
Esos falsos prodigios de la naturaleza
Hernán Casciari para La Nación
1 minuto de lectura'
Barcelona
Cuando leí en la prensa que un hombre estaba embarazado -y por segunda vez, además- me sentí feliz, como también lo estaré el día que lleguen los extraterrestres con los puños llenos de verdades, o la esperada tarde en que un científico invente por fin la pastilla (la ansiada pastilla) que, cuando te la tomás, ya estás duchado. Me gustan las mudanzas paulatinas de la evolución, las revoluciones en las costumbres de la humanidad. Y el hombre embarazado es una de ellas. Tal prodigio fue siempre, sin duda, una de las grandes utopías de la imaginación. Por eso temblé de placer al primer instante, cuando apareció el titular en la prensa: "El hombre embarazado está esperando otro bebe". Pero en el segundo párrafo llegó, raudo, el baldazo de agua fría... La letra pequeña lo explica así: "Thomas Beatie vivió veinte años como mujer y, después de un tratamiento, cambió de sexo". Qué poco dura, en estos tiempos, la alegría extraordinaria, el placer por las novedades de la evolución.
¡Por el amor de Dios -exclamé-, pero si no es un hombre! Es una señora arrepentida que, una mañana, se convirtió en señor. Y si le ponemos lupa, descubrimos enseguida que tampoco se convirtió del todo; según podemos leer, conservó intacto su sistema femenino de hacer bebes, y todos los artilugios naturales -y muy femeninos- relacionados con el parto. Entonces, ¿dónde está la magia? ¿Dónde el milagro? ¿Por qué aparece la noticia, en letras de molde, y se reproduce en la prensa seria del mundo entero? Mi decepción no es moral, sino el chasco tristón de un niño que ha descubierto los hilos de una magia. No estoy en contra de que Thomas Beatie tenga familia: por mí que sean sextillizos y que gocen de excelente salud; estoy más bien confundido por la repercusión, por la sensación de prodigio que gira en torno a un asunto intrascendente.
Supongamos que una elefanta da a luz un pequeño chimpancé. Ah, qué emoción. Toda la prensa, enloquecida, llega al zoológico para fotografiar el milagro, y entonces el cuidador de la jaula dice: "Bueno, en realidad se trata de una mona que se siente elefanta". ¡No señor! ¡De ninguna manera! Yo he venido aquí a ver a una paquiderma con un monito adentro. Yo he viajado desde Ituzaingó para presenciar el milagro.
Me dirán que "legalmente" la señora embarazada es un hombre. De acuerdo. Me dirán que rellenó todos los formularios, que tomó las hormonas suficientes, que ahora le gusta el fútbol y que está en contra de las telenovelas de la tarde. Me parece muy bien. Pero no me pidan emoción genuina, no esperen de mí palmas y vítores si, después, aparece por la puerta un bebe de tres kilos cuatrocientos. A mí me emocionan los milagros de la naturaleza, no los cambios de carátula del juzgado. Ahora mismo pueden venir doce jueces a decirme: "Eso que está allí es un hombre embarazado". Y yo estaré de acuerdo. Pero si se le hinchan los pies y el cuarto mes le pesa en el vientre, que me perdone la Justicia, pero aquello sigue siendo una muchacha en flor.
© LA NACION



