
Favaloro y los liliputienses
Por Abel Posse Para LA NACION
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Tres situaciones emblemáticas, como hoy se dice. Tres hartazgos. Tres gigantes abatidos: Lugones, por la cultura; Favaloro, por la ciencia; Lisandro de la Torre, por el infierno de la corrupción política. En los tres casos la conmoción nacional fue mayúscula. Los liliputienses quedaron perplejos. Como anotó Sartre, las ratas se acercan al león cuando está muerto.
Una "muerte grande" (como escribiría Rilke) se produce desde una vida grande. La aniquilación, el fracaso, se subliman en inmolación de advertencia, casi en convocatoria al imprescindible cambio.
Un meteorito de materia moral
Ocurren estas cosas en el país que teniendo todos los dones y posibilidades prefiere aniquilarse a sí mismo en la corrupción y la subcultura. Para Leopoldo Lugones fue ver que la hora de la espada naufragaba en la picana eléctrica. Para René Favaloro, comprender que había perdido la apuesta de su heroica fundación en el laberinto de los liliputienses. Para De la Torre, aprender que la corrupción podía más que la moral republicana.
El golpe es grande, el país se siente sacudido. Algo abnorme (como latinizan los italianos) y profundamente injusto sucedió y nos deja perplejos: el justo tuvo que abandonar el combate. El país desopilante y cascabelero se acalla en breve estupor. El cotorreo audiovisual cotidiano vende una noticia que en realidad lo enmudece y acusa. No se trata hoy del "escrache" infame o de la módica masacre suburbana, ni del insistente idiotismo del tradicional Boca-River. Tampoco es el insulto del supremo pelotari al Papa (que ignora que la Iglesia está dando dos millones de comidas diarias en la Argentina, contra ninguna, que sepamos, del millonario del balón).
El automagnicidio de Favaloro tampoco sirve para continuar la reciente epifanía del dios cuartetero con su altar de latas de cerveza abolladas al borde de la autopista nacional...
Este hecho nos sacude como un meteorito de pura materia moral que cruza el cielo de la patria locutora, de la farándula triste y de los políticos abrumados por la falta de coraje e imaginación.
Durante unas horas la Argentina se detuvo ante el espejo de su estupidez, de su banalidad. Ante su realidad de país no serio, cada vez más alejado del mundo y del entorno de nuestra América.
Es el país que confunde libertad con permisividad e indisciplina. Confunde autoridad con autoritarismo y pedagogía con represión. Cree que las garantías constitucionales de libertad de expresión se establecieron para degenerar el habla colectiva y para garantizar exhibiciones obscenas del nivel de una fiesta de fin de año de chicos.
Es el país desopilante donde cientos de chicas y chicos de catorce años están echados esperando turno para la discoteca, tomando cerveza del gollete a las tres de la mañana. (¿Dónde cree usted, señor padre, que su hija va a ser embarazada o violada? ¿Dónde cree usted, señor padre, que su hijo se va a iniciar en la droga?) En la Argentina pasan cosas raras. Nadie se inmola con semejante entusiasmo, usando razones y paralogismos, para desembocar en la autodestrucción.
Estamos aceptando el silencio, la hipocresía y la "neohabla" de George Orwell, en la que blanco era negro y sí era no.
Los terroristas de ayer se disimulan presentándose casi como el "brazo armado" de la democracia. Ahora son rigurosos censores televisivos de la moral republicana.
Necesidad de un viraje cultural
Estamos en el país desopilante donde el Estado busca desconocer las propias leyes que dictó. Es el país de la burocracia infinita, que no responde teléfonos, y donde el único trámite rápido es el que corre por el lado de la corrupción.
El sacrificio de Favaloro tiene que ver con esta Argentina que no quiere ser y que cree que lo que hace se hace en otras partes del mundo.
Es una Argentina degradada, caída de su sueño grande de trabajo, de honestidad, de seriedad. Creemos en la dimensión económica y política como solución de nuestros problemas. No nos damos cuenta de que se trata de una dimensión cultural, de una caída de valores y exigencias, y que la economía y la política chatas no son más que la expresión de una caída más profunda.
Favaloro mandó su última botella al mar. Les toca a los políticos recogerla y comprender que la Argentina necesita, con la mayor urgencia, iniciar un viraje de 180 grados. En la cultura, en la tecnología, en la dimensión espiritual del fervor nacional y patriótico, en la educación y en los medios de comunicación masiva, que no pueden deseducar e ir a contracultura.





