
Fracasos cocinados a fuego lento

Existe una manía mileísta y consiste en creer que las acciones no tienen consecuencias ni estimulan reacciones. Una decisión impolítica y temeraria colocó al Gobierno en una situación perdidosa cuando debió retirar dos capítulos, el principal referido a la venta de tierras a extranjeros, del proyecto de ley sobre la inviolabilidad de la propiedad privada. El capricho de Javier Milei de incursionar en las elecciones brasileñas llevó al borde de la ruptura la relación con el vecino más importante del país, que es también su principal socio comercial. Y un hecho electoral pasó inadvertido en los últimos días por el fárrago de confusiones en el que chapotearon los líderes del partido gobernante. Ocurrió en Santiago del Estero el pasado domingo y ahí, en el norte profundo, La Libertad Avanza sufrió un resultado desastroso en elecciones comunales, que ganó ampliamente un caudillo, Gerardo Zamora, que es una mezcla del viejo juarismo santiagueño y del kirchnerismo santacruceño. Lo peor.

El parcial fracaso en el Senado del proyecto sobre la propiedad privada no fue culpa del ministro de Desregulación, Federico Sturzenegger, ni de la senadora Patricia Bullrich, lideresa del bloque libertario. La frustración se cocinó a fuego lento durante mucho tiempo y fue el resultado de órdenes y contraórdenes que llegaron de la Casa de Gobierno. Como al Presidente le es indiferente la aritmética parlamentaria y su jefe de Gabinete, Diego Santilli, es un profesional de la política que no suele mezclar lo posible con lo ideal, deben tener razón los que afirman que los vaivenes del oficialismo surgieron de la poderosa hermana de Milei, Karina. A principios del último julio, el mileísmo contaba con los votos necesarios (y también con más de los necesarios) para aprobar íntegramente el proyecto sobre la propiedad privada. Es un proyecto oportuno cuando el país viene de un largo período en el que se confundieron los bienes privados con los del Estado y en el que la seguridad jurídica tambaleó en el momento de hacer cumplir el mandato constitucional, que ordena proteger la propiedad privada.

El proyecto se aprobó, pero dos capítulos quedaron en el camino. Cada sesión del Senado debe tratar los proyectos que cuentan con la aprobación de las comisiones respectivas y que figuran en el orden del día, elaborado por la Comisión de Labor Parlamentaria que integran los presidentes de los bloques y, en el caso actual, la titular del Senado. En aquellos días inaugurales de julio, estaba prevista y negociada una sesión para que se tratara ese proyecto sobre la propiedad y se le diera acuerdo a una lista de 50 candidatos a jueces. En el listado de futuros magistrados no estaba Emilio Rosatti, hijo del presidente de la Corte Suprema, Horacio Rosatti. Llegó otra orden de la Casa de Gobierno: debía aprobarse el pliego de Rosatti hijo, seguramente para complacer a quien está en el más alto cargo de la Justicia. La oposición pidió que, en tal caso, se sometiera el tratamiento a una votación especial por no figurar en el orden del día; se requiere de los dos tercios de los votos para tratar en el recinto una cuestión no prevista ni acordada previamente. La oposición dialoguista le reclamó al Gobierno que no pidiera tanto, sobre todo porque Rosatti hijo tenía las condiciones necesarias para que su pliego fuera aprobado en una próxima sesión cuando se cumplieran todos los requisitos parlamentarios. No hubo caso. Se lo trataba o se lo trataba, mandó la instancia más concluyente del gobierno después del jefe del Estado. Los opositores amigables le hicieron saber al mileísmo que nunca todo es posible en política. Votarían el pliego no previsto del hijo de Rosatti en esa reunión, pero postergarían el tratamiento del proyecto sobre la propiedad privada. La oferta fue aceptada en, al menos, oficinas muy cercanas a Karina Milei. Lo que siguió fue lo que nunca debe suceder: se creó un clima en el que la aprobación total de ese proyecto era inviable. Un vaho nacionalista se acomodó en la sociedad argentina por los efectos del Mundial de fútbol, sobre todo después de que algunos futbolistas argentinos desplegaran una sábana con la leyenda “Las Malvinas son argentinas”, tras un partido ganado con Gran Bretaña. Lo que decía ese cartel es cierto, pero, como bien lo subrayó el director técnico de la selección argentina, Lionel Scaloni, solo se trataba de un partido de fútbol. Las banderas argentinas flamearon en balcones y automóviles. ¿Qué argentino podía ser menos nacionalista que sus jugadores de fútbol, campeones del mundo hasta hacía pocos días y ahora subcampeones? Los gobernadores más cercanos enviaron urgentes mensajes a la Casa de Gobierno: ese capítulo sobre la venta de tierras a extranjeros era muy impopular en las provincias y sus propios senadores eran reacios a votarlo y correr el riesgo del descrédito. Bullrich vio entonces cómo caían los votos a favor de ampliar el territorio en propiedad de extranjeros. Se apartaba ese capítulo o se perdía el proyecto íntegro. El oficialismo decidió entonces dejar caer el capítulo y aprobar el resto del proyecto. El daño autoinfligido se había consumado.
Los caprichos siempre tienen un precio
En el medio de ese ya desgastante debate surgió otro debate. Refería a la venta de tierras a extranjeros en las fronteras del país. La abanderada para proteger las fronteras de eventuales ventas fue Elisa Carrió, quien advirtió que esas tierras podrían caer en manos de narcotraficantes o de otros países, que quedarían en condiciones de encoger la soberanía territorial argentina. Carrió aclaró que ella estaba de acuerdo con la venta de tierras a extranjeros dentro del país, incluso por encima del cupo que el Gobierno había acordado con la oposición dialoguista (hasta el 25 por ciento), pero no con la venta de tierras fronterizas. El clima era cada vez más hostil. Carrió habló hasta con la propia Bullrich para explicarle su posición; ellas fueron aliadas de una misma coalición en alguna etapa de sus vidas políticas. Ahora sobresale la lejanía entre las dos, pero pueden hablar. Son, al fin y al cabo, dos políticas. Los caprichos tienen siempre un precio. El capricho inicial de la cresta del mileísmo le hizo perder al partido gobernante la oportunidad y la votación. Lo que comenzó siendo el proyecto de ley sobre la inviolabilidad de la propiedad privada terminó llamándose el proyecto de venta de tierras a extranjeros. Y, para peor, en un contexto en el que la argentinidad alcanzaba uno de sus vértices más cimeros. La política está atestada de límites; el deber de los políticos es evitarlos, no buscarlos.
La política está atestada de límites; el deber de los políticos es evitarlos, no buscarlos
Sin embargo, cruzaron otro límite vedado. La única política exterior que le interesa a Milei es llevarse bien con Donald Trump, el caótico presidente norteamericano. Por eso, no puede ser casual que el presidente argentino haya insultado, agraviado y calumniado varias veces en tiempos recientes al mandatario brasileño, Lula da Silva, en los mismos días en que el jefe de la Casa Blanca canceló la visa de la embajadora de Brasil en Washington, Maria Luiza Viotti. Fue, desde ya, un destrato sin fundamentos a una reconocida diplomática brasileña; Viotti vive sin problemas en los Estados Unidos desde hace casi diez años. Antes de ser embajadora de su país, fue desde 2017 jefa de gabinete del secretario general de las Naciones Unidas, António Guterres, en Nueva York. Trump es el líder de una corriente mundial que aspira a instalar cierta ideología en todas parte, pero sobre todo en América Latina, y Milei es su aliado más obediente o su mejor alumno en esos trámites. La orden de retirar de Buenos Aires al embajador brasileño, Julio Bitelli, fue una decisión personal de Lula, como el pedido al embajador argentino en Brasilia, Daniel Raimondi, de que se fuera de Brasil. Raimondi finalmente pidió licencia por vacaciones y Bitelli no regresará a la Argentina. El canciller brasileño, Mauro Vieira, que fue embajador de su país en Buenos Aires durante varios años, es un diplomático que nunca hubiera llegado a tanto, más que nada porque conoce a los personajes argentinos y no le debe dar tanta importancia a Milei. Además, Brasil se ha cuidado históricamente de no provocar graves fricciones con los países con los que comparte sus amplias fronteras. Pero esta vez las emociones se colocaron por encima de la geopolítica. Ocurrió que Lula fue ofendido personalmente por un presidente de otro país; Milei lo llamó “ladrón”, “presidiario”, “corrupto” y “comunista”. El mandatario brasileño ha sido siempre consciente del lugar institucional que ocupa como líder del país más importante de América latina. El canciller argentino, Pablo Quirno, señaló que las diferencias ideológicas no deberían afectar los vínculos entre los Estados. Se equivoca: Milei no habló de diferencias ideológicas o habló muy por encima de tales desacuerdos; al contrario, puso especial énfasis en el escarnio personal al presidente de otro país. ¿Solo porque no piensa como él? Difícil, si no imposible. Tampoco fue porque creyera, junto con Trump, que los Estado Unidos deben expulsar a China de América latina; en esos mismos días, Milei firmó con los jerarcas chinos la prórroga del viejo swap por unos 20.000 millones de dólares, que se contabilizan como reservas del Banco Central. Milei se ufana del nivel de esas reservas.
Trump pasa como un rayo del enojo al acuerdo
El núcleo central del problema es que dentro de pocos meses habrá decisivas elecciones en Brasil y en los Estados Unidos. Primero estarán las de Brasil, que concluirán seguramente con un balotaje el 25 de octubre, y en las que Lula se jugará su reelección. Siendo él candidato, el actual presidente brasileño no perdió nunca un balotaje. Si Lula fuera reelecto, Trump no tendrá problemas en restablecer rápidamente la relación con él; ya lo ha hecho otras veces. Trump pasa como un rayo del enojo al acuerdo. Pero todo le será más difícil a Milei porque la Argentina no es una potencia como los Estados Unidos y su comercio depende de Brasil más que Washington. Además, Trump cometió arbitrarios actos diplomáticos, pero no ofendió a la persona de Lula. Y eso que el líder norteamericano es un hombre también predispuesto a las diatribas ligeras. Ocho días después de la segunda vuelta brasileña, el martes 3 de noviembre, se realizarán en los Estados Unidos las elecciones legislativas de mitad de mandato. La encuestas advierten por ahora que a Trump lo aguarda el fracaso en esos comicios. Una mezcla de Trump perdedor y de Lula ganador marcará una pésima contingencia para Milei. Los resultados podrían ser otros. Quién lo sabe. Son elecciones, pero la apuesta es muy arriesgada. Los industriales argentinos deslizan en voz baja su intensa preocupación por el deterioro de la relación con Brasil; el gigante latinoamericano es el principal destino de las exportaciones manufactureras argentinas. “La industria automotriz argentina depende de la relación con Brasil, por ejemplo”, señaló un dirigente industrial. “Milei no imaginó nunca que Lula reaccionaría cómo reaccionó. Otras veces había hecho lo mismo y no pasó nada”, explica, y trata de justificar, un importante funcionario argentino.
El torbellino de tantos desbarajustes eclipsó lo que sucedió el domingo último en Santiago del Estero. El políticamente incalificable Gerardo Zamora, que aprendió los vicios del juarismo para eternizarse en el poder, arrasó en los 26 municipios de su provincia con número de elecciones cubanas: ganó todas las intendencias por cerca del 70 por ciento de los votos. La Libertad Avanza, también dirigida por Karina Milei, optó por concurrir a esos comicios sin aliados. Sacó solo el 8 por ciento de los votos en toda la provincia; en algunos municipios se redujo solo al 3 o al 4 por ciento del electorado. Muchos aliados potenciales quedaron en el camino porque ella cree (¿creía?) que con el partido de su hermano basta y sobra para ganar elecciones. Esa es su diferencia fundamental con el asesor Santiago Caputo, que propone una coalición lo más amplia posible para enfrentar las elecciones presidenciales del próximo año. La primera experiencia del calendario electoral que concluirá en 2027 mostró la insuficiencia del partido libertario sin aliados. Perdió jugando al solitario.





