
Gardel y Tacuarembó, un nacimiento inventado
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Pensé en seguida en José Barcia, “Don Pepe” Barcia. Fue cuando leí ayer, con no poco estupor, en la versión digital de LA NACION, la información de que una escribana uruguaya había dicho haber hallado en el Folio 907 de un arrumbado bibliorato, en el Consulado de la República Oriental del Uruguay en Buenos Aires, la constancia de que Carlos Gardel había nacido en Tacuarembó, el 11 de diciembre de 1887. Surgía de una declaración espontánea atribuida al propio Gardel ante esa repartición en 1920.
¡Otra vez Tacuarembó, como en un obsesivo denuedo de Sísifo! Otra vez, a pesar de que existen constancias debidamente documentadas de que la madre, Berthe (Berta) Gardés, registró en Toulouse que el 11 de diciembre de 1890, donde ella vivía por entonces, había nacido su hijo, a quien dio los nombres de Charles Romuald Gardés.
Entre quienes conservan en archivo personal el testimonio obtenido en Toulouse de esa anotación oficial, figura Luis Alposta, médico porteño, poeta y discípulo de confianza de don Pepe Barcia.
Barcia había debutado en 1931 como cronista deportivo en LA NACION y, después de treinta años de desempeño en el vespertino Noticias Gráficas, donde fue desde jefe de Turf a director, volvió a nuestro diario para quedarse aquí hasta su fallecimiento, el 31 de diciembre de 1985. Barcia presidió la Academia Porteña del Lunfardo a partir de su fundación en 1982. Lo hizo por casi veinte años hasta que se alejó en 1981 por diferencias con alguno de los otros eruditos en el lenguaje popular de Buenos Aires.
Estar por años a diario en la pequeña sala de editorialistas de LA NACION, y en esa atmósfera en la que parecía haberse detenido el tiempo dentro del edificio de San Martin 344 inaugurado en 1885, fue una fiesta continua para el espíritu. Sobresalían entre esos muros, desde otra perspectiva solemnes, piezas destacadas en recuerdo de quienes habían poblado ese espacio en el pasado con personalidad gigantesca: una talla en madera de Rubén Darío, fechada en 1927, de un artista nicaragüense; un retrato del inolvidable Alberto Gerchunoff.
Con ojos y oídos de joven periodista atento a cualquier joya del conocimiento que pudiera emanar allí de los sucesores de aquellos maestros de la lengua que habitaban tan reducido lugar no perdía quien esto escribe nada de las voces y los gestos de dos eminentes compañeros de tareas. Menciono primero a Manuel Mujica Lainez, “Manucho”, porque la admiración que el autor de “Misteriosa Buenos Aires” expresaba por el segundo me releva con holgura de cualquier comentario entusiasta que pudiera hacer por mi cuenta, y lo haría de mil amores, sobre don Pepe Barcia.
El prestigioso miembro de número de la Academia Argentina de Letras se rendía ante la sapiencia, en órdenes múltiples del conocimiento y en dominio absoluto de los fenómenos populares que trascienden de la historia de una gran ciudad, de quien presidía la Academia Porteña del Lunfardo.
Solterón, y empedernido solterón como se decía antes, Barcia había entregado su vida al periodismo y a estudiar metódicamente los elementos y personajes que modelan el alma ciudadana. Autor de “Discepolín”, de “El Tiempo de Milonguita” y de un reconocido “Diccionario Hípico”, poseía una colección discográfica en la que no faltaba una sola de las 750 piezas grabadas por Carlos Gardel.
“El Morocho del Abasto” estaba, qué duda podía caber, en lo más alto del podio al que Barcia rendía tributo singular. Un escalón por debajo venía “Charlo”, y a continuación, Edmundo Rivero, su amigo. Por razones generacionales, Barcia había establecido relaciones con muchas de las gentes que habían rodeado a Gardel, comenzando, él, que había sido jefe de Turf de Noticias Gráficas, por Ireneo Leguisamo.
Barcia sabía sobre Gardel más de lo que nunca se atrevió a escribir, pero no ignoraba nada sobre las andanzas tantas veces complicadas, por llamarlas de algún modo, de aquel en la mocedad. En uno de los tantos entreveros en que se vio envuelto, Gardel recibió un tiro en el cuerpo.
Otros estudiosos destacados de la vida de quien ha sido acreedor en el mundo a innumerables sellos postales con su imagen tienen presente, como el doctor Pablo Taboada, las relaciones tan útiles, en trances difíciles de la vida, que Gardel mantuvo con los tres hermanos influyentes en el Abasto antes de que entrara a regir la ley Sáenz Peña: los hermanos José “Cielito”, Félix “Yiyo” y Constancio Traverso, jefe de la cofradía, y capo de un comité conservador.
Gardel comenzó a cantar en lugares públicos después de 1910, con abandono de Gardés, el apellido dado por su madre, y tomando en reemplazo el de su fama: Gardel, igual que el de un bailarín de la Ópera de París de mediados del siglo XVIII. Debutaría con obras criollas. La primera fue un estilo conocido con más de un nombre: “Sos mi tirador plateado” o “Tirador Plateado. El primer tango canción llegó en 1917 con “Mi noche triste” (“Percanta que me amuraste/ en lo mejor de mi vida/ dejándome el alma herida/ y espina en el corazón…”), con música de Samuel Castriota y letra de Pascual Contursi.
“Oiga, oiga”, insistía Barcia ante el fonógrafo. ¿Percibe la dificultad de Gardel para pronunciar la “r” rotunda del español (y del rioplatense) y que se desliza a una suerte de “n”? ¿Qué le dice eso?” En términos de lógica matemática eso dice que un crío que llega con la madre soltera de Francia a la temprana edad de tres años (1893), pero ya desde el balbuceo con una cultura musical de las palabras que esa madre seguirá afirmando por años en el hogar instalado en Buenos Aires, no podía hacer el milagro fonético de hablar y cantar en español exactamente como un nativo.
Junto con la enésima versión del supuesto nacimiento de Gardel en Tacuarembó se ha arriesgado la opinión de que al ídolo popular no se le conocían inclinaciones políticas. Sí, se le conocían. Gardel no habrá contado con un carnet de afiliación partidaria, pero sus amistades políticas más notorias fueron conservadoras, en cuyos comités actuaba con regular frecuencia. Lo sabían bien Adolfo Mujica, último caudillo conservador de la ciudad, o Alberto Barceló, el hombre fuerte en la provincia, y su famoso guardaespaldas y hampón, Juan Nicolás Ruggiero, “Ruggierito”, caído en su ley, de un disparo, en 1933.
Los verdaderos especialistas en Gardel saben que la fecha de 1887 atribuida a su nacimiento fue consecuencia del trámite fraguado en 1920 a fin de obtener el documento de identidad que se le había retaceado hasta entonces. Gardel logró a medias lo que se proponía. Le concedieron una cédula después de declarar que había nacido en 1887 en Tacuarembó, Uruguay, y perseveró hasta conseguir por entero lo que perseguía tres años más tarde, en 1923, en que dio iguales referencias contradictorias con el registro de su nacimiento en Toulouse.
Entre quienes aman la voz del “Zorzal Criollo” y hasta juran que hoy “canta mejor que nunca” se ha reflexionado con detenimiento sobre las razones íntimas de aquella declaración falsa que el propio Gardel desmentiría dos años antes de su muerte en el fatal accidente aéreo de Medellín, Colombia. Se conjetura así que las razones pudieron haber sido dos, como creía Barcia.
Una, evitar cualquier riesgo, en los viajes que haría a Europa, y en particular a Francia, que se tuviera en cuenta su condición de francés que había sido ajeno a la movilización producida por el alistamiento general en su país de origen a raíz de la Gran Guerra de 1914. Otra, preservarse, en el orden interno, de la derivación de situaciones de juventud que no habían hecho fácil la obtención del pasaporte argentino.
El 7 de noviembre de 1933 Gardel hizo su testamento en favor de la madre, doña Berta, declarándola heredera universal de todos sus bienes. Taboada señala que en la cuenta de Gardel, en el Banco Boston, en Estados Unidos, había una cifra en dólares importante para la época. Gardel dejó también a su madre la propiedad de la casa de Jean Jaurès 735, hoy museo; un terreno con casa a medio construir en Carrasco, Uruguay, y desde luego, sus derechos de autor e intérprete.
A su muerte, el 24 de junio de 1935, las percepciones por este último concepto beneficiaron a Armando Delfino, que había sido su administrador, y a José Razzano, quien compartía derechos con Gardel. Curiosamente, Razzano había nacido en 1887, en Uruguay, y conformado por años con Gardel un celebrado dueto.

Afortunadamente para todos, Gardel enmendó la plana sobre su verdadera identidad en 1933 al testar en favor de su madre. Le sobraban los abogados amigos que debieron advertirle que dejar en pie una versión de sí mismo incompatible con las constancias de la partida de nacimiento de Toulouse dejaría un pandemónium de problemas casi irresoluble. Y a su querida madre, que murió en Buenos Aires en 1943, casi en la calle.
En suma: Gardel no nació en Tacuarembó, como pretenden los amigos uruguayos de aquellos pagos. Pueden, en cambio, reivindicar con orgullo, sin riesgo a desmentidas, que Borges los cortejó más de una vez. Situó “El muerto”, uno de sus cuentos inolvidables, en Tacuarembó, trazando en esas páginas figuras de estudio imprescindible en la literatura rioplatense, como las de Benjamín Otálora, temerario y osado muchachito de los suburbios de Buenos Aires; Acevedo Bandeira, el caudillo gaúcho, ladino y taciturno, y la mujer, que se entregó a Otálora, entre fuegos oníricos, cuando este ya estaba muerto antes de morir.





