
Esas pasiones inconfesables
Ivonne Bordelois Para LA NACION
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Un ejercicio válido de nuestra capacidad crítica es exponerla al asombro que nos causa nuestra adicción a causas estéticas indefendibles. En nuestro haber contamos todos con alguna horrenda canción que marcó a fuego nuestra adolescencia, una inconfesable película cuyas escenas todavía nos persiguen, un libro miserable que inexplicablemente nos fascina.
Tal ha sido mi caso con Malparida . Carente como soy de las disciplinas sociosemánticas que caracterizan a nuestra sofisticada ciudad, he intentado comprender por mí misma las causas de mi deplorable dependencia, y trato aquí de compartir humildemente estas consideraciones con el público del llano al que pertenezco.
Confieso que tan intensa ha sido mi afición que llegó al punto de incitar a queridos y respetables amigos a abandonar o interrumpir una grata cena o un diálogo relevante para asistir conmigo al episodio imprescindible del día. Debo decir que sus reacciones en estas circunstancias variaron explicablemente entre el sopor y la cólera no disimulada. Estas infracciones a la cortesía más elemental han acentuado mi intriga ante mi propia conducta.
Puesta a reflexionar sobre el tema, me pregunto: ¿qué es lo que puede disculpar un guión oprobiosamente inverosímil, que llega a desafiar las ya experimentadas tragaderas del televidente argentino? ¿De qué modo misterioso, por ejemplo, el mismo hospital y la misma patética enfermera reciben a los múltiples contusos y agonizantes que la trama va produciendo sin descanso, víctimas de asesinatos, asaltos o accidentes ocurridos en los más diversos lugares? Y entre estos incidentes ¿cómo se justifican las circunstancias más cómicamente macabras -como la súbita caída de una cruz de cementerio sobre la cabeza de la protagonista, sutileza simbólica ocasionada por las crueles palabras de su exasperado ex amante?
El único modo de reparar estos dislates es equilibrarlos con ciertos destellos compensatorios; enumero aquí los que más me impresionaron. Un acierto indiscutible es la canción inicial, una letanía flamenca a modo de conjuro o exorcismo, que propone la lectura crítica, ética y analítica de la Malparida : Tú eres la reina de los excesos/ La boca con más besos y menos corazón/ Tú eres la flor del adulterio/ Los labios del misterio, la voz de la traición.// Tú eres la virgen de la avaricia/ Y controlas tus caricias con una calculadora./ Tú eres una loca desalmada, /una mujer muy despechada/ La que nunca se enamora./ No tienes corazón, no tienes sentimientos,/ No tienes religión, no tienes miramientos/ No te queda pasión, tan sólo sufrimiento.
Controladora, frígida, resentida, condenada a la desesperación: tal es el retrato de la protagonista, que omite el motivo de su ascenso triunfal: su devastadora belleza, acompañada por una inteligencia rayana en la locura. Aquí aparece otra de las características de esta telenovela, que abandona las habituales dicotomías de los pobres honestos contra los ricos malvados, y parte las aguas entre los hábiles y veloces por un lado y los ingenuos imperdonables por el otro. El defecto más notable de los ricos "buenos" no es la codicia, sino un candor cercano a la estupidez, que sádicamente hace las delicias de un televidente preparado a celebrar las más obvias carencias de los llamados privilegiados. Sólo la maestría de Raúl Taibo ha podido superar el desafío de los excesos evidentes del guión en ese sentido.
Otro hallazgo indiscutible es el personal oficinesco, con un perfil Almodóvar como el de Mabel, de un humor tan certero como nefasto, o la histérica Noelia, cuyo dialecto plagado de anglicismos es una imperdible joya de observación lingüística contemporánea. La pertenencia de clase en este grupo es notable: uno de los momentos culminantes de la serie, a mi entender, se da cuando Abel se enfrenta con el despótico Soriano diciéndole memorablemente: "Dinero y miedo, nunca tuve".
Por fin, en los últimos episodios asoma una temática que queda en ciernes pero no deja de ser interesante: la obligación de denuncia ante la Justicia, opuesta a la lealtad con respecto a los pares. Un pacto de silencio entre los habitantes de Monte Pío protege los designios de la Malparida. Vanessa se niega a ser "buchona" entre los VIP, para luego comprender el elevado precio de su silencio. El moralismo evidente de un guión -que no deja de ser algo perverso en este sentido- es también una advertencia: la solidaridad de clase no debe llegar al encubrimiento.
Borges señalaba que sólo en Estados Unidos cabía que se admitiera legalmente la denuncia de un cómplice como atenuante de culpa -lo que aquí se llama la figura del arrepentido, que acabó por adoptarse jurídicamente-. Nuestros códigos de amistad, decía Borges, nos lo prohíben. Uno de los curiosos méritos de Malparida es plantear este dilema, que desdichadamente cada día se vuelve más vigente entre nosotros.
No sé si estas reflexiones disculpan las culpables propensiones nocturnas que aquí he confesado.
A veces es fascinante presenciar cómo los burdos desvaríos de una trama inverosímil pueden ser rescatados por la acrobacia en los detalles laterales de una puesta en escena inesperada. Que éste sea mi descargo, como arrepentida, por una afición inconfesable.




