
Frente a una tumba en Ginebra
Por Orlando Barone
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GINEBRA.- Me gustaría haber usado sombrero para sacármelo y con él en la mano hacer una ceremonia. Me gustaría no haber tenido el pensamiento de que después de dieciocho años la materia de un muerto ya se debe de haber escurrido sin dejar de él nada identificable. Me gustaría decirle a toda Suiza que éste que está aquí abajo es el muerto más grande de todos, incluyendo a Calvino. Cerca corre el río Ródano y también cerca dos argentinos con un bandoneón y un saxo tocan cada tarde en la calle tangos mediocres para oídos turísticos.
La tumba número 735, cavada en el lado oeste del cementerio de Plainpalais, en el número 19 de la Rue de Rois, de Ginebra, sólo indica el nombre del residente. Omite, acaso por obviedad, su oficio y más aún su gloria. A pasos de ahí, la tumba número 707 es de Jean Calvin, un muerto viejísimo de hace cinco siglos, fundador del protestantismo. Un balcón de uno de los tantos edificios que rodean el cementerio está colmado de juguetes, otro tiene en depósito el cartel ruinoso de un cabaret, y otro a una vecina que lee como si abajo se extendiera una plaza.
De las otras 499 tumbas de notables que allí yacen, la mayoría se distingue por citar en las lápidas la profesión o el cargo del difunto, sean estos estadistas, académicos o artistas, notables y reconocidos. Son los únicos a quienes se les concede el ingreso a ese espacio propiedad de la comuna. Los otros muertos de Ginebra se alinean o enciman como casi todos los muertos estándar, en el indiscriminado cementerio de Saint Georges, de 21 hectáreas. El de Plainpalais, donde está la tumba número 735 a que me refiero, ni siquiera llega a las tres. Es un cementerio a la medida humana de la muerte.
Se siente allí el despojamiento de una cultura sin pomposidad. Y hasta se puede sospechar que con lágrimas medidas para no vulnerar la estética. Los constructores de nuestra Recoleta aquí se quedarían sin trabajo. A esta tumba le basta anunciar en la piedra rústica un nombre, una fecha y una leyenda. Dice en letras grabadas: Jorge Luis Borges. 1899/1986. And ne Forthedon Va. Si se da la vuelta al modesto bloque de piedra de no más de un metro de altura, se lee en el reverso una enigmática y breve saga nórdica que Ulrica le dedica a Javier Otárola. Únicamente ciertos exploradores literarios podrían sospechar que estos dos nombres que responden a los personajes del cuento "Ulrica" involucran al propio Borges, semiescondido tras la identidad del profesor Otárola, y a una amada tal vez real que vivió largamente y hasta no hace mucho en España (pero esto es una sospecha, no una prueba). En su mayoría, las sepulturas del Cementerio de Plainpalais son montículos de plantas y juncos que ocupan y delinean la superficie o las dimensiones del ataúd o de un cuerpo, y rara vez lucen flores. Únicamente la tumba de Sergio Vieira de Mello, el representante de las Naciones Unidas muerto en un atentado en Irak, reboza de ramos multicolores. Mimetizada entre la hierba, expuesta a ser pisada por un visitante distraído, está la enmohecida tumba de Sofía, la hija de Fedor Dostoievsky, muerta hace casi dos siglos.
No sé si la felicidad ante una sepultura es un sentimiento inapropiado y aun inmerecido para el muerto, pero me sentí feliz ante la de Jorge Luis Borges. A unas cuadras, en el 28 de la Grand Rue, en plena ciudad antigua, está la casa donde alguna vez vivió. Una placa anuncia su estadía y transcribe en francés el deseo o la ilusión del antiguo habitante de encontrar la felicidad en Ginebra.
Otros argentinos tristemente famosos también buscan la felicidad en Suiza. Son los saqueadores que esconden su botín en cuentas vergonzosas. Están muertos sin haber sido enterrados.
Borges nos repara.





