
Fronteras permeables
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El mero sentido común indica que las fronteras de nuestro país deben estar abiertas -parafraseando el preámbulo constitucional- para todas las personas de buena voluntad que libremente quieran abandonar el territorio argentino o ingresar en él. Pero esa franquicia no justifica en modo alguno que dichas demarcaciones limítrofes carezcan por completo de controles o los tengan tan laxos que resulten ser permeables a la comisión de actividades delictivas.
Esa reflexión es inevitable tras tomar conocimiento de que dos menores desaparecidos hace varios meses y ahora felizmente restituidos a sus hogares fueron encontrados en territorio brasileño, al cual presuntamente llegaron sin portar documentación alguna y en compañía de un sujeto que no estaba unido a ellos por ningún lazo de parentesco.
Los niños, de 9 y 13 años, residentes en la localidad bonaerense de Don Torcuato, habían desaparecido el 2 de febrero último. Después de muchos días de infructuosas búsquedas, dos turistas denunciaron que los habían reconocido en Copacabana, Río de Janeiro, y personal de Interpol logró rescatarlos.
Es del todo inexplicable que ambos chiquillos hayan confesado, según se informó, que habían salido del país junto con un vendedor ambulante, quien se había ganado su confianza y la de sus respectivos padres. De acuerdo con la información que suministraron, habrían abandonado el territorio nacional por Paso de los Libres y en un automóvil de alquiler.
Aunque esa versión tuviere el condimento de alguna fantasía, sus circunstancias esenciales seguirían siendo muy inquietantes. ¿Ninguna autoridad se percató de las insólitas características de la peregrina excursion y de las de sus protagonistas? ¿Nadie se tomó el trabajo de identificarlos o requerir la autorización que deben poseer los menores de edad cuando no están en compañía de sus padres? ¿Ese hecho en particular podría estar relacionado con otras largamente denunciadas desapariciones de niños, adolescentes e incluso adultos?
No se trata de infundir alarmas sin fundamentos, sino de requerir que tengan plena vigencia elementales medidas preventivas y que sean cumplidas las disposiciones legales. Al fin y al cabo, las criaturas no llegaron al territorio del país hermano por arte de magia.
Convendría tener presente que las fronteras argentinas son extensas y, también, que en numerosos tramos lisa y llanamente están casi desprovistas de fiscalización. Si la irregularidad aquí comentada pudo haber ocurrido en un sitio bajo control, ¿qué queda para los parajes carecientes de vigilancia?
Una vez determinadas todas las circunstancias propias de ese episodio, será menester que las autoridades se preocupen por llevar adelante una exhaustiva investigación para determinar de manera fehaciente si se trató de un caso aislado o, tal vez, de un eslabón más de una cadena de hechos similares. Es inadmisible que las fronteras sean permeables, pues esa endeblez las convierte en zonas propicias para la comisión de diversos delitos -el narcotráfico, sin ir más lejos-, cuyas consecuencias están a la vista de todo el mundo y, sin duda, configuran una grave amenaza para el conjunto de la sociedad.





