
Garibaldi y Anita en Montevideo
Por Alicia Dujovne Ortiz (para La Nación )
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Cuando se menciona el nombre de José Garibaldi, la inmensa mayoría de los argentinos agregan como si los pincharan: "Pum". Algunos de ellos ni siquiera saben que el reiterado "pum" proviene de una vieja cancioncita italiana: "E non é vero che é morto Garibaldi, pum, Garibaldi, pum, Garibaldi, pum" . Pocos se han enterado de que sobre la grandiosa grupa del caballo que emerge en Plaza Italia está montado Garibaldi. Y muchos ignoran que el entonces corsario italiano nacido en Niza _que había desembarcado en nuestras playas para pelear, primero, contra el emperador Dom Pedro del Brasil y, después, contra Rosas durante el sitio de Montevideo_ fue torturado en Entre Ríos por la policía rosista y libró algunas batallas en el Paraná y en el Río de la Plata contra el mismísimo almirante Brown.
En la orilla de enfrente, vale decir, en la Banda Oriental, la cosa cambia. Garibaldi está presente por su leyenda, por esa hermosa estampa de gaucho rubio con su camisa roja y su poncho blanco, y también en la medida en que sigue generando polémicas. Los del Partido Blanco lo detestan por haber combatido a Oribe, a su vez apoyado por Rosas, mientras que los colorados lo aprecian por haber apoyado a Fructuoso Rivera, el contrincante de Oribe. Pero los conocedores del tema sostienen que a Garibaldi blancos y colorados lo odian y aman por falsas razones.
Caudillos y masones
Son odios y amores erróneos. Garibaldi no luchaba ni en contra de Oribe, hombre amante del orden, flaco, severo, de labio y bigotito compungidos y ceño afligido, ni a favor de Rivera, morochón cordial y gauchazo que repartía fuertes apretones de manos y generosos abrazos, muchos de los cuales generaban hijos amorosamente criados por doña Bernardina, su comprensiva esposa.
En realidad, todo es más complicado. Mientras a su supuesto jefe, Rivera, Garibaldi lo llamaba "un hombre funesto", puede que en el fondo se haya sentido más próximo a Oribe por el hecho de que, como él mismo, Oribe era masón. Lo cierto es que Garibaldi no entraba en esta disputa de caudillos, apenas separados, en el fondo, por sus modalidades opuestas y sus distintas visiones del poder personal. Garibaldi no luchaba contra Oribe sino contra Rosas, o sea, por la libertad, o por lo que aquel momento la representaba o parecía representarla.
En primera fila entre los que he llamado los conocedores del tema se sitúa una fascinante figura ítalo-uruguaya, la profesora Luce Fabbri, autora de libros sobre Leopardi, Dante, Maquiavelo, y también sobre su padre, el célebre anarquista italiano Luigi Fabbri, con el que se refugió en Montevideo en 1929. Nacida en Roma hace noventa años, licenciada en literatura en la Universidad de Bolonia, conserva una de esas bellezas inalterables, que vienen de una mente clara, y una perfecta delgadez. Es garibaldina, claro, puesto que pertenece a la Asociación Garibaldina de Montevideo, pero lo es a su manera. "Yo me siento garibaldina _dice_ pese a ser federalista y a no compartir el pensamiento unitario republicano."
¿Por qué se siente garibaldina, entonces? "Porque Garibaldi es, en Italia, el antecedente del anarquismo. La Primera Internacional surgió en el ámbito de los republicanos más avanzados, es decir, garibaldinos, aunque garibaldinos conscientes de que el problema social era más importante que la pasión nacional, sobre todo una vez obtenida la independencia del país. No comparto la opinión de mis compañeros de la Asociación Garibaldina de Montevideo, que sostienen los ideales garibaldinos de república y libertad, sino que veo a Garibaldi desde un ángulo histórico. Sin embargo, desde ese ángulo lo sostengo, sobre todo aquí, en el Uruguay, donde la intervención durante el sitio de Montevideo de las legiones extranjeras, la francesa y la italiana, ha sido muy tergiversada."
"Desdichados los pueblos..."
"¿Quizá porque se supone que Inglaterra estaba detrás de la llamada lucha por la libertad?", susurra el abogado del diablo. La respuesta surge tras una inasible sonrisa intemporal: "Por supuesto que Inglaterra estaba allí, empeñada en hacer de la Banda Oriental un Estado tapón entre la Argentina y el Brasil, y por supuesto que la movían sus propios intereses. Y desde luego que Garibaldi se dio cuenta. ¿Acaso no dijo: "Desdichados los pueblos que esperan su libertad del extranjero"? Pero en aquel entonces, Garibaldi era lo que hoy llamamos liberal, porque el problema central estaba en los regímenes y las potencias absolutistas. E Inglaterra había ayudado a los exiliados extranjeros: italianos carbonarios y partidarios de la Joven Italia o socialistas franceses, refugiados en Montevideo porque sus gobiernos absolutistas los habían condenado a muerte. El liberalismo tenía un aspecto político y un aspecto económico, eso está claro, pero la libertad por la que luchaba Garibaldi no era ciertamente la libertad de empresa. Considerarlo así desde nuestra óptica actual es un anacronismo".
Aparte de la división de criterios entre blancos y colorados, y aparte de la leyenda, ¿ha quedado algo de Garibaldi en el Uruguay? Esta pregunta suscita una salida tan inesperada como todo lo que viene de Luce Fabbri: "Sí, algo hay. Pero es una cosa sutil sobre la que no quisiera contestar ahora". ¿Se tratará de la tesis según la cual la influencia de los emigrados italianos _como ese ardiente conde Livio Zambeccari, tan admirado por Garibaldi, que combatió a Rosas y fue el ideólogo de la revolución de los farrapos contra Dom Pedro_ democratizó la masonería sudamericana? Nueva sonrisa que Leonardo habría adorado: "Si le digo que es sutil, es que no puede hablarse".
Junto a la leyenda montevideana de José Garibaldi existe otra: la de su mujer, Anita, esa brasileña de Laguna, en la costa de Santa Catalina, que luchó a bordo de los barcos encendiendo cañones, o cabalgando por selvas oscuras, atravesando torrentes a nado, fusil en mano junto a su héroe gringo de barba roja, pero que en Montevideo _dramas de la píldora aún no inventada_ no pudo hacer gran cosa porque se llenó de hijos. Además _según Carlos Novello, el inspirador de la Asociación Garibaldina, creada en 1985 después de restablecida la democracia en el Uruguay_, la buena sociedad de Montevideo dejaba a un lado a esa gaúcha hija de un pescador y casada con un zapatero, demasiado morocha y demasiado casada detrás de la puerta, por no decir demasiado bígama, como para que las damas finas que donaban sus joyas para la defensa de la ciudad, durante el sitio, la recibieran a la hora del té.
La prueba de ese desdén social hacia la mujer del comandante italiano de la flotilla uruguaya fue que, cuando el ministro Melchor Pacheco y Obes, tan culto y que hablaba tan buen francés, viajó a París para contarle a Alejandro Dumas su versión del sitio de Montevideo, sobre Anita Garibaldi no le dijo ni mu. Y Dumas escribió La nueva Troya , un libro exaltado y florido donde se perdió, sin saberlo, a la heroína romántica por excelencia, la morena llameante con la que todo autor de su época hubiera delirado.
Seres que hacen soñar
Entonces, ¿por qué será que Anita también está en Montevideo, presente, recordada más allá de sus hechos, que en general se ignoran, y más allá del "pum" de su marido, recordada como una pura aureola casi desprovista de cabeza? Luce tiene la respuesta y no la dice. Yo me animaría a arriesgar una, bastante modesta, en la que Gardel, Evita y el ya mencionado Che se encuentran involucrados. Una respuesta que sí tiene que ver con la leyenda.
Hay seres que hacen soñar. El sueño dura cuando ya el olvido se cierne sobre lo que realmente han hecho. En otros tiempos, esos héroes populares carismáticos se volvían semidioses. Ahora también, pero en forma menos franca, menos inocente. Sin embargo, todos ellos coinciden en que, aparte de sus hechos, otra cosa que también han hecho es liberar energía: materia impalpable, generalmente presa, que en algunos momentos se desata para pasar a través de ciertas personas.
La suegra uruguaya de Annie Morvan, una conocida traductora francesa que vivió en Montevideo, solía decirle: "Tenés la energía de Anita Garibaldi". Y cuando la francesa, con su mente lógica, pedía explicaciones sobre la forma en que se había concretado dicha energía, su suegra alzaba los hombros y también sonreía, giocondesca.





