
Globalización y política exterior
Por José María V. Otegui Para LA NACION
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La globalización es un elemento insoslayable de la realidad internacional, un proceso complejo cuya esencia es la interacción intensa y rápida entre países, organizaciones y personas, con prescindencia de las distancias.
La inevitabilidad de la globalización no implica que su impacto sea en todos los casos idéntico ni que sea enteramente ingobernable: Chile, en la década del 90, la recibió de una manera; nuestro país, de otra; China la incorpora selectivamente y Brasil la filtra en el prisma de sus intereses; Singapur la adecuó a su peculiaridad de miniestado, mientras que Corea del Sur la transformó en el motor de su desarrollo industrial. El balance entre sus efectos negativos y positivos se configura por el poder y las características de cada país, pero, tal vez más que por cualquier otra circunstancia, por la manera en que la cultura institucional de sus dirigentes atina a encauzarlos estimulando las capacidades nacionales de adecuación y respuesta.
La importancia de este factor resulta obvia cuando pensamos en las dimensiones más gravemente descontroladas del proceso de globalización: el aumento de la pobreza en varias regiones, la volatilidad del sistema financiero con sus reiteradas crisis y la internacionalización del terrorismo. Aun la más benévola mirada sobre la manera en que la Argentina reaccionó ante estos impactos a fines del siglo XX provoca una profunda desazón. Además, el actual aumento del proteccionismo comercial -por los subsidios a la agricultura en Europa y en los Estados Unidos- implica para nuestro país tanto desocupación como pérdida de capacidad de pago de sus obligaciones.
Por otra parte, la complejidad intrínseca del proceso de globalización adquiere mayor intensidad en estos años, ya que las naciones más poderosas son renuentes, por varias razones, a diseñar una arquitectura institucional capaz de moderar sus efectos distorsivos, una tarea para la cual tampoco se habilita a foros como las Naciones Unidas, los organismos financieros internacionales o la Organización Mundial del Comercio. Los gobiernos retienen el poder real y son las estructuras estatales las que continúan estableciendo las interconexiones fundamentales del sistema internacional y las asociaciones que configuran la integración de cada país en el mundo.
Presencia en el mundo
Las naciones que han sabido insertarse con más éxito en la globalización, lejos de aceptar pasiva o acríticamente sus efectos, han potenciado los instrumentos que les permiten modelarlos según su interés; la Argentina, en cambio, no utiliza plenamente sus capacidades. Aunque es indudable que en términos internacionalmente comparables nuestro poder político, económico y militar ha decrecido notablemente durante el último siglo, conservamos sin embargo recursos humanos -en la Cancillería, en las universidades, en las organizaciones no gubernamentales- con el conocimiento operativo necesario para tamizar una realidad global sobre la que poco influimos.
En su momento, una política exterior que nos aparte de los peligros de la irrelevancia -vulnerabilidad y pobreza- requerirá una presencia en el mundo más activa y extendida que nunca, ya que, como en ninguna otra instancia de nuestra historia, lo que sucede en Washington o en Yakarta, en Brasilia o en Jerusalén incide directamente en la vida de todos los argentinos. Será necesario el esfuerzo organizado de una diplomacia que conozca con pericia, que abra puertas políticas, que ubique oportunidades comerciales para nuestra producción y estructure con los más diversos países las coaliciones de geometría variable que potencien nuestros intereses, como desde hace tiempo lo hacemos (por ejemplo, en el Grupo Cairns, en la Antártida, en el comercio de transgénicos y en la protección del medio ambiente).
La certeza de que esa apertura a todos los rumbos cardinales es necesaria y viable reclama que nuestra cultura política supere las simplificaciones y los arquetipos ideologizados: no es incompatible negociar simultáneamente, desde una sólida integración regional, la asociación con Europa y una relación mutuamente beneficiosa con América del Norte; al hacerlo, no se estaría prefigurando una concepción política del país sino que se maximizaría el interés nacional reduciendo la asimetría de poder implícita en esas negociaciones.
Esta adecuación al proceso global debería contar también con dos elementos esenciales para su eficacia: primordialmente, el encuadramiento en una transparente ética de responsabilidad que sume confiabilidad a nuestros compromisos internacionales; instrumentalmente, la profesionalidad y experiencia de representantes comprometidos con el servicio al bien común.
En otros momentos de su historia, la Argentina acometió con éxito, en otra globalización, un esfuerzo análogo. Varios países menos dotados también lo han hecho en los últimos años. Nada debería impedir que emprendiéramos pronto el serio trabajo de responder a la complejidad del siglo XXI.






