionarias. En tercer lugar, una vez estabilizado el mercado de divisas, evitar nuevos atrasos del tipo de cambio adoptando tácitamente un mecanismo de crawling peg con bandas que acompañe la inflación, pero desestimule los movimientos especulativos.

Aunque no fue objeto de anuncios, está claro que lo prioritario es detener la corrida. Pese a los anuncios, el mercado cambiario no se ha estabilizado: el precio del dólar sigue aumentando pese a las ventas del Central y el riesgo país se mantiene bien por encima de los 700 puntos básicos. Para lograrlo no se puede liberar completamente el tipo de cambio porque la inflación se descontrolaría y la incertidumbre se agudizaría explosivamente. Solo queda intervenir ofreciendo reservas. Pero no con cuentagotas, sino mostrando un volumen de recursos que desaliente definitivamente la corrida. El FMI debería aceptar que parte de los recursos que anticiparía se destinaran a ese fin.

Finalmente, en lo político, aunque no parece contemplarlo, el Gobierno debería apelar a un gobierno de coalición incorporando al gabinete hombres del radicalismo y encarar negociaciones serias con la oposición responsable no solo en materia presupuestaria.

Si no se destinan más recursos para detener la corrida, si no resulta posible revisar la meta de déficit cero y el Gobierno sigue encerrado en su núcleo duro, el futuro próximo puede resultar imprevisible y sumamente complicado.

Economista, UBA, Unsam y Conicet: vicepresidente del Club Político Argentino

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