¿Girará el Gobierno antes de chocar contra la pared?

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27 de septiembre de 2020  • 20:51

Participo de una tertulia política y literaria que suele acontecer todos los jueves de la eternidad en un café virtual donde al final se escuchan poemas, cartas y canciones, y donde el filósofo Santiago Kovadloff intenta oponer sus pulidos argumentos a una ola de camelos e insensateces, sarasas oficiales y agravios semánticos. La otra noche improvisó una explicación acerca de cuál le parecía que era, a esta altura y sin máscaras, el verdadero modelo kirchnerista, que insólitamente presume de utópica democracia nórdica, pero que se conduce como un triste feudo patagónico: vamos hacia Suecia, pero doblamos en un misterioso camino secundario y acabamos en Santa Cruz. "El proyecto -arrancó el filósofo- consiste en crear una sociedad sin ciudadanos; con sujetos dependientes de un Estado empeñado en la tarea de abastecer necesidades básicas para que los individuos duren sin desarrollarse, y en la convicción de que la gente nació para obedecer y no ser libre". Y recordó el viejo acierto de Octavio Paz, al calificar esos atrasados regímenes Estadocéntricos como "ogros filantrópicos". Que finalmente no practican una efectiva filantropía, pero que se devoran como Cronos a sus hijos. La descripción es teórica y no incluye el problema más acuciante: ese Estado, aquí y ahora, se quedó sin caja, y por lo tanto sin capacidad operativa. Pero conecta de todos modos con la flamante categorización ideológica de Felipe González, que bautizó esa idea como "neopobrismo". Un sistema de moda que intenta aclimatarnos en la cultura de la pobreza, encontrarle desde el paternalismo caudillista y religioso una virtud, y cargar por lo tanto contra los valores de la insumisa clase media, que persiste en ejercer la libertad, progresar en el estudio y en el trabajo, y gozar del dinero producido con honradez, al que el ideólogo de este gobierno regresista (Jorge Bergoglio) denomina el "estiércol del diablo". El papa Francisco es, en realidad, el padre espiritual del neopobrismo denunciado por el expresidente español. Y para que no quede la menor duda de ello, Su Santidad utilizó el domingo su pía cuenta de Twitter con la intención de apoyar la permanente diatriba de Alberto Fernández contra el mérito y nos revoleó por la cabeza un fragmento del Evangelio: "Quien razona con la lógica humana, la de los méritos adquiridos con su propia habilidad, pasa de ser el primero a ser el último". Los argentinos, siempre con ideas tan modernas y a quienes nos ha ido tan bien administrando la cosa pública, estamos obsesionados en enseñarle al mundo cómo se progresa. Si nos dan un poco de tiempo y alguna oportunidad, estoy seguro de que podremos destruirlo, como hicimos con nuestra antigua nación durante los últimos noventa años. Por nuestros frutos nos conoceréis (Mateo 7:15-20).

Su Santidad utilizó el domingo su pía cuenta de Twitter con la intención de apoyar la permanente diatriba de Alberto Fernández contra el mérito

Ese modelo requiere, a su vez, una política autoritaria: apoderarse de todos los resortes del poder, colonizar las instituciones y anular las alternancias y los equilibrios. Y en sociedades cosmopolitas como la nuestra, se trata de un proceso a medias solapado, para que el soberano no entre en rebelión y vaya digiriendo el bocado poco a poco, como la rana en la olla de agua caliente. El proyecto, sin embargo, no implica necesariamente el suicidio económico ni el aislamiento internacional. Antes de comprar la psicosis bolivariana, Néstor Kirchner fue capaz de hacer buena letra con Europa y Estados Unidos; confraternizar con Bush, palmearle la rodilla y tranquilizarlo con la "razonabilidad" peronista. La debilidad económica no daba para aventuras ni guapeadas. Pero de sus espectaculares ritos funerarios emergió una Cristina diferente -lideresa única, doliente y despiadada, desdeñosa del pragmatismo y bruscamente ideológica-, cuyos consejeros personales pasaron a ser Hugo Chávez Frías y Fidel Castro, y cuyo proceso de automitificación la llevó progresivamente a convertirse en un emblema antioccidental. Este mito intocado, que la arquitecta egipcia cuida más que su propia salud, pasó de ser un castillo majestuoso a ser una prisión hermética. Tal vez la gran pregunta del momento sea la siguiente: ¿será ella capaz de abandonar esa cárcel mitológica antes de estrellarse "contra la pared" (Costantini dixit)? Los diagnósticos errados suelen alimentarse de prejuicios y de la necesidad de ajustar forzosamente la realidad a la creencia, y no al revés. Objetivamente, la pandemia es un monstruoso cisne negro que modificó todo el escenario y que exigiría un consecuente cambio estratégico. La primera impresión que la Pasionaria del Calafate tuvo acerca de esta inesperada mutación que le presentaba la humanidad giró en torno a las oportunidades que habilitaban el encierro y el estado de excepción, justamente para dar un golpe de mano y acelerar su "revolución institucional". Seis meses más tarde la catástrofe económica y social se ha hecho tan grande y la caída libre tan pronunciada, que exigiría una revisión completa y realista de toda la instalación. Su gobierno es inverosímil. Y salvarse de una inminente hecatombe implicaría modificarse a sí misma: ¿es factible esto a esta altura de los años, el dogma, los odios y la impostura? Todo está cifrado en un asunto ínfimo: cerrar la fábrica de enemistades y abrir la generadora de amigos, algo que vulnera el único recurso psicológico que aprendió en su más tierna juventud. Las llaves que abren o cierran las grandes puertas del destino son pequeñas, pero difíciles de encajar en la cerradura. Y aun cuando están adentro, girarlas y abrir puede llevar un esfuerzo sobrehumano: no hay peor carcelero que tu propia superstición íntima. Para ese hipotético switch, sería necesario poner al menos en pausa la reforma de la Justicia, puesto que esa operación de fondo es inaceptable para la oposición y para gran parte de la sociedad civil. Y con los opositores habría que firmar un acuerdo en la tormenta, que diera previsibilidad y transmitiera al mismo tiempo la idea de que existe plena seguridad jurídica en la patria. Con ese activo, sería posible construir una relación más o menos seria con el presidente norteamericano, a la sazón principal accionista del FMI, y también una reconciliación práctica con el brasileño, nuestro gran socio comercial. A ambos se les podría palmear la rodilla, como alguna vez hizo el hombre que dicen que no murió. Sin abandonar eventuales acuerdos con China y Rusia, la Cancillería podría avisar que a través del Mercosur se reafirmarán los acuerdos de libre comercio con la Unión Europea. Como no nos sobra nada, nos asociamos con todos; eso y no otra cosa se hace cuando uno está en la indigencia y ha optado por la tremenda responsabilidad de sobrevivir. Acto seguido, se podría nombrar un ministro senior que manejara toda la macroeconomía, y que actuara sin esoterismos ni cuchillos bajo el poncho. Alguien que se fuera ganando la confianza de la escaldada opinión pública y explicara paso a paso el doloroso camino de salida.

Este razonamiento obvio en un país lunático me parece imposible fuera de la tertulia literaria, dada precisamente la personalidad cristalizada de Cristina, que por paradoja de la pandemia quizá solo podría retener el poder haciendo lo contrario de lo que postula. Porque es probable que ni su mito intocado se salve esta vez de los escombros. ¿Y podrá el peronismo emanciparse de ella e imponer esta alternativa lógica y elemental? ¿O como los hijos de Cronos los peronistas se resignarán a ser devorados por su diosa? Ni Kovadloff tiene la respuesta.

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