Ilustrados: la promesa de la revolución

Marcela Ternavasio
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3 de julio de 2016  

Ilustración: Sebastián Dufour
Ilustración: Sebastián Dufour

La clásica tensión entre un mundo gobernado por la "razón" o por las "pasiones" atraviesa el momento fundacional de nuestra historia patria. La sensibilidad ilustrada de la que se nutrieron nuestros primeros líderes revolucionarios se enfrentó a partir de 1810 con las pasiones desatadas por los acontecimientos que, de allí en más, invadieron la vida toda de los habitantes de este rincón austral del imperio español.

Hacia finales del siglo XVIII, los representantes de la Ilustración rioplatense habían depositado sus expectativas en la posibilidad de realizar reformas dentro de la monarquía, en línea con la moderna economía política. Esas expectativas se proyectaban en un horizonte que colocaba a la razón como la única guía capaz de ordenar la sociedad para conducirla a la felicidad. La Corona española era el motor del programa reformista, cuya misión era suplir el escaso vigor de las fuerzas sociales existentes.

Esta esperanza inicial se vio rápidamente desvanecida al advertir que la expectativa modernizadora coincidía con un momento en el que los vínculos con la península se disolvían en el contexto de guerras europeas. La monarquía tutelar no parecía dispuesta a cumplir con la misión asignada. La creciente desilusión ilustrada derivó en una nueva ilusión: la utopía revolucionaria.

La revolución venía a instituirse en un nuevo origen, con sus promesas de libertad, igualdad y felicidad. Al condenar todo un pasado de despotismo, inauguraba un tiempo histórico que miraba hacia el futuro e involucraba a toda una sociedad a la que se le exigía lealtad a la causa. Pero esa causa albergaba diversos proyectos y alternativas que rápidamente entraron en conflicto. A poco andar, la revolución exhibió la dificultad para poner frenos a las pasiones que había desatado a través de la guerra y las disputas políticas. Quienes mejor definieron esa dificultad fueron los diputados del Congreso de Tucumán, cuando poco después de declarar la independencia lanzaron la célebre proclama que anunciaba "fin a la revolución, principio al orden".

¿Cómo ordenar la sociedad nacida de la experiencia revolucionaria? El lenguaje que depositaba su confianza en la razón y en un Estado que pudiera encarnarla era la reserva más cercana con la que contaba la nueva dirigencia política. Pero los ensayos posteriores a 1816 revelaron los dilemas que implicaba crear un orden que, sin renunciar a la legitimidad de la soberanía popular, pudiera conducir a la sociedad a la prometida felicidad. Las desilusiones revolucionarias buscaron en la recuperación de la ilusión ilustrada un punto de anclaje para un presente que miraba al futuro con ojos más sombríos que optimistas. Y el futuro inmediato demostraría los temores de aquella generación lanzada a transformar el mundo. La confianza en la razón encontraría en la implacable crítica de la generación romántica un nuevo punto de inflexión.

La autora de la nota es historiadora, profesora en la UNR e investigadora del Conicet

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