
Escritores con sentido del humor y del juego
Por Silvia Hopenhayn Para LA NACION
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Hay libros que tienen buen humor. Y no se trata de la risa obtusa ni de la mofa fácil. Es casi un tono vital que se trasluce en la escritura. Una forma de estar en el mundo sin debérselo a nadie. Son libros que exhalan libertad. Y por ello mismo, al leerlos, se es puntualmente feliz. El punto en el que el escritor nos convoca como compañeros de su travesía. Suele ser una ficción difícil de catalogar, por fuera de los géneros, burlona de otros estilos, apta para el equívoco de los críticos. Sucedió con el Quijote, respecto del cual prólogos, estudios, seminarios y homenajes se han sumado, contrapuesto, yuxtapuesto, sin agregar demasiado a la risueña lectura original de la obra de Cervantes. Pero este clásico no deja de ser una puerta de entrada a la literatura por la que muchos otros ingresaron, asimismo, sin tanto recaudo. Actualmente, se podría establecer una suerte de filiación o puntos cardinales de este espíritu literario, provisto de una cadencia particular. Lo luce en su prosa Alfredo Bryce Echenique, a quien se le hizo un homenaje muy recientemente en la Argentina. También fue invitado en varias mesas internacionales para referirse al Quijote. Por algo será. El peruano demuestra en sus novelas lo bien que se puede estar entre las páginas de un libro. Al mismo tiempo que desacraliza la figura del escritor célebre, le confiere a la ficción un poder que excede los libros. En la "nota de autor" de sus relatos de Guía triste de París, confiesa una fórmula de vida que hace de la realidad un invento. Dice así: "La fantasiosa ficción baña, pues, todo lo que hago y no hago, y creo que ni yo mismo me reconocería jugando tenis de forma totalmente tenística, o sentado en la redacción de un diario de forma exclusivamente periodística".
Esta distancia, o este niño que se observa adulto, aparece en su obra, marcada por el humor de los sentimientos. Ser escritor es, de alguna manera, no ser del todo nada, o asumir la nada para escribir en el vacío. Federico Jeanmaire es uno de los pocos escritores argentinos del presente que comparte ese carácter lúdico y comprometido con Bryce Echenique. De muy joven, se animó a escribir una autobiografía apócrifa de Miguel de Cervantes, que apareció como finalista del Premio Anagrama de Novela, con el título Miguel. Lo mismo hizo con Sarmiento, en su libro Montevideo. Ultimamente ha sido invitado a todo encuentro nacional que se realiza sobre el Quijote, ya que, además, Jeanmaire acaba de publicar en Seix Barral el libro de ensayo gozoso Una lectura del Quijote. Para completar el tríptico de escritores de lengua suelta -mezcla de erudición y sin sentido-, agregaría al español Eduardo Mendoza. En sus libros, la realidad se contorsiona hasta volverse amable. Y eso también habla de la generosidad de la persona que se esconde detrás de todo escritor.






