Gran Hermano: vida comunitaria en la era de las soledades crónicas
El reality show hoy esquiva la soledad en sus participantes, pero, al mismo tiempo, es consumido por una multitud de gente sola
9 minutos de lectura'

En la fundación del reality show, se consideraba a la soledad del personaje investida de un aura: la narración se solía detener ante el tiempo muerto de una acción tan necesaria como irrelevante. Hoy, que a pocos escandaliza un encierro prolongado o una soledad crónica, lo que sorprende y magnetiza de Gran Hermano (Telefé, 2022-2023) es verlos turnarse, delegar, organizar y configurar una comunidad que atañe a “jugadores” y público.
La pérdida de la intimidad y la sobreexposición de la propia persona, entre los de adentro, traen como correlato una ganancia para el afuera: la sensación de acompañamiento, como un fondito de rostros y cuerpos que se van volviendo familiares, que se hacen parte del decorado hogareño. Ese estar con otros en la comodidad del estar solos es un antídoto contra el silencio.
Dentro de la Casa, desde que comenzó –aquel 10 de marzo de 2001– hasta hoy, se fueron relegando esos momentos a solas como el que abrió la transmisión hace 22 años, con la exparticipante Tamara Paganini –que obtendría el segundo puesto, en la primera edición– en plena y demorada acción de desempacar; era la primera vez del reality show de encierro en la Argentina; era la representación de un momento de soledad espontánea: el tiempo muerto de una acción tan habitual como reemplazable, si eso hubiese sido una ficción.
Los voyeurs –menos interesados en una trama que en situaciones, resaltadores de detalles, fijezas, repeticiones– componen una suma de individualidades cuyos votos decretan la expulsión o la premiación de un personaje. “El Supremo”, como se denomina a la comunidad del afuera de la Casa, es un niño que se mueve entre pasiones coléricas y caprichos para justificar sus votos y sus vetos.

Cada vez que se refiere a lo mínimo que puede ejecutar una masa –enviar un mensajito–, el presentador la alude como si se tratara de un Dios. El tono que acompaña el juicio expedito por el Supremo es alto, estridente (se diría). Se manifiesta a través de un porcentaje, que la mayoría de las veces es repartido en mitades parecidas, pero cuando los astros se alinean y el Supremo brama –cuando suelta su también llamado “grito del león”, en esas galas sorprendentes, memorables–, el Supremo decreta una fiesta popular que significará a su vez una forma de sacrificio: se dará muerte rápida y por unanimidad.
M. –el adorado del Supremo, candidato seguro para la final– permanece a la fecha con su fotogenia y una presencia física incuestionable, apolíneo y lubricado, en el borde de la pileta, un día de sol, y no hace falta que verbalice. El Supremo lo quiere porque está investido de misterio. Es tan asexuado como virilmente atractivo, en su falta de vello o barba, su aspecto de carilindo, su intocabilidad.
La comunidad de votantes, durante el tiempo anterior a la final, se ha ido licuando; va perdiendo contundencia y ya no alcanza la arenga del presentador ni la música a todo volumen para llegar a los niveles de la antigua ceremonia maldita en la que caía un participante con más del 80% de los votos.
Ni siquiera la masa que construyen las redes sociales –esa multitud acusada de odiadora, de encarnizada bajo los rostros cobardes de una foto y un nickname apócrifo– es de tan baja consideración como ésta del Reality, vil y fluctuante, encarnizada pero sin constancia, que no dispone ni de esa persistencia en el odiar que sostiene a la acción del hater, como una cuestión de principios. Protagonista en un período corto pero intenso, central como mercado, como target, como nicho, mañana –acá nomás– será desintegrada rápido; desinvestida tan inmediatamente como Big o Bro le exige a un participante expulsado: que recoja sus pertenencias y abandone “ya mismo” la Casa. Cuando se desinfle el Supremo, se termina el ciclo. Hecho polvo, el Supremo no se rearmará de inmediato. Hará falta que surja un Reality tan absorbente como Gran Hermano que logre instalarse como tema único, para que la comunidad de espectadores se apelmace y logre trascender a esa condición múltiple e invisible que atraviesa a todo el mapa receptivo-comunicacional en la actualidad.

Los otros, sus precursores, eran más humanos, más débiles; desertaban más, enloquecían más en esa época primigenia en la que el experimento estaba donde hoy domina unívoco y omnipotente el espectáculo. Si la relación con el otro es la marca de la ficción –ese lugar en el que se teje el juego; donde se da prueba del conocimiento técnico y táctico–, hay dos canales reservados a la aparición de la “verdadera personalidad”: el Confesionario o el solo a la cámara que se intuye detrás de un vidrio espejado, una alacena o el espejo del baño. Aquí le hablan a la comunidad exterior, al ya descripto Supremo, lo cual les habilita una primera persona confesional, que revela estrategias de juego, culpas, obsesiones y arrepentimientos.
En el resto de la Casa se los ha concebido como conjunto compacto: las reposeras están todas juntas y alineadas; las camas, dispuestas para dar idea de continuidad. Jon de Mol –el holandés creador del formato– explicó que sólo en esas condiciones, con un único baño para uso del “cuerpo común” (con otro pequeño afuera, en la edición argentina), se alcanza rápidamente ese punto de máxima tensión dramática que combina tres variables indispensables en tanto tema y como procedimiento: convivencia, intimidad y competencia.
Franja continua
El espacio, entonces, acompaña esta puesta en conflicto que, según el creador del show, solo devendrá del roce, entendido como ese punto en el que aparece “lo confuso, lo estremecido” (Roland Barthes, en El susurro del lenguaje); los muebles y los ambientes tienden a congregarlos; tampoco en la distribución de los placares hay una divisoria marcada entre uno y otro. Todos, en representación de cada uno, son una franja continua, apenas separados por un límite difuso.
Cada vez con mayor frecuencia, les llegan gritos desde el mundo exterior. Los gritos –que en un principio fueron intromisiones indebidas, saltos de trama, desvaríos– progresivamente fueron apropiados por la estructura que los dejó ser e incluso los alentó al incluirlos en los resúmenes del día, y al hacer con ellos “noticia”. El grito es la voz no autorizada que les llega del afuera. El adentro obnubila, enceguece. En el adentro se van haciendo monotemáticos, chiquitos, lineales; el afuera es advertencia, tensión extrema, volumen alto. Mentiras o verdades se suceden de parte de espectadores fanáticos o morbosos, cuyo deseo es intervenir.
GH pertenece hoy a una era comunicacional interactiva; cualquiera que haya sufrido agresiones o comentarios en la red sabe que ni el entretenimiento ni la información –ni la tevé ni la prensa escrita–hoy soportan un enunciador con el control pleno de discurso; por eso: tanto grito, tanta interferencia permitidos.
Como en las stories de Instagram y los posteos de Facebook, aquí hay entregas voluntarias y desenfadadas de instantaneidad; es la supresión de lo único, excéntrico, singular sin testigos confiscatorios de la experiencia, allí donde todo es puesta en común, de lo cual la Casa es síntoma o testimonio. Ellos no están ni estuvieron sorprendidos –como sí sus precursores– de esa nueva vida sin intimidad o –mejor– con la intimidad expuesta o, como refirió Paula Sibilia en La intimidad como espectáculo, transformada en “extimidad”.
Las escenas editadas convalidan el physique du rol. R. es la cocinera; de ahí en más, a partir de una acción reiterada (ser la primera que prepara el desayuno colectivo al despertar) se desgranan como en un tendal otros atributos que le son asignados por el panel y el presentador. R., entonces, deviene la madre, porque además es madre en la vida de extramuros, y la condición del ser es su monodimensionalidad. En la medida en que R. se aparte de su sentido designado –“pureza”, según había definido un panelista–-, no deja de ser la madre, sino que pasa a ser una madre desviada o una madre narcisista. Para que se asiente una personalidad dentro del Reality, menos es más: el apoyo del Supremo avala y crece semana tras semana, en tanto que M. calla. Se muestra y tiene con qué –buen cuerpo y rostro “elegibles”, como se entusiasma otra panelista al describirlo–.
La personalidad, dentro de GH no es una línea continua sino un único punto. Es repetición; opera por saturación. Ese arquetipo debe ser tan efectivo y compacto como para representarse en una cifra de cuatro números, cuando llegue la hora de votar. Fácil y servido, el sentido de cada personalidad debe poder ser capturado, con el voto, a través de un concepto que se resuma en un adjetivo calificativo. Como esos relatos publicados en Internet que –según Paula Sibilia– definen a alguien que vive la propia vida como un verdadero personaje, también los participantes manifiestan, ante todo, una convicción. Se han ido perfeccionando desde la primera edición de GH: trabajan sus intervenciones como si fueran discursos inductivos.

El Supremo agradece el relato facilitado: en el “país-jardín de infantes”, el celador descripto hace décadas por María Elena Walsh –en el artículo “Desventuras en el país jardín de infantes”– llega como un brutal y voraz vaciamiento temático: la agenda blanda está tomada por un interminable debate sobre las fisuras, los quiebres y dobleces de esas personalidades [al cierre, quedan cinco dentro de la Casa]. De manera implícita y constante, Gran Hermano ha ido reduciendo el interés narrativo de estas figuras cada vez más ancladas en atributos del cuerpo, y en si son diestros para atravesar las pruebas físicas en las que compiten por el liderazgo semanal.
En M. –candidato favorito para el premio de los quince millones–, al día de hoy, todo refuerza la “hombría de bien”: el silencio, la observación, el callar, el autoadministrarse y el no dejar margen para la vacilación: decide según le dicta el corazón. Sellados en molde, continuos e identificables a golpe de zapping, dan fe del único compromiso que asume el Reality con su público: que cuando se prenda la tevé esté su personaje empático favorito, el que no traiciona a su arquetipo, que está ahí en forma permanente como bien de uso, y al que solamente se le pondrá fin cuando se termine el ciclo.








