
Familias, más allá de la sangre
Señor sinay: ¿Qué construcciones se hacen a lo largo de la vida para que ya adultos ignoremos a nuestros propios hermanos? Es tema antiguo, se han visto –y se verán– familias separadas por una herencia, dinero, celos, competencias y rivalidades. ¿Impactan tanto estos factores como para borrar todo lo compartido: la niñez, los sueños, los padres, los hijos, las pérdidas y más? Conozco personas que llegan a la adultez con sus hermanos. Se aman, se cuidan, se respetan, se consultan, construyen un vínculo sólido que les permite tener la misma mirada hacia los padres. Otras, inmersas en la cultura del tener, en la búsqueda de dinero, estatus o frivolidades, traicionan, esconden, calumnian, difaman y atentan con las peores armas contra sus hermanos. Ignoran a sus padres que, ancianos, ya no les son funcionales y olvidan todo el amor que se les dio. ¿Cómo se llega a esto?
Patricia S. Di Paola, ItuzaingO, Buenos Aires
Basta con haber nacido bajo el mismo techo o compartir la sangre para establecer y mantener un vínculo de amor filial, maternal, paternal, fraternal? Solemos creer que sí, pero el planteo de nuestra amiga Patricia, aunque duela admitirlo, refleja una realidad cierta y extendida. Los lazos de sangre son, en principio, un dato genético, el tendido de un oleoducto que facilitará el flujo del combustible amoroso siempre y cuando nos encarguemos de que este exista y circule. "Las personas que viven en familia siempre creen que se conocen", decía Virginia Satir (1916-1988), numen de la terapia familiar, en su libro Peoplemaking. "Y he llegado a la conclusión de que quienes piensan de esta manera tienen más posibilidades de ser perfectos desconocidos entre sí". Esto ocurre cuando miramos más a los roles (padre, hermano, hijo) y a lo que supuestamente conllevan, que a las personas. Este abismo se salva si cada miembro de la familia dedica tiempo y atención a conocer a los demás como personas, no como roles, apuntaba Satir. Conocer, aceptar, comunicarse son pasos esenciales de la construcción afectiva.
En mi opinión, una familia es un espacio amoroso, una red de contención e impulso y un tejido cooperativo en el que las personas se aceptan por lo que son (no por lo que hacen o por las expectativas o exigencias a las que responden) mientras se dan mutuamente el apoyo y las condiciones para que cada uno pueda desarrollar sus potencialidades, manifestarse como un ser autónomo y profundizar la búsqueda y el conocimiento de aquello que da sentido a su vida. En esta definición la consanguinidad no es un dato fundante. Ayuda, genera una primera y necesaria proximidad, pero no nos libera de nuestra responsabilidad en cuanto a los actos afectivos con los que daremos entidad a ese espacio. Mientras tanto, podemos pertenecer a familias de amigos, colegas o compañeros de búsquedas existenciales. La condición es que respondan a las características antes anunciadas. Si es así, seguramente nos nutrirán, se enriquecerán con nuestra presencia activa y, dado el caso, aliviarán los dolores que a veces nuestras familias de origen provocan en su conjunto o a través de algunos miembros.
Un antiguo dicho sostiene que nadie elige a la familia en la que nace. Pero, sin duda, puede escoger a aquella en la que vive. Porque lo cierto es que, según escribe Elisabeth Roudinesco, historiadora del psicoanálisis, en La familia en desorden: "los hombres, las mujeres y los niños de todas las edades, todas las orientaciones sexuales y todas las condiciones, aman, sueñan y desean una familia". Los humanos florecemos en espacios compartidos, regados por el reconocimiento y el amor. Es cierto que muchos creen poder prescindir de esto o, peor, usarlo y descartarlo. ¿Cómo se llega al desamor y al desagradecimiento en la familia?, pregunta Patricia. Difícil decirlo en general, puesto que cada familia es un mundo. Aunque seguramente es a través de un largo camino de cosas no dichas, de secretos bien ocultos, de sutiles ignorancias, manipulaciones y descalificaciones. En La felicidad en la familia, dice la terapeuta Elisabeth Lukas, discípula de Viktor Frankl, que tiempo, respeto y gratitud son las tres joyas que se pueden regalar los miembros de una familia. Cuando así ocurre, ésta cumple su función, cobija a seres autónomos e íntegros. Pero la búsqueda egoísta de riquezas, estatus, poder y relaciones va en contra de este ejercicio. Las familias que llegan a la adultez brindándose reconocimiento, amor, solidaridad, cuidado y mutua atención, con seguridad no se han olvidado de hacer circular aquellos tres obsequios. Sin duda fueron pródigas en ellos.
El autor responde cada domingo en esta página inquietudes y reflexiones sobre cuestiones relacionadas con nuestra manera de vivir, de vincularnos y de afrontar hoy los temas existenciales. Se solicita no exceder los 1000 caracteres.






