“Finlandizarse”, la salida menos traumática para Ucrania

Luís Bassets
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15 de junio de 2014  

MADRID.- Finlandia es el modelo. Un país que pudo mantener sus libertades y su soberanía internas, pero se vio obligado a limitar su margen de acción exterior durante más de 40 años.

Todo país rodeado de enemigos de mayor tamaño sólo tiene dos opciones para sobrevivir: la actitud beligerante más extrema o una astuta política de pactos y equilibrios. Si Israel es el ejemplo de supervivencia belicista, Finlandia durante la Guerra Fría es un buen ejemplo de la segunda.

Quien definió estas ideas fue el politólogo norteamericano de origen alemán Hans Morgenthau (1904-1980), considerado el fundador de la escuela realista en las relaciones internacionales.

El modelo finlandés, como adaptación realista a un contexto internacional hostil, fue considerado una forma de apaciguamiento y de rendición ante la Unión Soviética por los políticos y politólogos idealistas, normalmente los guerreros fríos más intransigentes.

Ahora Obama ha propuesto a Polonia como modelo para la transición en Ucrania, pero la idea que planea sobre todas las cancillerías es la de Finlandia, sugerida al inicio de esta crisis por dos realistas como Zbigniew Brzezinski, que fue consejero nacional de Seguridad del presidente Carter, y Brent Scowcroft, que tuvo idéntico cargo con los presidentes Ford y Bush padre.

Al igual que en la Guerra Fría, la finlandización de Ucrania tiene el regusto amargo de una cesión colosal ante Putin, pero no hay ni un solo signo en favor de una política distinta, que conduzca a la devolución de Crimea y a la retirada de los combatientes irregulares prorrusos de las regiones orientales fronterizas con Rusia.

Al contrario, se enquistan las zonas de fricción bélica y el nuevo poder ucraniano ya legitimado por unas elecciones no consigue hacerse con el control del país.

Probablemente sólo una negociación directa entre Kiev y Moscú puede conducir a la retirada de los paramilitares prorrusos que se infiltran por la frontera con la complicidad de las autoridades rusas y de sus servicios secretos.

El nuevo presidente electo, Petro Poroshenko, sabe que su país no está cubierto por el paraguas de la OTAN. También sabe que los intereses occidentales, fundamentalmente europeos, fomentan la finlandización, de forma que ni Cameron entregará a la City con sus oligarcas, ni Hollande renunciará a sus contratos militares con Moscú, ni Merkel se resignará a que toda Europa Central se quede sin calefacción el próximo invierno.

En su mano está, por tanto, negociar con inteligencia una finlandización lo menos dolorosa posible, que le permita recuperar al menos todas las regiones orientales, aunque no sea posible con Crimea, y que le garantice la libertad y la soberanía internas, aunque tenga que renunciar de momento al ingreso en la UE y en la OTAN.

Así no habrá Guerra Fría, aunque sí habrá una Finlandia del siglo XXI entre la Rusia de Putin y la Alianza Atlántica.

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