
Estrategias paupérrimas
Por Alvin y Heidi Toffler Para LA NACION
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LOS ANGELES
Se supone que la pobreza es la enemiga del hombre. Casi todos los gobiernos actuales dicen esforzarse por eliminarla en sus respectivos países y/o en el mundo. Miles de organizaciones no gubernamentales recaudan fondos para salvar a niños hambrientos, purificar el agua en las aldeas, llevar la medicina al campo, financiar pequeños emprendimientos y prestar a los pobres todo tipo de ayuda imaginable. La ONU, el Banco Mundial, el FMI, la FAO y otras agencias internacionales encargadas, al menos en parte, de combatir la pobreza, emiten resoluciones piadosas y le endilgan toda clase de calificativos.
En el período 1950-2000, los países ricos enviaron a los pobres más de un billón de dólares en concepto de ayuda o asistencia al desarrollo. Se encaró el problema en miles de reuniones y conferencias. Una legión de expertos volaron hasta comarcas remotas, a prestar ayuda técnica. Se desarrolló una formidable "industria asistencial", que hoy gira miles de millones de dólares. Sin embargo, casi 2700 millones de seres humanos (aproximadamente la mitad de la población mundial) todavía subsisten con el equivalente de dos dólares diarios, o menos.
Lo que verdaderamente sorprende, aparte del medio siglo de esfuerzos vanos por borrar la pobreza de la faz de la Tierra, es el éxito increíble que revelan estas cifras si invertimos la perspectiva. Supongamos que vivimos en el siglo XVII y nos invitan a viajar en el tiempo hasta el XXI. Al llegar, quizá quedemos atónitos al ver cómo vive la humanidad, no por su miseria, sino por su riqueza increíble. ¡Unos 3600 millones de personas viven por encima de la línea de pobreza!
Esto habría sido inconcebible 350 años atrás, en los albores de la era industrial, cuando la población del planeta era apenas la duodécima parte de la actual y casi todos vivían en la miseria. Según el historiador Fernand Braudel, en el área de Beauvais (Francia), cada año moría un tercio de la población infantil. Sólo un 60 por ciento llegaba a los quince años. En 1688, el marqués de Vauban todavía clasificaba al pueblo francés en un 10 por ciento rico, un 50 por ciento "muy pobre" y un 40 por ciento constituido por mendigos y "casi mendigos". Francia no era un caso único. Durante 10.000 años, apenas una pequeña fracción de la humanidad vivió por encima de la línea de pobreza.
Si pudimos poner fin a una miseria casi universal en sólo 350 años, ¿por qué no hemos podido terminar la tarea de eliminar la pobreza mundial? Sin duda, no ha sido por falta de objetivos y planes, manifiestos e informes de misiones. ¿No será porque, en realidad, no lo deseamos? Cabe preguntarse si un mundo sin pobreza no aterrará, quizás, a los que quieren mantener el actual equilibrio de poder global o regional. O a los ambientalistas que censuran el consumismo y temen que, inevitablemente, el progreso material haga insostenible el equilibro ecológico. O a los grupos religiosos que condenan la pobreza, pero ven amenazada la fe si nos centramos en cuestiones "materialistas". O a la mismísima industria asistencial, cuyo mercado se agotaría si hubiera menos pobreza por reducir.
Para algunos, el problema no es por qué no hemos ganado esta guerra, sino quién es el culpable. Y aparece la lista habitual de supuestos malvados: las multinacionales, los trilateralistas, el capitalismo amiguista, el capitalismo en general, la banca privada, los imperialistas, el hombre de Davos, la superpoblación, los jubilados, los políticos corruptos, etcétera.
No es nuestra intención restarle importancia a la pobreza absoluta, esa que cada año mata a más de 10 millones de niños de corta edad, mientras sus familias, generación tras generación, viven del cirujeo, acosadas por el hambre, las enfermedades y una muerte temprana. Pero ya es hora, quizá, de dejar de lado el cinismo, el sentimentalismo y las hipótesis obsoletas en que se basan tantas teorías económicas. Vivimos en un mundo nuevo, más cambiante que nunca. Muchas reglas sobre desarrollo propias de la era industrial han perdido vigencia (si alguna vez la tuvieron). Tenemos que comprender el impacto que causa, y seguirá causando, entre los pobres del mundo la aparición de un sistema generador de riqueza fundado en el conocimiento.
La cuestión va mucho más allá de la divisoria digital. En las naciones en transición del industrialismo al nuevo sistema, ¿cuántas empresas de baja tecnología se han trasladado ya a países pobres? ¿Cuántos puestos de trabajo provee esa transferencia? Sabemos que, si se miden con la vara del mundo rico, los salarios son ínfimos, los horarios excesivos y las condiciones de trabajo espantosas. Sin embargo, millones de campesinos emigran a las ciudades, desesperados por conseguirlos. Cuántos de esos puestos se perderían, si los activistas bienintencionados (y bien alimentados) del mundo rico triunfaran en su campaña por aumentar los salarios en los países pobres.
Las economías del mundo rico que avanzan aceleradamente ya han compensado, en gran parte, la pérdida de trabajo de sus obreros con un rápido aumento de los puestos para oficinistas y expertos en alta tecnología. Además, la situación de sus desocupados difícilmente pueda compararse con la indigencia abismal del mundo pobre. No obstante, aun en Estados Unidos, perder el trabajo puede ser una experiencia destructiva para el estado anímico, la identidad y la familia del desocupado, sobre todo entre las personas mayores de 45 o 50 años.
La transferencia de puestos fabriles a México, China y otras naciones coadyuvó a la industrialización de éstas, o sea, a que construyeran su sector de la Segunda Ola, mientras Estados Unidos se lanzaba a construir su sector del conocimiento, el más avanzado dentro de la Tercera Ola. Ahora, ese proceso de transferencia se ha expandido. Las economías de la Tercera Ola empiezan a buscar reemplazantes para sus trabajadores del conocimiento (programadores, analistas financieros, contadores) en India y otros países con salarios más bajos. De este modo, ayudan a que éstos den el salto hacia adelante en tecnología y administración de empresas. Claro que las tendencias no son eternas: al ir disminuyendo el porcentaje de mano de obra dentro de los costos generales de las industrias avanzadas, tal vez afloje la transferencia de empleos. Pero a esas alturas, la práctica ya habrá ayudado a poner en marcha el sector del conocimiento en países que aún no hayan completado (y, quizá, no necesitarán completar) su etapa de industrialización. Los economistas y planificadores de las naciones pobres tendrán que diferenciar, cada vez más, su sector industrial del nuevo sector del conocimiento y considerar las disparidades de costos y beneficios.
Otra cuestión estratégica no del todo comprendida es la redefinición del concepto de propiedad. Hernando De Soto ha subrayado admirablemente la importancia fundamental del derecho de propiedad en la reducción de la pobreza. Sin él, los pobres suelen quedar excluidos de la economía formal, con pocas esperanzas de poder fundar una pequeña empresa y escasos incentivos para mejorar las casuchas, construidas en tierras usurpadas.
Pero si, por un lado, es preciso formalizar el derecho de propiedad y extenderlo a los pobres, por el otro resulta cada vez más difícil proteger el derecho de propiedad intelectual, elemento medular de la economía del futuro.
Todos estos cambios traen fuertes consecuencias sociales, culturales, ambientales y de otros tipos que, en gran medida, se pasan por alto. Son apenas algunas de las circunstancias novedosas que exigen una rectificación drástica de los caminos para salir de la pobreza.
Alvin y Heidi Toffler son autores de La tercera ola , El choque del futuro , Creando una nueva civilización y Las guerras del futuro, entre otras obras .





