
Felicidad, tu huraño nombre
"El dinero proporciona felicidad, en efecto, pero sólo durante el período en el que uno trasborda de una vida de privaciones a una vida de halagos materiales. Luego, uno se acostumbra a la nueva vida y ese estado de gracia se desvanece", interpreta Ronald Inglehart, director del Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad de Michigan, Estados Unidos, y coautor del libro El bienestar subjetivo en las culturas , uno de cuyos capítulos discurre sobre qué cosas pueden proporcionar una felicidad más o menos duradera. El dinero, por lo visto, no atiende esa necesidad, lo cual es un consuelo para pobres.
En general, la vida moderna ha sido diseñada para que nadie, ni Bill Gates, se vuelva adicto a la dicha y dependiente de ella. Para los jóvenes enamorados, la más exultante felicidad puede estar representada por el tenue y frágil momento de los primeros arrumacos... Y, por cierto, un poema, un gol, quitarse los zapatos nuevos, un lomo a la pimienta, las benevolencias de la fe o la noticia de que mamá está fuera de peligro prodigan una felicidad tan enorme como fatalmente pasajera. La brújula de la vida apunta siempre a la zozobra y a la mala sangre.
Según Inglehart, aunque la vida ofrezca felicidad por cuentagotas, lo que realmente importa es alentar la certeza de que algunas dosis nos están reservadas. En uno de sus cuentos, Anton Chejov puso esta frase en boca de un mendigo filósofo: "La felicidad plena no existe. Lo que sí existe es la ilusión de alcanzarla". Y Borges se confesó culpable "del peor de los pecados", el de no haber sido feliz, aunque luego, arrepentido, aceptó el convite del español Joaquín Bartrina, hace más de cien años: "Si quieres ser feliz, como dices, / ¡no analices, muchacho, no analices!"
El secreto inescrutable
"La felicidad escamotea sus secretos", escribió Marcos Aguinis en estas mismas páginas, y eso es tan cierto como que la naturaleza fugaz de la dicha constituye un estigma exclusivo de la condición humana. El gato, por ejemplo, no sufre perturbaciones psicosomáticas en tanto no lo acorrale un doberman, y la cucaracha ignora lo que es el estrés hasta que presiente el zapatillazo. En cambio, desde los tiempos del desalojo del Edén, la dicha plena es una perpetua añoranza de la especie humana.
Inglehart señala que los poderes públicos y los altos mandos del empresariado deben tener en cuenta que todo hombre menesteroso, que por falta de oportunidades se ve impedido de solventar sus necesidades básicas, tarde o temprano se reconocerá pecador del peor de los pecados e injustamente marginado de un sorteo cuyo único premio adjudica instantes de felicidad. Así, mientras se suceden los impuestazos, recrudece el desempleo y prospera el delito, quienes tienen capacidad de decisión sobre vidas empobrecidas y flacas haciendas deben, necesariamente, administrar fundamentadas razones de que el desasosiego tiene los días contados. Que los sacrificios nunca son absolutamente ingratos cuando late la esperanza de que alguna vez dejarán de sufrirse.
Mantener el aliento de esa esperanza es tarea de políticos y empresarios. La sartén por el mango es apenas un transitorio símbolo de plenipotencia, pero no concede felicidad para siempre.





