Gabriel García Márquez, el periodista que escribía novelas
Pensaba el periodismo como un género literario sin que el periodista se prefigurara como un artista
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Decir que Gabriel García Márquez fue periodista y escritor podría hacer pensar que ejerció ambas ocupaciones en forma consecutiva. Narrador nato, toda su vida fue las dos cosas. Su producción periodística más intensa se desplegó en los años cincuenta, pero incluso en los noventa creó una escuela internacional de periodismo –la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano– y adquirió una revista –Cambio– con el objetivo de dirigirla, signos elocuentes de su interminable apego al oficio. Aparte de escribir tres libros de no ficción, a lo largo de su obra la literatura enriqueció al periodismo y el periodismo irrigó su literatura. "No van a encontrar en mis novelas algo que no tenga un anclaje en la realidad", dijo muchas veces.
Pensaba el periodismo como un género literario sin que el periodista se prefigurara como un artista. Sus propios orígenes fueron mixtos. Junto con los primeros cuentos ("La tercera resignación" se publicó en El Espectador en 1947) aparecieron en los diarios colombianos sus primeras notas.
Alex Grijelmo reprodujo en el diario El País, en 1998, el relato que había hecho García Márquez de su iniciación periodística en un taller para periodistas, en Cartagena de Indias. Un día se presentó en El Universal para hablar con Clemente Manuel Zabala. "Le expliqué que quería trabajar allí –recordó García Márquez–, y que había publicado dos cuentos en El Espectador, de Bogotá. Y resultó que él los había leído. Me dijo: ‘Siéntate y escribe una noticia’. Después la leyó y lo tachó todo, y fue escribiéndola él entre las líneas tachadas. En la segunda noticia volvió a repetir la misma operación. Las dos se publicaron sin firma, y yo pasé días estudiando por qué cambió cada cosa por otra, y cómo las escribió él. Después ya me fue tachando menos frases, hasta que un día ya no tachó más, y se supone que desde aquel momento yo ya era periodista". García Márquez también contó que en la redacción de El Universal había un lugar en el que se exponían subrayados los errores. "Se llamaba el muro de la infamia, y todos íbamos avergonzados a mirarlo".
García Márquez quizás merezca ser visto como el periodista que escribía novelas y el novelista que narraba historias reales
Tenía 19 años y era un mal estudiante de Derecho cuando publicó sus primeras notas editoriales, que al tiempo mutaron de género. "Fui subiendo poco a poco y con mucho trabajo por las escaleras de las diferentes secciones, hasta el máximo nivel de reportero raso", cuenta en "El mejor oficio del mundo", un texto magistral de apenas 2700 palabras que presentó en Los Ángeles en 1996, en la 52ª. Asamblea General de la Sociedad Interamericana de Prensa, hoy convertido en una especie de Evangelio en muchas carreras universitarias de periodismo. Allí evoca con cierta nostalgia el clima apasionado de los diarios de fines de los cuarenta. El reportero era el cargo más desvalido, tenía al mismo tiempo la connotación de aprendiz y cargaladrillos, dice, para desembocar en un atrayente compendio de opiniones, casi un dogma, sobre lo que debería ser un periodista. Describe a la lectura como una adicción laboral, reivindica la formación autodidacta, critica el concepto contemporáneo de ciencias de la comunicación, despotrica contra el uso del grabador, afirma que la creatividad y la práctica son las condiciones más importantes para un periodista y recuerda que la mejor noticia no es siempre la que se da primero, sino muchas veces la que se da mejor. Una sentencia que sus tres tomos de Obra periodística (Editorial Sudamericana) corroboran. También sostiene que la investigación no es una especialidad sino que todo el periodismo debe ser investigativo por definición y que la ética no es una condición ocasional sino que debe acompañar al periodismo como el zumbido al moscardón.
Muchos escritores fueron periodistas. Desde Ernest Hemingway, Graham Green, George Orwell y Mario Vargas Llosa hasta Roberto Arlt, Osvaldo Soriano, Rodolfo Walsh y Tomás Eloy Martínez, entre otros. Artífice superior del realismo mágico, García Márquez quizás merezca ser visto como el periodista que escribía novelas y el novelista que narraba historias reales.
En Vivir para contarla, que debía ser el primer tomo de su autobiografía y terminó siendo el único, habla de su vida en Barranquilla, donde la rutina periodística se intercalaba con la creación literaria y la tertulia con artistas e intelectuales. "Trabajaba por la mañana en la apacible redacción de El Heraldo, almorzaba como pudiera, cuando pudiera y donde pudiera, pero casi siempre invitado dentro del grupo por amigos buenos y políticos interesados. En la tarde escribía La Jirafa, mi nota diaria, y cualquier otro texto de ocasión". La Jirafa aparecía firmada con el seudónimo Séptimus, inspirado en un personaje de La señora Dalloway, de Virginia Woolf.
En 1954, cuando "Gabito" regresa a Bogotá, publica por entregas, como crónica, La marquesita de la Sierpe. Luego de haber ganado el concurso nacional de cuento con Un día después del sábado, en 1955 publicó su primera novela, La hojarasca. Por esos tiempos escribió para El Espectador las catorce crónicas que acabarían en el libro Relato de un náufrago. Los otros dos títulos plenamente originados en la realidad vendrían mucho después: La aventura de Miguel Lintín, clandestino en Chile (1986) y Noticia de un secuestro (1995).
Basadas en las conversaciones con un sobreviviente del hundimiento del destructor Caldas, Luis Alejandro Velasco, quien pasó diez días a la deriva en una balsa sin comer ni beber, las crónicas de García Márquez agotaban las ediciones de El Espectador. La última crónica reveló que las verdaderas razones del hundimiento del barco no habían sido meteorológicas, como dijera la Armada colombiana. Lo cual generó una controversia de dimensión nacional y enojó al gobierno con El Espectador. García Márquez fue enviado entonces al extranjero ("El Espectador envía redactor a Ginebra", decía el diario en primera página el 13 de julio de 1955, con la foto del periodista, de 28 años). Le tocó cubrir en Suiza la Conferencia de los Cuatro Grandes (Eisenower, Eden, Bulgarin y Aurioli). Más tarde se fue a Roma, donde estudió cine. Ya había incursionado en la crítica entre sus notas en los diarios de Colombia.
El devenir político de su país impactó en su suerte europea. Gustavo Rojas Pinilla, el único dictador que tuvo Colombia en el siglo XX, fomentó la creación de una prensa estatal y paraestatal subsidiada y clausuró varios diarios opositores, entre ellos El Espectador, lo cual le significó a García Márquez quedarse sin ingresos. Inauguró así un período de fuerte estrechez económica. Justamente estaba en París esperando con angustia los cheques del diario que nunca llegaban cuando tuvo su origen la novela El coronel no tiene quien le escriba.
Se dedicó a recorrer Europa del Este. Por razones políticas las crónicas de Checoslovaquia y Polonia sólo se pudieron publicar más tarde. El crítico francés Jacques Gilard, compilador de la obra periodística de García Márquez a la cual analizó con la meticulosidad de un arqueólogo, escribió que la estadía en Europa significó una nueva etapa en el periodismo de García Márquez, no sólo por su diferente actitud cultural sino por las condiciones de trabajo en un mundo mal conocido en el que no podía competir con las agencias internacionales. "La búsqueda del otro aspecto de la noticia es una constante de esa época", explicó Gilard. "García Márquez se interesa por detalles marginales y secundarios, detalles ‘humanos’; y es posible incluso que no desprovistos de ficción de arbitrariedad (…). Lo original es el truco de García Márquez que consiste en contar lo que le pasó a él, que es al mismo tiempo la historia de la historia, la noticia de la noticia. La anécdota personal y el segundo grado –dos formas de desmitificación de la noticia– caracterizan buena parte de los reportajes escritos en la época europea". Aunque en la Argentina se usa la palabra reportaje como sinónimo de entrevista, en casi toda Hispanoamérica es una historia que conjuga crónica, información e interpretación según el ojo personal del autor, tal el género prevaleciente en las narraciones periodísticas de García Márquez.
A menudo es controversial la frontera entre realidad y ficción en las piezas periodísticas de riqueza literaria. Gilard no pasa por alto el tema de las "exageraciones" de García Márquez o el de la "intervención de la imaginación" en algunas de sus crónicas, pero sólo la emprende con los discípulos, al observar la "sofocante omnipresencia de su ejemplo" en los reportajes de la prensa colombiana hasta fines de los setenta. Podría agregarse que cierta parte de la prensa argentina también mostró bastante más tarde una tendencia a la "garciamarquización", enriqueciendo los textos, almibarándolos o abusando de la imitación con resultados francamente empalagosos, según el caso. Sucedió entre mediados de los noventa y los primeros años de este siglo, época de auge de los talleres de la FNPI, en Cartagena de Indias, y de consonante reverencia al maestro en los cenáculos periodísticos latinoamericanos. Sin duda, se trataba de un privilegio pedagógico, reportado por muchos talleristas, cuando el propio García Márquez, saludable, se ponía al frente o se intercalaba en las sesiones.
Plasmada desde 1994 en la FNPI, su concepción periodística influyó también en el periodismo argentino a través de Javier Darío Restrepo, principal experto del grupo colombiano en materia de ética. En 2003 la fundación de García Márquez organizó en PROA, en la Boca, un seminario a cargo de Restrepo que daría origen a FOPEA (Foro de Periodismo Argentino), hoy una organización profesional de más de 300 periodistas.








