
Gilgamesh y el milagro de los libros
Por Orlando Barone
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Hay cosas --el mar, la montaña, el desierto-- ante las que uno se siente pequeño. Es una sensación o un veredicto implacable de comparación de magnitud o de tamaño. Reducción física que es inversamente proporcional a la intensidad de la experiencia. Sensación que recuerdo ante los casi cien millones de ejemplares de la Biblioteca del Capitolio, en Washington. Informes anecdóticos cuentan que la atraviesan mil kilómetros de estanterías. En su mayor parte de madera de los bosques talados del norte. Cuentan además que, aparte de esos millones de libros de los estantes, se almacena en los subsuelos otra cantidad igual o mayor que la expuesta. Imaginé cuántos libros me faltaba leer de todos aquellos y especulé que el más tenaz de los lectores del mundo podría alcanzar a leer, en una larga vida, apenas el equivalente al grumo de una miga de toda una panadería surtida. También me siento pequeño y feliz ante un libro. Uno solo. Y ni siquiera hace falta que sea sagrado o una obra maestra. Hasta un libro idiota adquiere aires de raza, aunque sea fugazmente, solo porque la idiotez envasada sorbe del libro su jerarquía y su nobleza. "Un libro es un libro, aunque dentro de él no haya nada" escribió Lord Byron.
Calculo que desde que a fines de 1800 se descubrió la Leyenda de Gilgamesh --héroe babilónico de más de 2000 años antes de Cristo--, que se convirtió en el libro más antiguo de la humanidad al ser encontrado en la antiquísima biblioteca de Arsubanipal, en Nínive, deben de haberse escrito muchos libros. Algunos inolvidables, y muchos más olvidables. Pero aquéllos salvan a éstos, como los hombres geniales nos salvan a los otros involucrándonos en ese colectivo indiscriminado que es la condición humana. Pocas palabras son definiciones que exceden su perímetro. Libro la excede. "El universo es un inmenso libro", dice el Oriente milenario.
Tratar de recordar cuál fue el primer libro que leyó uno es una aventura de la memoria infantil que no aporta pruebas sino sensaciones o leyendas familiares. Pudo o no haber sido aquel primer libro de lectura de la escuela. O tal vez fue ese libro escamoteado de la estantería de los adultos leído con balbuceo silábico. O un libro lateral que se antepuso en la casa a la lectura pedagógica. Depende de la precocidad del sujeto, de su innata vocación por la lectura o de su desgano hacia ella. No importa tanto la secuencia temporal sino la consecuencia. Como en el amor, importa menos cuándo y cuánto que la intensidad del resultado. El primer libro que uno lee es aquél que deja su marca y la confunde y funde después con las de los libros que le suceden. Marcas que por más que uno las busque nunca las toca. Pero están allí, o aquí, en algún lugar nuestro. Espiritual, corporal, sexual u onírico. Se manifiestan en la forma en que pensamos, actuamos, fantaseamos. Un libro cerrado es la materia virgen: abierto es la materia fecundada. Igual que el corazón, que abierto ofrece el sentimiento y cerrado lo sepulta. No se es más bueno por leer, como suele mentir alguna retórica encajonada, pero leyendo se puede ser más. Desde lo virtuoso a lo canalla, desde lo inteligente a lo brutal. Lo que más marca, sin embargo, es el no libro: la no lectura. Porque logra la atrocidad de borrar a la persona. Dejarla como un espacio en blanco, sin escritura. La no lectura, si es una fatalidad impuesta por la vida, merece piedad. Si es una elección no merece nada.
La feria del libro es un milagro argentino. Sin menguar el valor de sus hacedores. La triste era Isabelita la inauguró. Como símbolo no parece un acierto. Pero la feria no tiene la culpa. Haber superado esa genética y la de los posteriores siete años de cautiverio mortal y cultural es el milagro del libro. A una sociedad que está rogando inconscientemente volver a juntar sus partes, la feria del libro le ofrece sus páginas.






