
Entre la Italia imaginada y el país real
Es una exposición clave para comprender no sólo lo que fue el siglo XX europeo, sus valores, sus prejuicios y sus ilusiones, sino también lo que significó el cine documental como arma de propaganda política, de adoctrinamiento y de educación. La muestra Luce. El imaginario italiano, que acaba de inaugurarse en la Usina del Arte, es la historia en imágenes del siglo XX peninsular y, sobre todo, del relato épico construido por el fascismo de Benito Mussolini durante las dos décadas de su dictadura.
Para albergar la exhibición no podía encontrarse en la Argentina un edificio más adecuado. La Usina del Arte fue en su origen una construcción levantada entre 1912 y 1921 por la Compañía Ítalo-Argentina de Electricidad (Ciade). El arquitecto Juan Chiogna la diseñó en un estilo ecléctico que combinaba el románico lombardo, el gótico y el temprano renacimiento florentino. Esa arquitectura precedió el advenimiento de Mussolini al poder.
El periodista Luciano De Feo creó en 1924 el Sindicato de Instrucción Cinematográfica (S.I.C.), una pequeña empresa privada italiana que no sólo se ocupaba de difundir noticias, sino también propaganda comercial o informaciones de interés social como la lucha contra la tuberculosis, la malaria, o consejos destinados a profesionales y agricultores. De Feo le propuso a Mussolini que apoyara ese emprendimiento. Éste, de inmediato, se dio cuenta de lo que estaba en juego. Bajo su amparo, el S.I.C. se convirtió en Luce (L'Unione Cinematografica Educativa). En 1926, se dispuso que fuera obligatoria la proyección de las películas de Luce en toda Italia. Así, el gobierno ejercía un control directo sobre la información. El Duce supervisaba sus fotografías con un criterio tan poco acertado como el de Hitler. Una sección de la muestra está consagrada a sus retratos y a la proyección de fragmentos de películas en los que sólo se ve su cara con distintas expresiones (casi siempre ridículas).
Los noticieros de Luce no sólo registraban las peripecias del gobierno, también hacían soñar y enseñaban: en ellos, se veía a bailarines, acróbatas, deportistas; se aprendía cómo era la vida de las mariposas; se asistía a desfiles de moda; se viajaba por la India, África, China. Además, las imágenes les descubrían Italia a los italianos. Los sicilianos que jamás pisarían Venecia veían con asombro los palacios de la Serenísima reflejados en las aguas del Gran Canal. En un país con una alta tasa de analfabetismo, el cine hacía de escuela. Luce organizó una flota de cinemobili, vehículos equipados para realizar proyecciones al aire libre en aquellos pueblos donde no había salas cinematográficas. Por otra parte, los fotógrafos forjaban el gusto del público porque desplegaban distintas estéticas, desde las más convencionales hasta las más vanguardistas. Curiosamente Luce, que era un órgano oficial, se tomaba licencias. Los pastores del sur de Italia no siempre aparecían contentos en las imágenes. Entre quienes vitoreaban al Duce, había algunos con miradas apagadas, sonrisas obligadas, algún gesto sombrío. El magnífico catálogo de la muestra (de donde se han tomado estos datos) dice al respecto: "la historia contada por Luce es la de un intento fallido de convertirla en fascista, la tentativa de escenificar una Italia ?imaginada', tras la que se puede reconocer, como al trasluz, un ?país real' que se manifestaría plenamente durante y después de la guerra".
Resulta conmovedor descubrir que lo mejor del cine italiano de posguerra ya estaba en germen en los primeros noticieros de Luce. Muchos de los fotógrafos y montajistas que trabajarían luego con directores como Rossellini, Fellini, Visconti, Monicelli, Bolognini se formaron en esos documentales.
El Duce era muy consciente del papel que habían desempeñado el cine y la fotografía en su carrera. Cuando fundó la trágica República de Salò, ordenó que Cinecittà y Luce se trasladaran de Roma a Venecia. No podía prescindir del espejo obsecuente que lo había convertido en un ídolo impiadoso. Pero el espejo, como el de la madrastra de Blancanieves, le dijo por fin la verdad que no había querido ver ni escuchar.






