España en crisis, o el regreso de un nuevo rico a la vieja pobreza

Con seis millones de desocupados, recortes, una recesión sin salida a la vista y servicios de salud y educación en crisis, muchos españoles se preguntan ya si su país tiene destino tercermundista
Adrián Sack
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3 de marzo de 2013  

La puñalada hipotecaria que en 2008 hirió de muerte al sueño de la "España pujante" dejó a la vista del mundo, al salir de las entrañas de su economía agonizante, un torrente de debilidades y malas nuevas imposible de detener desde entonces.

A borbotones, el país que prometía consolidarse entre las economías más desarrolladas de Europa, se sigue desangrando hoy en pesadillas impensadas hace pocos años. Casi seis millones de desocupados, recesión sin salida visible en los próximos dos años, precarización laboral, congelamiento -cuando no disminución- de salarios, jubilaciones y seguro de desempleo; recorte y privatización de servicios de salud y educación pública, aumento exponencial de la pobreza, escalada de la conflictividad social, casos de corrupción que dañan de forma irreparable al partido gobernante y a la monarquía... Y la lista se extiende todas las semanas en anuncios oficiales que parecen transformar a la "luz al final del túnel" en la leyenda de Eldorado del siglo XXI.

España, fresca aún en el imaginario de la Europa anglosajona -ahora también conocida como la "Europa de primera clase"- como el "nuevo rico" del club de las potencias, ya no genera superbancos que compran entidades en Inglaterra, ni construye viviendas de última generación, como las que hasta hace 5 años vendía sin pausa a británicos, alemanes y escandinavos. Aquella producción de mitos y delirios de grandeza fue reemplazada por titulares antes sólo imaginados en un país tercermundista: 400.000 desalojos por quiebra, con suicidios incluidos, malversación de fondos en el partido gobernante y en la monarquía, hospitales públicos con carencia de insumos básicos, emigración masiva de mano de obra calificada y un desempleo juvenil que afecta a 1 de cada 2 españoles. Son postales impensadas en un país sumido hoy en la agitación permanente, con calles inundadas a diario de manifestantes de la salud, de la educación, de la policía, de la cultura, y de todos los pedazos de un Estado de Bienestar que no deja de resquebrajarse.

Frente a este drama por entregas, las voces del optimismo se acomodan en el margen cada vez más estrecho que les fue dejando la realidad, y, apoyadas en un esplendor todavía cercano en la memoria colectiva, se rebelan hasta contra el mismísimo sentido común. O, por lo menos, contra el pesimismo común entre los ciudadanos de a pie que ya se muestran resignados a firmarles cheques en blanco a sus gobernantes, banqueros y empresarios, que no dejan de prometer una meta de reactivación que va corriendo su mojón hacia el futuro. "El año 2013 va a ser duro, pero en 2014 vamos a ver las primeras señales de recuperación de la economía", repite el presidente Mariano Rajoy.

Pero el dolor por la creciente crisis económica no sólo da lugar y juego a los pesimistas y los optimistas. También los hartos y los miedosos del apocalipsis están levantando, poco a poco, las banderas que no supieron portar los "indignados", ese movimiento social que no supo ni pudo impedir que la mayoría de la sociedad siga manteniendo el bipartidismo tradicional.

Uno de ellos, el periodista y escritor Ramón Muñoz Moya, se atrevió a hacer público el temor latente de muchos españoles. A riesgo de ganarse el desprecio de los más orgullosos, este madrileño publicó en noviembre el libro España: destino Tercer Mundo . Y dio así el gran paso de unir, por primera vez, al nombre de su país al del infierno más temido.

"Cada día se hace más incuestionable que estamos inmersos en un retroceso de las condiciones de bienestar conseguidas en las últimas décadas. Esto nos va a remitir a los estándares de los llamados países en vías de desarrollo, donde la sociedad vive en unas condiciones de penuria general y desigualdad", se arriesga en la introducción Muñoz Moya, quien en la primera quincena agotó dos ediciones. "No hago más que contar lo que estamos viendo y viviendo en España. Nos han mentido permanentemente en los últimos años, y lo siguen haciendo ahora, cuando nos dicen que España se va a levantar de esta crisis en dos o tres años. Pero nadie puede responder a mi pregunta acerca de cómo se les va a dar trabajo a seis millones de personas en ese tiempo. Los parados (desocupados) no se volatilizan, van a seguir estando ahí e incluso peor, porque muchos de los hogares en los que están sobreviviendo, son mantenidos por sus padres o abuelos, que son jubilados", confía a Enfoques.

Sin embargo, en la confusión que vive España, no es difícil encontrar a quienes pueden trazar un diagnóstico -y un escenario- muy diferente. Es el tipo de panorama que vislumbra, por ejemplo, Antonio Argandoña, profesor de Economía y Ética de Negocios de la Escuela de Negocios IESE. "Hay ya mismo signos positivos que nos dan pistas sobre la recuperación, como el hecho de que las exportaciones españolas crecen ahora mismo en un contexto de recesión internacional, o que nuestra economía no haya perdido competitividad ni dejado de tener industrias punteras en el mundo. Además, España no es insolvente y está haciendo los deberes en cuanto a disciplina fiscal y ajuste del gasto. Y esto no es simpático decidirlo, pero hay que hacerlo: la gente se enfada, pero es lo normal en una recesión como la nuestra", apunta el catedrático español.

Oportunidades perdidas

Entre esa legión de enfadados está uno de los referentes más lúcidos y escuchados en la turbulenta actualidad local: el escritor Arturo Pérez-Reverte. "Sí, estoy muy enojado con mi país. Hemos podido ser otras cosas, y no hemos podido serlas. Éste es el país de las oportunidades perdidas. Hemos tenido una ocasión de oro con la estupenda Transición que siguió al fin de la dictadura, donde nos supimos ganar el respeto de toda Europa y el mundo... pero ya la hemos perdido. Y no es culpa de los políticos, sino de nosotros, porque el español lleva el problema él mismo: éste es un país condenado a ser analfabeto y orgulloso de ser analfabeto. Y eso es lo peor que puede ocurrirnos".

Este imaginario descenso en el orgullo a la parte más rezagada de la "Europa de dos velocidades" concebida por Ángela Merkel también ha sido advertido por Juan Carlos Rodríguez Ibarra, presidente de la región de Extremadura por más de 24 años y hoy uno de los ex caudillos socialistas más escuchados en su partido. "No sé si puede ser incluido en el grupo de países del Tercer Mundo un estado con un PBI per cápita de 30.000 dólares al año. Pero un país que pierde su clase media como la estamos perdiendo nosotros, es un país destruido. Y hacia eso vamos", observa.

Argandoña, en cambio, no percibe cataclismo alguno, aunque sí una crisis "profunda" -pero temporal a la vez- que hizo pasar a los españoles por distintos estadios. "En 2008, estábamos en la negación de la crisis, en 2009 les echábamos la culpa a los estadounidenses, a Merkel, a la Reserva Federal. En 2010 y 2011 pasamos a la depresión, la del «nunca saldremos, esto es imposible». Algunos españoles están en la fase dos y otros en la fase tres. Pero vamos a pasar a la cuarta fase, que se va a ver cada vez más: la de caer en la cuenta de que tenemos que empezar a trabajar para salir de esto", afirma el profesor.

Pero el economista Jesús Arroyo Fernández, autor del popular blog Diario de la Quiebra de España, rechaza toda predicción que hunda sus raíces en los buenos deseos e intenciones. "No tienen argumentos -asevera- ni los políticos ni el sistema financiero. A lo único que apelan es a infundir ánimos y optimismo, pero de concreto nada. Es como si a mí se me pinchara el neumático del coche, y una persona venga y me diga: «No te preocupes, ten confianza que el neumático se va a inflar solo y volverás a andar». Esto, claro, sin que aparezcan ni el parche, ni el inflador".

Mientras la discusión divide a España, las estadísticas arrojan sombras sobre el presente. Según Eurostat, España tiene ya al 27% de su población -12,4 millones de personas- en situación de riesgo de pobreza, un porcentaje que coloca a España a cuatro puntos porcentuales por encima de la media de la UE y lo ha transformado en el país más postergado de la región, sólo detrás de Rumania y Bulgaria.

Para Muñoz Moya, los efectos de este desplome ya se advierten mucho más allá de su barómetro más obvio, que es el de las largas filas frente a las oficinas de empleo. "La de España es y será una pobreza diferente a la que tuvimos en los años de la posguerra, donde había poco y nada que comer. Será una pobreza con Wi-Fi y trenes de alta velocidad, es decir, con esos recuerdos y espejismos de cuando fuimos nuevos ricos. Sólo que con la crisis nos hemos convertido en un país low cost , y nos tendremos que acostumbrar a sobrevivir con sueldos malísimos y un sistema de salud y educación pública que empieza a hacer agua por todos lados", observa. "La próxima generación no sólo va a vivir peor que la anterior, sino que va a tener que tratar de sobrevivir, como hicieron nuestros abuelos".

Argandoña en cambio mantiene su fe en que esa España raída por la miseria quedará en la historia. "España nunca fue una potencia mundial, al menos no desde la Conquista de América. Pero no dudo en que va a recuperar el buen nivel de vida que tuvo en los mejores años de la democracia. Un día esto que hoy es un país enfermo se levantará sintiéndose mejor. Y cuando quiera acordarse de su enfermedad, ya estará curado", se esperanza. Mientras tanto, el desaliento se ocupa de llenar el resto.

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