
España reinventa la siesta
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MADRID (The Economist).- Dicen que el emperador Carlos V, rey de España y soberano del Sacro Imperio Romano-Germánico, perfeccionó la siesta. Hoy, casi quinientos años después, un español ha decidido comercializarla.
Según Carlos, para que la siesta fuera verdaderamente reparadora había que acurrucarse en el trono (jamás en una cama) sosteniendo en la mano una pesada llave de hierro. En el instante en que se pasara de la modorra al sueño y la llave cayera ruidosamente al suelo -lo cual solía suceder al cabo de unos veinte minutos- era hora de levantarse de un salto y seguir gobernando al mundo.
Lamentablemente para los españoles, la adopción de costumbres traídas de países europeos más septentrionales hizo que, hoy por hoy, apenas un 20 por ciento de ellos tenga tiempo de volar a su casa para ese reposo después del almuerzo que tanto recomiendan los médicos. Muchos hombres de negocios, de los más encumbrados, se echan un sueñito en el diván de su despacho luego de la comida de las 14, todavía sacrosanta. Sus subalternos usan el auto a modo de coche dormitorio.
Carlos V tenía razón
Esto último indujo a un barcelonés emprendedor a fundar un servicio de siestas. Su proliferante cadena de locales ofrece masajes antiestrés, sin yapas descaradas, a mil pesetas (unos 6,80 dólares) la sesión. Sientan al cliente en una silla especial, lo aporrean diez minutos, lo arropan con una frazada y lo alientan a dormir.
La mayoría de los "expertos en sueño" dicen que la siesta hace bien al corazón y que una breve desconexión después del almuerzo es tan necesaria para el cerebro como el reposo nocturno. Al parecer, Carlos V dio en el clavo: la siesta debe ser corta. Quien la prolongue más allá de esos veinte minutos puede despertar malhumorado y pasar una tarde de perros.




