Esa ofensa que nadie, salvo uno, escuchó
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Muchas veces, entre amigos o familiares, las heridas que más duelen son aquellas que se causan sin intención y sin que nadie lo advierta al correr de una charla despreocupada. Las fiestas de fin de año, que reúnen a los afectos, suelen ser terreno propicio para este tipo de equívocos en que lo que uno dice se interpreta, del otro lado, en un sentido completamente distinto.
Tras el festejo de Año Nuevo, ya de vuelta en casa y cuando la pareja está a punto de echar su cansancio sobre la cama sin más que decirse, salta la pregunta:
-¿Escuchaste lo que dijo tu hermano sobre mí?
-Lo escuché clarito. Fue un elogio.
-¿Es joda? A mí me pareció lo contrario. Me descolocó frente a todos. Quería que me tragara la tierra.
Uno diría que la humillación supone un público ante el cual el humillado queda desvalorizado. La mirada de terceros, de la cual depende la imagen que nos hacemos de nosotros mismos, completa la afrenta. El que humilla daña esa imagen poniendo de manifiesto ante testigos una supuesta debilidad o algo que nos avergüenza. De allí que antiguamente el ofendido buscara lavar su honor retando a duelo al ofensor, en un alarde de coraje con el que pretendía recuperar, ante la sociedad, la dignidad puesta en duda.
Sin embargo, quizá la humillación más profunda sea aquella que pasa desapercibida para los demás, incluso para quien la inflige sin la más mínima conciencia del poder letal de sus palabras. Esas palabras suelen tener un efecto diferido, porque su destinatario, por más que en ese momento se sienta tocado por ellas, no es capaz de acceder todavía al fondo de verdad que encierran. Actúan como la picadura de una abeja. Sentimos el aguijón, seguido de un ardor súbito y pasajero, pero el padecimiento vendrá después, cuando el veneno actúe sobre nuestro organismo. La roncha que nos pica sin remedio será el síntoma del equilibrio perdido.
Esa nimiedad activó más tarde una herida latente que creíamos perdida o superada
Así, las palabras que en un principio no habían producido más que una pasajera incomodidad, de pronto suscitan, con efecto retardado, una humillación íntima que carece de testigos, incluso de responsable, porque por más pasión que haya habido en la discusión o en la charla donde se inoculó el ácido, no hubo en el agente ninguna intención de daño. Esa nimiedad a la que nadie hizo caso, destinada a caer en el olvido apenas fue pronunciada, de algún modo se alojó en nosotros y activó después vaya uno a saber qué herida latente que creíamos perdida o superada.
No hay duelo con testigos que valga para salvar humillaciones como estas. Si hay alguna dignidad que restaurar, ya no será ante terceros, sino ante nosotros mismos. Porque hay que admitir que aquellas palabras dichas para que se las llevara el viento, que sin embargo contenían una ofensa que nadie, salvo nosotros, detectó, despertaron alguna asignatura pendiente que cargábamos en la mochila sin saberlo. De nada vale entonces descargar la frustración o la bronca en el otro. El problema es asunto nuestro. Y en este sentido, estamos ante una oportunidad. ¿Qué herida del pasado volvió a abrir la sal contenida en esas palabras? ¿Qué aspecto de nuestra persona del cual no nos sentimos precisamente orgullosos? ¿Qué hecho traumático no resuelto?
La primera reacción, en estos casos, es atribuir al autor de la frase venenosa algún grado de malevolencia. A todos nos cuesta enfrentarnos con aquello que venimos cajoneando, quizá porque nos confronta con nuestro costado más oculto o vulnerable. Es más sencillo cargar contra la fuente de nuestra inquietud. Pero, si en ella hubo o no ánimo de denigrarnos es una cuestión de segundo orden. A veces hasta se lo atribuimos para habilitar el salvoconducto que nos permite eludir lo que importa. La clave aquí pasa por esa verdad en sordina con que la frase en cuestión nos hirió tras dar, después de unas horas, cuando ya no queda posibilidad de réplica, con esa asignatura pendiente que trajo de nuevo a la superficie y ahora pica a más no poder. Enfrentar esa verdad acaso sea el único modo de cerrar la herida y cubrir el flanco por donde entró la bala.
Me dirán que hay gente que busca ofender o humillar al otro con plena intención, y que muchos han desarrollado habilidades para hacerlo de modo sutil, casi sin que se note, a tal punto que nos gustaría volver al siglo XIX para poder retar a duelo a los que andan siempre con el puñal bajo el poncho. De acuerdo. Pero también es cierto que hay un grado de ambigüedad insalvable en las relaciones humanas.
-Te digo que fue un elogio. Yo conozco a mi hermano.
-Yo también lo conozco.
-¿Qué querés decir?
-Que sé distinguir entre sus elogios y sus dardos.
-Qué suerte. A veces él no es capaz de tanto.
-Pobrecito.
-A ver, ¿qué fue lo que te molestó?
Si nos importara el destino de esta pareja, le aconsejaríamos que dejara este diálogo ahí mismo, que se abstuviera de seguir adelante. El tono empezó a escalar y difícilmente el ida y vuelta termine bien, más cuando ya empiezan a hacerse oír los pajaritos y se ha ingerido, de acuerdo al rito obligado de las fiestas, una cantidad nada desdeñable de burbujas. Hay diálogos que conviene continuar con uno mismo. Quizá la pregunta que quedó flotando en el aire no sea un mal punto de partida.



