
Estadista
"Fue un discurso plagado de slogans y confrontación. Esperábamos las palabras de un estadista."
(Del senador radical Gerardo Morales, tras el mensaje de Néstor Kirchner a la Asamblea Legislativa.)
Quisiera conocer a un estadista, hablar con él cinco minutos, o ni siquiera eso: verlo de lejos, para confirmar que existe. ¿Serán personas como cualquiera, con piernas, manos y ojos, o tendrán el cuerpo cubierto de plumas, un cuerno en la frente y garras de tigre? Algunos de los últimos presidentes democráticos fueron calificados de estatistas, y otros, de estáticos, pero nadie insinuó jamás que ninguno de ellos haya sido un estadista. Hurgando en la memoria general del siglo XX, el único presidente de quien alguna vez se dijo que era verdaderamente un estadista, el doctor Arturo Frondizi, fue recluido en la isla Martín García tras un brevísimo mandato, tal vez para evitar el contagio, ya que es posible que los estadistas sean portadores de virus malignos.
A pesar del peligro, se ha hecho un lugar común el invocarlos. Al decir la palabra "estadista", muchas personas ahuecan la boca como si estuvieran por recibir una hostia, debido al respeto que ese término infunde. ¿Dónde está el secreto? ¿En qué reside el oculto poder del estadista? El diccionario es parco: dice que se trata de alguien que o bien se ocupa "en la dirección de un Estado" o bien se ocupa de estadísticas. De las dos clases, mal o bien, ha habido. Hubo gente que se encargó de dirigir el Estado, hacia el caos o hacia su propia destrucción, y un porcentaje alto de nuestros gobernantes se ocupó solamente de estadísticas, recibiendo como recompensa por su esmero todo tipo de burlas y críticas.
Se presume que los estadistas no comen ni duermen, que pasan sobre la política de partidos, que no se encandilan con lo circunstancial, que sólo piensan en el interés común, que no hacen favores a sus amigos, que no ambicionan nada para sí, que son, en suma, seres incontaminados y puros, listos para imponer la pureza como norma general. Visto de esta manera, ¿está uno en condiciones de lidiar con semejantes gobernantes? Tal vez no, y por eso se espera al estadista como se espera a los marcianos: deseando que el plato volador aterrice lo más lejos posible o, todavía mejor, que no aterrice nunca.







