Francis Bacon y el soborno patriótico

Por Mario del Carril Para La Nación
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24 de octubre de 2000  

WASHINGTON.- LA corrupción en el Estado, en cualquiera de sus ramas (judicial, legislativa o aun ejecutiva), que indigna a muchos argentinos, no produce el mismo efecto sobre algunos espíritus sofisticados, y hasta bien intencionados, que la consideran un mal necesario en nuestro país para hacer el bien. Esa posición no se ventila con frecuencia porque es, obviamente, políticamente incorrecta, pero pesa en el momento de tomar decisiones.

Francis Bacon, uno de los primeros filósofos de la ciencia de los tiempos modernos y lord chancellor (primer ministro) del rey Jacobo I de Inglaterra y VI de Escocia, se defendió, en 1621, de haber sido sobornado al atribuir concesiones monopólicas de la corona. En esa oportunidad dijo, para defenderse, que había aceptado sobornos de todos los interesados, pero que esos sobornos no habían influido en sus dictámenes, guiados por el bienestar del reino, y que los había aceptado solamente para adecuarse a los usos y costumbres de la época.

Los argumentos de Bacon, que entonces estaba a cargo del Parlamento, no persuadieron al jurado, que lo mandó por un tiempo preso a la Torre de Londres y acabó así con su carrera política. Este resultado no fue bueno para la dinastía de los Estuardo, que sufrió serios inconvenientes en el siglo XVII y a la que le hacían falta colaboradores eficientes, eficaces e inteligentes como Bacon. Pero fue un resultado que benefició a la historia del pensamiento, porque Bacon tuvo más tiempo para escribir sobre sus estudios y experimentos.

Según el modo de proceder en política que llamaremos baconiano, la corrupción es un mal endémico de una sociedad, que se puede utilizar para hacer el bien. Si los buenos no la utilizan, la usarán los malos para el perjuicio de todos. Por lo tanto, es a veces socialmente responsable, y hasta patriótico, ejercer la corrupción sin ser corrupto.

Hay quienes admiten que el gobierno de Carlos Menem toleró la corrupción y admiran las reformas económicas de ese gobierno. Pero cuando esta actitud relativista se transforma en tolerancia activa de la corrupción, se abre la puerta para el modus operandi político de Francis Bacon, con todas sus ventajas y sus inconvenientes.

Al margen de la ley

Los baconianos no son necesariamente corruptos. Con su ética de la responsabilidad, no aprueban fomentar la corrupción para obtener una ventaja personal. Sólo aprueban la corrupción con un encogimiento de hombros y este comentario: "¿Qué quieres? Éste es el país que tenemos y así debemos obrar para conseguir las cosas que la comunidad necesita".

Así, cuando el Senado aprueba legislación que hace la Argentina más atractiva para la inversión, aun si esas leyes se aprueban con la ayuda de sobornos, lo más prudente, práctico y responsable -piensan los baconianos- es aceptar el hecho sin chistar.

Siempre es tentador hacer "por la zurda" cosas buenas para la comunidad, que suelen ser difíciles de realizar. El filósofo Carlos S. Nino, que murió hace pocos años, escribió sobre este tema un pequeño gran libro titulado Un país al margen de la ley . Nino afirma que la anomia social y la desesperanza argentinas son el resultado de aceptar que se viva, cotidianamente, al margen de la ley, en el campo de las grandes decisiones y también en conductas particulares, desde la evasión fiscal hasta el desprecio de ciertas normas al cruzar la calle, tirar un papel en la vereda o manejar un auto.

Nino piensa que existe una extraña ceguera en científicos sociales que se resisten a ver cómo esta anomia explica por qué hay subdesarrollo y autoritarismo. Esa ceguera resulta de la difusión del marxismo vulgar en las capas educadas de nuestra sociedad. Los lugares comunes de este pensamiento reduccionista penetran hasta en la ideología del capitalismo contemporáneo, que subestima las normas, las leyes y por último la moral, por considerlas epifenómenos maleables por las realidades sociales y económicas de los mercados, temas secundarios que se encaran con prioridad sobre las reformas económicas.

En la década del 30 se usó el fraude "patriótico" para ganar elecciones. Esta práctica contribuyó a la anomia argentina y tuvo consecuencias políticas de largo alcance.

En Venezuela, se vive hoy la realidad del fracaso de los dos partidos políticos tradicionales, que no pudieron con la corrupción. El actual presidente de Venezuela, Hugo Chávez, cuya popularidad se basa en ser visto como el representante de la reacción popular venezolana contra la corrupción, declaró hace unos días a The Washington Post : "Estamos en medio de un proceso de cambio, dando nacimiento a un nuevo sistema político, porque la democracia representativa no es realmente buena para nosotros. Por eso fracasó completamente en el pasado. Los dirigentes de los partidos traicionaron al pueblo".

En la Argentina, si los partidos políticos que gobiernan y los que están en la oposición no combaten la corrupción en serio dentro de las estructuras de la democracia representativa, para reformarlas efectivamente, va a llegar sin duda un futuro Chávez.

El soborno en el Congreso destruye el fundamento de la democracia representativa como la destruye el fraude electoral. Cuando se roban elecciones, se desvirtúa el mecanismo por el cual se eligen los representantes del pueblo, pero cuando se soborna al legislador, o al juez, se prostituye el acto mismo de representar.

Hace una década que el argentino vive desmoralizado por el desempleo, la inseguridad y la impunidad de la corrupción. Estos fenómenos se han agravado con las reformas económicas, pero no están ligados intrínsecamente a ellas. La promesa del gobierno de la Alianza es que se puede continuar en el camino de la reforma, profundizarlo, mejorarlo y hacer llegar por ese camino beneficios para la mayoría de los argentinos y no sólo para unos pocos, con la ley y gracias a la ley, no al margen de la ley. Para la Alianza, las leyes y la moral no son epifenómenos.

Para gobernar bien

Algunos creen que con atraer capital al país, sea cual fuere su origen, todo lo demás (corrupción, desempleo, reactivación) se resuelve como cuando el sol quema la neblina a las diez de la mañana. Este modo de pensar no es original. Es justamente el resultado de ese reduccionismo -referido por Nino- que subestima las normas y la moral de una sociedad como si fueran la espuma de la realidad. Este mismo modo de pensar llevó a los gruesos y trágicos errores del programa de reformas en Rusia, que en la década del 90 quedó convertido en algo hueco por la corrupción.

Aunque entre dinero en un país, la corrupción no se reduce por acto de magia. No se redujo en la época de la "plata dulce" de Martínez de Hoz y tampoco se redujo en la época menemista con la plata de las grandes privatizaciones. Uno de los artífices de esas privatizaciones y de las reformas, Domingo Cavallo, fue sensible a los efectos nocivos de la corrupción, la denunció y se fue honradamente del menemismo. Si hoy no se lucha contra la corrupción en el Estado, tampoco se luchará contra ella en una futura reactivación de la economía.

El problema de la corrupción no es un derivado o un síntoma del subdesarrollo, que se eliminaría con la inversión. La corrupción es el subdesarrollo. Cada vez que llega una ola de inversiones se piensa que por fin somos el Primer Mundo, mientras la corrupción mantiene las estructuras del país firmemente ancladas en el Tercero y muchos beneficios de las inversiones se pierden.

El líder de una alianza política que se constituyó para luchar contra la corrupción, el subdesarrollo y el atraso no puede ser visto dando largas a esa lucha y descomprimiendo el tema de los sobornos, ni siquiera por razones tácticas. El líder de la Alianza está para combatir la corrupción. Que sea a su manera, con sus tiempos, pero su puesto de lucha tiene que definirse con actos claros y eficaces al frente de la alianza política que ayudó a crear y que lo encumbró. De esta manera se reduce la desesperanza y la anomia y se mejora la confianza del país y en el país; así se dará impulso a la inversión conquistando una mejor y más auténtica imagen del país en el exterior. Para gobernar bien en estos tiempos, no basta ser considerado aburrido, honesto y prudente: hace falta la acción que ahora se está realizando.

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