
Estigmas del pasado
En Rainer y Minou (Planeta), Osvaldo Bayer explora las consecuencias del nazismo a través de un relato novelado
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Rainer quedó fascinado ante la hermosa judía. Que no era hermosa, pero que lo parecía. Atractiva, ésa era la palabra. Muy atractiva. Se la enviaba su amigo Alexander Knapperbusch, el director de la Escuela de Cine de Baviera.
-Leí la carta de Alexander. Habla muy bien de usted. Brillante, con las mejores notas. Y eso, con Alexander no es fácil.
Ella, nerviosa, lo interrumpió. Le gustaba abreviar todos los preámbulos. En los preámbulos se podía perder todo. Quería, con tres o cuatro cosas que había pensado para la entrevista, maravillarlo, dejarlo pensando, seducirlo. Ella se conocía bien y estaba segura de su poder. Quien pega primero pega dos veces.
-Tengo planes para mi primer film que creo concitaría el interés de las nuevas generaciones, de los jóvenes, principalmente. Alexander me habló de los contactos de usted, como titular de cine de la senaduría berlinesa de cultura, con el Festival de Cine de Berlín, con los productores y con quienes me podrían allanar el camino hacia la financiación del primer proyecto, que es de muy poco costo, pero de una gran profundidad e interés para el público alemán, y toda clase de público, que bien filmado podría ser no sólo un gran éxito, sino también un film pedagógico, para ayudar a no olvidar. El film de una mujer, visto con ojos de mujer.
Así, todo de una vez. Parecía que la había preparado un especialista en relaciones públicas. En dos minutos, el preámbulo perfecto. Rainer la miró detenidamente. Estudió sus rasgos y su fuerza y su dicción. Mónica (ella se presentó como Minouche) Seefeige se expresaba en un alemán como aprendido en la escuela, neutro, directo. Las últimas palabras de ella le acentuaron a él la curiosidad. Rainer quería seguir oyendo ese torrente de palabras y percibir la fuerza que irradiaba esa mujer alta, turgente, pletórica. No dejó de sentir miedo que ella lo descubriera en su timidez para aprovecharse de él. Sí, venía sólo a eso, a aprovecharse de él. Es lo que presintió después de la primera frase de ella. Por eso, en ese momento justo, la interrumpió. Para mostrarle que era él el juez, que él tenía el poder.
-¿Qué tema? ¿Cuál es el nudo del... argumento? -le preguntó solícito, frío; de pronto, neutro.
-Mi vida -contestó ella. Lo miró un tanto desafiante y se puso muy seria.
-¿Su vida? -repreguntó él, casi divertido, como si ella hubiera bromeado-. ¿Tan joven y ya tiene argumento suficiente?
Ahí ella puso una cara como dolida, menospreciada, y él se apresuró a enmendarse: -¿O se trata de una experiencia, un episodio...?
-No, mi vida -dijo ella, seria, casi agresiva-. Soy judía, víctima de los nazis.
El cambió de inmediato la expresión. Hizo un gesto con la mano para ganar tiempo y a la vez para tratar de apagar todo lo que nacía de pronto en su cabeza; se le asomó su imagen de niño. El, solo, en un pasillo largo de baldosas conocidas y amadas. Y los ecos de sus pasos.
No la oyó casi cuando ella le hizo una pregunta que rompió en mil pedazos ésa, su imagen del pasillo largo y cuya evocación le producía una alegría triste que lograba borrar lo melancólico. El pasillo de la niñez feliz, en aquel Belgrano tan argentino y tan alemán. Pero en ese momento, esa imagen se transformó en un cristal cuyos trozos volaron y le dejaron pequeñas heridas afiladas en el cerebro.
-¿Cómo dice señora... Seefeige?
-Le preguntaba si usted nació en Buenos Aires. Yo también.
-¿Cómo lo sabe? -dijo él, casi en voz baja, para ganar tiempo.
-Me lo dijo Alexander. Me contó que lo vio en su pasaporte, que decía: nacido en Buenos Aires, una vez que ustedes dos viajaron juntos.
-Sí, soy nacido allá...
-Yo también -volvió a refirmar ella, con una seguridad como alguien que sabía todo, absolutamente todo sobre él.
El se la quedó mirando, como esperando que ella dijese algo más. Que dijese que lo sabía todo. Pero no. Ella hizo un silencio, que a él le pareció largo, como a propósito.
Rainer sintió un vacío absoluto en el cerebro. No se le ocurrió nada. No se le ocurría nada. Pero su mirada le iba detallando los rasgos de ella. Atractiva, pero dura. Sumamente dura, como a él le gustaban las mujeres. Esa dureza que parecía decir: soy nada más que una mujer, pero me vendo caro, estoy acostumbrada a lograr lo que quiero. Una mujer no derrotada todavía. Su amigo Erlo sostenía que Rainer buscaba el otro lado de las mujeres duras, porque siempre se decía que las mujeres duras eran, en sí, las más maternales.
-Me dijo Alexander que sus contactos son los mejores... Yo terminé mis estudios, estoy llena de planes. Y me encuentro en este país como una judía perseguida, aunque todos me tratan de lo mejor. Complejos, miedos, tal vez. Me imagino que así se sentían mis padres cuando tuvieron que emigrar por ser judíos. Ahora yo vuelvo y todavía no puedo vencer ese miedo heredado.
Se lo dijo así, siempre directa. Esa forma un tanto oportunista de describir sus problemas era para ella la mejor forma de ir al grano. Hasta ahora esa fórmula bien estudiada sólo le había traído ventajas en Alemania. Así, plantarse y decir: señores, soy judía y ahora vengo a cobrarme todo lo que me hicieron. Y si no me oyen los voy a llamar nazis en el primer lugar público que los encuentre. Nada de finezas ni simulaciones. Primero, el escupitajo en la cara. Se lo decía una judía joven, hermosa, con "talento" según el certificado de fin de curso de Alexander Knapperbusch, el gran director del "nuevo cine alemán" y, a la vez, director de la escuela de cine más renombrada, posiblemente de toda Europa, la de Baviera.
Rainer puso la habitual cara seria de funcionario.
-Sí, la comprendo, y la vamos a ayudar. Por eso lo primero que le pediría sería un corto resumen de su proyecto... de su vida. Quisiera leerlo, desde ya por interés propio, además de lo que podamos hacer.
Dicho con tono burocrático, pero que sonó a inseguro. Minouche le alargó una carpeta con no muchas páginas. Y cambió la forma de sus expresiones. De la agresividad velada a la complicidad.
-Aquí está, pensé que lo mejor era traerlo directamente. Alexander me habló muy bien de usted, y sabía que no se lo iba a tomar a mal, que no le iba a parecer una especie de imposición, de invasión.
-Oh, buena idea, así ganamos tiempo -dijo él, cada vez más inseguro, aceptando la carpeta, cosa que nunca hacía, sino que las derivaba a sus secretarias.
-Bueno, no quiero hacerle perder más tiempo ¿Cuándo lo veo? -dijo ella rápida, abreviando la despedida.
-El viernes tengo que viajar al Festival de Oviedo...
-¡Ah, qué bueno, qué ganas de ir para refrescar mi español! Es un festival muy atractivo...
-¿Lo conoce?
-Sí, fui con Alexander, hace dos años.
-Qué raro, no los vi, voy todos los años.
-Yo sí lo vi, cuando usted subió al escenario para entregar a Margrit Allenstein el premio a la mejor actriz.
Ah, sí, se lo merecía. -¿Qué le parece la semana próxima? -la interrumpió él, tratando de ganar un poco de autoridad-. ¿Lunes? ¿Lunes? ¿A las 19?
* * *
Festival de Oviedo, 1975. Aquí había que estar con cuidado. Los españoles participantes eran todos izquierdistas, pero los funcionarios eran franquistas. Izquierdistas y franquistas no se tocaban entre ellos, pero buscaban sus apoyos en los extranjeros. A él, Rainer Sturm, los izquierdistas hispanos lo odiaban -por alemán- o por lo menos se le acercaban sólo cuando necesitaban algo o veían alguna perspectiva de financiación o de invitación para Berlín. Los franquistas se le aproximaban para alabarlo por el solo hecho de ser alemán. Se le iban introduciendo despacito, querían llegar disimuladamente a décadas pasadas, pero sin hablar, por supuesto, de Franco o de Hitler. Rainer les huía como a la peste, porque tampoco quería que lo clasificaran en alguna ideología. El era solamente moderado y liberal. O nada. O todo. O todo, menos nazi ni comunista. Cristiano-liberal moderado. Sí, esto último es lo que le gustaba más. ¿O era otra cosa a la que tenía temor de descubrir? La respuesta podía estar en que Rainer se movía siempre hacia el futuro. Mirar el futuro, hablar del presente, también, pero no de-cómo-habíamos-llegado-a-este-presente, sino: de-qué-nos-podía-servir-este-presente para el futuro. Una vez lo dijo: "mis amigos no tienen pasado. Nunca les pregunto qué fueron ni de dónde vienen". Pero allí se paró. Se dio cuenta de que estaba hablando demasiado, que se estaba descubriendo. Y sintió miedo. Aunque también un poco de vergüenza, como si estuviera renunciando a todo lo que le pertenecía. Por su cabeza pasó rápidamente la imagen de su madre.
Se sintió un poco solo en esas cenas después de las exhibiciones de la muestra, a pesar de gente que venía a sonreírle y que hacía tiempo no veía. Se hizo un leve interrogante de por qué no la había invitado a esa mujer, la ju..., la estudiante de cine recién recibida que se había presentado esa semana en su oficina. ¿Por qué se preguntaba eso, si apenas la conocía?
Pero todo pasó muy rápido. Hasta ese último almuerzo. Cuando vino un ex funcionario de cine, un franquista de los viejos. Allí Rainer se confrontó otra vez con su verdadera realidad. Un hombre ya cerca de los setenta. Todo el mundo lo saludaba al pasar. Le dijo: -¿Rainer Sturm? Yo soy Jesús Saldías. Desde que leí su nombre en la lista de huéspedes, el pasado año, tuve ganas de verlo. Pero se me escapó, usted se fue muy pronto. Y ahora me dije: tengo que verlo, para sacarme una duda. ¿Usted por casualidad no es el hijo de Otto Sturm?
Fue como una cachetada en frío. Como un porrazo que le hubiera movido toda la masa cerebral. Se quedó paralizado. Apenas movió los labios para negar.
-No -dijo.
El viejo franquista se quedó sorprendido. Casi como si hubiera adivinado la mentira.
-Pero, ¿cómo, usted no es nacido en Buenos Aires? Otto Sturm estuvo hasta el 39 en Buenos Aires. ¿Sabe a quién me refiero?
-Sí, tengo alguna idea, pero mi familia vivió en el campo, no tengo ningún parentesco.
No pudo disimular mucho. Lo dijo todo en forma nada convincente. Huidiza. Como preparando ya el levantarse de la silla e irse.
-Qué lástima. Yo estuve en la delegación de Serrano Suñer en Berlín, en los cuarenta. Y lo conocí a Otto Sturm. Era un hombre de las sombras, pero con mucho poder. Me llevó a su casa, en Dahlem. Estuve cenando allí. Me presentó a su familia. Tenía una esposa guapísima, germana pura. Me enamoré de ella a primera vista. Tenían dos chicos. Todavía me acuerdo sus nombres: la chavala, Erna; el niño, Rainer, como usted. Y fíjese qué casualidad. Tendría hoy más o menos su misma edad, unos 45 años.
-Yo acabo de cumplir 43 -respondió Rainer, mintiendo con rabia.
-Sí, claro, entonces estoy en un error. Qué lástima. Lástima, digo porque yo lo conocí mucho, la amistad siguió, con Otto. Tengo cartas de él, en castellano, nos escribimos hasta el 45. Y luego él vino, después de mayo, y yo lo refugié en mi casa, pero a la semana se fue y nunca más supe de él, me imagino que pudo escaparse a la Argentina, en aquel tiempo estaba Perón. Cosas de la época. Era un tipo fantástico, ese Otto, muy jovial. No me arrepiento de haberlo ayudado, y cuando me preguntan, lo digo, yo no lo niego, a pesar de las cosas que se cuentan de él.
Ese "yo no lo niego" significaba que el español se había dado cuenta de la mentira de Rainer.
Daba la impresión de que el español le largaba todas esas cosas a Rainer como un pescador que va cambiando de anzuelos con piques cada vez más atractivos. Rainer en un momento dudó. Pedirle disculpas y decirle: sí soy yo, el hijo. Cuénteme, cuénteme todo de mi padre, que estoy curioso, que no doy más por saberlo. Porque quiero saber la verdad de ese oscuro personaje del cual mi madre estuvo tan enamorada.
Pero se reprimió. Sólo sus ojos demostraban ansias. Su cuerpo estaba muerto, su corazón apenas funcionaba.
-No, no sé nada de eso -intentó explicar Rainer. Su balbuceo sonaba a descortesía. Así lo comprendió el señor Saldías. Sonriendo se levantó de la silla. Abrió los brazos y se disculpó.
-Bueno, lo veo muy ocupado. Perdone el equívoco. Pero es que quería saber más de Otto Sturm. Era un hombre íntegro, duro, pero exageran cuando lo culpan de tantas cosas...
Rainer tuvo ganas de llamarlo a gritos: "Venga, cuénteme, dígame la verdad. Sí, era mi padre, mi padre, ese hombre que sólo veía los domingos al mediodía y alguna que otra noche, en su uniforme. A quien sorprendí acariciando a mi madre. Los vi cómo se besaban. Mi madre lo besaba a él. Y dicen que durante la guerra fue el peor de los asesinos... lo llamaban Bluthund , perro sanguinario, el braco, el perro de presa". Lo de "perro sanguinario" lo habían traducido así una vez en un diario de la Argentina. Y Rainer lo adoptó para sí, porque le parecía que describía justo al personaje que había sido su padre, de acuerdo con todos los informes que había leído, siempre a escondidas, siempre cuando estaba solo.
Pero se retuvo. Lo siguió negando.
Habría tenido ganas de ir a una iglesia y pensar en Judas. Meterse en Judas para comprender por qué se prestó a vender su alma. Negaba a su padre por treinta dineros. Para ascender, para ser bien mirado por la intelectualidad de izquierda y los hombres socialdemócratas del gobierno berlinés (...).





