
Esclavos, esclavistas y libertadores
Carlos Alberto Montaner
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MADRID.- George Bush, aparentemente guiado por el consejo de Condoleezza Rice, su brillante asesora mulata de política exterior, decidió que Colin Powell, su secretario de Estado mulato, no asistiera a la conferencia sobre racismo convocada en Durban, Sudáfrica. Y dos fueron las razones esgrimidas: en primer término, la injusta equivalencia entre sionismo y racismo que se hacía en los papeles preliminares, y en segundo lugar, el tono airado con que ciertos representantes de países negros exigían excusas de las naciones europeas que en el pasado organizaron y estimularon el tráfico de esclavos.
Tal vez Estados Unidos perdió una buena oportunidad de colocar las cosas en su sitio. No es tan difícil explicar que el sionismo no es una expresión del racismo, sino la postura de quienes defienden el derecho de los judíos a tener un Estado nacional, lo que en modo alguno excluye la posibilidad de que los palestinos, algún día (y ojalá sea pronto) inauguren el suyo.
Tampoco es complicado dejar en claro que el judaísmo, para Occidente, no es una religión más, sino la referencia cultural clave en la que se articulan los postulados éticos de Europa, las Américas y las grandes sociedades desovadas por los ingleses en el Pacífico: Australia y Nueva Zelanda. Occidente no puede o no debe ser indiferente a la suerte de Israel, más o menos como las personas que poseen una afectividad equilibrada no pueden (o no deben) ignorar la suerte de los abuelos. El viejo Abraham, socarrón y astuto, aventurero y negociador, es el abuelo de Occidente. Olvidarlo es una forma de negar nuestros orígenes culturales, esto es, el fundamento moral en que se sustenta nuestra cosmovisión.
Y acaso hubiera sido aleccionador que Powell, descendiente por su costado negro de alguna esclava llevada a latigazos hasta Jamaica hace dos o tres siglos, les hubiera dicho a los participantes en ese tenso foro que Europa no debe avergonzarse de haber inventado la esclavitud, sino debe enorgullecerse de todo lo contrario: de haber inventado la abolición. De haber desarrollado el Derecho de Gentes y de haber proclamado en Francia, en agosto de 1789, la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, punto de partida del fin de esa planetaria, odiosa y antiquísima costumbre que han tenido los seres humanos de esclavizar y maltratar brutalmente a sus congéneres.
Porque es verdad que España, Inglaterra, Holanda, Francia y Portugal fueron despiadadas naciones esclavistas que a lo largo de tres siglos transportaron como si fueran animales a once millones de africanos negros (Hugh Thomas) a través del Atlántico para molerlos en los cañaverales y las minas, para servir a los blancos y barrer sus suciedades, pero esa verdad no es menos pavorosa que esta otra: en ese mismo período siete millones de esclavos (Ralph A. Austen) fueron arreados a golpes a través del Sahara por los negreros árabes que los capturaban en sus razias o los compraban a diligentes mercaderes negros dedicados al lucrativo negocio de cazar y vender seres humanos. Comercio, por cierto, que ni siquiera hoy ha desaparecido en el continente africano, como puede comprobar cualquiera que conozca la siniestra realidad de países como Sudán, Mali y algunas regiones recónditas de Nigeria.
Durante decenas de miles de años fue aún peor: se capturaba al enemigo para devorarlo. Cuando la sociedad se hizo sedentaria, alguien tuvo la ingeniosa idea de convertir a los prisioneros en siervos. No fue compasión, sino cálculo económico. Siervo y salvar comparten la misma raíz remota. Para los griegos y para los romanos los cautivos eran "herramientas parlantes". Cosas a las que se podía castigar o matar sin consecuencias. Los generales romanos, antes de lanzar sus legiones contra el enemigo, negociaban la venta de los futuros cautivos.
¿Terrible? Menos que las guerras de los aztecas, cuyo fin solía ser el de capturar enemigos para ofrecer sacrificios a los dioses, y, de paso, procurarse un poco de proteína. Y así ocurrió en todo el planeta hasta hace relativamente poco tiempo. Tan poco, que yo, en mi niñez, conocí en Cuba negros viejos que habían nacido esclavos y me hacían cuentos tremendos de la época colonial, pues España fue el último país de Europa que puso fin (1886) a esa horrorosa institución.
Europa, pues, no hizo con los negros nada diferente de las barbaridades que les infligió a los propios blancos ("esclavo" es una deformación de "eslavo"), y no trató peor a los cautivos africanos de lo que los griegos de Bizancio trataron a los búlgaros, los romanos a los celtas o los germanos a los bálticos. Desollar, castrar, cegar, formaban parte de las carniceras costumbres del desalentadoramente sádico bicho humano. Desorejar, desnarigar y cortar penes o senos siempre han sido los raros entretenimientos de nuestra estirpe, obsesivamente fascinada con rebanar las protuberancias ajenas.
Lo extraño, lo grandioso, lo que redime y engrandece a Europa es que fue aquí, por primera vez en la historia del mundo, donde unos cuantos teólogos y juristas españoles, holandeses, ingleses, portugueses y franceses (la misma casta de los negreros) defendieron tenazmente la idea de que nadie tenía el derecho a esclavizar a otras personas, hasta que ese osado planteamiento consiguió quebrar las cadenas de casi todos los cautivos ¡Qué lástima que Colin Powell no hubiera defendido estas cosas en Durban! Nadie hubiera tenido más fuerza moral para decirlas que este américo-europeo de origen parcialmente africano. O al revés.





