
Gustavo Bianchi: el científico que cree
Creador del Polo Tecnológico de Neuquén, especializado en investigación petroquímica, es un símbolo de cómo la ciencia aplicada contribuye al crecimiento de un país
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Un personaje se destaca por sus dotes excepcionales, que lo convierten en un símbolo y un ejemplo. Tal vez Gustavo Bianchi no se considere poseedor de capacidades excepcionales, ni tampoco ejemplar, pero su tarea al frente del Centro de Investigación de una pequeña compañía de servicios de la actividad petroquímica es todo un símbolo de cómo la ciencia aplicada puede ayudar al crecimiento.
Nombrado vicepresidente de San Antonio-Pride en 2001, reunió un equipo multidisciplinario de investigadores argentinos provenientes de universidades y de empresas privadas y estatales, obtuvo financiamiento y concretó una serie de desarrollos tecnológicos entre los que se destacan diversas herramientas de altísima tecnología para la exploración petrolera. Y todo lo hizo en el peor momento de la crisis, cuando otros emigraban en estampida y los grandes capitales eran renuentes a invertir en el país.
A primera vista, su historia tal vez no sea muy diferente de la de muchos. Nació en Lomas de Zamora, en 1959. Estudió en el colegio Manuel Belgrano, de Temperley, y se licenció en química y bioquímica en la Universidad Nacional de Morón. Tras su ingreso a la Comisión Nacional de Energía Atómica, donde investigó durante once años, obtuvo un doctorado en ciencia de los materiales por la Universidad de Mar del Plata. Tras obtener su doctorado, viajó a la Universidad de Texas en Austin para hacer un posdoctorado junto con su mujer, María Perla Villagarcía, ingeniera aeronáutica. La experiencia fue más que exitosa, pero a pesar de que había nacido su segundo hijo en los Estados Unidos, los Bianchi decidieron volver al país.
Entonces, tomó la decisión de pasar a la actividad privada. Fue por necesidad: "Entre Perla y yo apenas alcanzábamos a pagar el alquiler. En ese momento apareció una oferta. Lo pensamos dos meses", recuerda.
Así fue como saltó de la Conea a YPF. "El cambio cultural fue abismal", confiesa. En primer lugar, porque pasó de investigar moléculas a trabajar en equipos gigantescos. Pero además, como suele ocurrir, tenía el prejuicio de que la tecnología era una hermana bastarda de la ciencia, de otra categoría. "En la época en que yo era investigador estaba prohibido hacer tecnología --afirma--, había que hacer papers, estudios académicos. Por otro lado, en la industria privada no había una política de incorporación de científicos."
Como gerente de Investigación y Desarrollo de YPF, organizó un Centro de Tecnología aplicada, en La Plata, con investigadores de la misma empresa, el Instituto Balseiro y diferentes universidades. También ofreció becas compartidas con el Conicet a doctorados y posdoctorados.
Llega 2001 y, tras la oferta del puesto de vicepresidente en San Antonio-Pride, la posibilidad de organizar un centro de investigación y desarrollo en Houston. En medio de la debacle que dominaba la vida nacional, Bianchi acepta hacerlo... pero en la Argentina.
Concreta alianzas con Invap, el Conicet, universidades nacionales y otros grupos de tecnología argentinos, y organiza el Polo Tecnológico de Neuquén, que reúne unas 80 personas, entre ingenieros en petróleo, químicos, físicos, bioquímicos, biólogos, matemáticos, ingenieros nucleares, hidráulicos y técnicos. El grupo produce equipos pesados para la industria que antes se importaban de los Estados Unidos o Canadá, cinco patentes internacionales, una planta de mezclado y síntesis de productos químicos. Y, más importante aún, desarrollan herramientas para la perforación y evaluación de pozos de petróleo y gas, una tecnología que dominan sólo Canadá, Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña y Alemania. Son desarrollos que habitualmente llevan diez años y cuestan hasta cincuenta millones de dólares, pero que el grupo optimiza por una fracción mucho menor.
"El cambio es factible --opina Bianchi acerca de la posibilidad de incrementar el desarrollo tecnológico nacional--. Lo que falta es un marketing tecnológico. La masa crítica está, pero hay que juntar a científicos y empresarios. No es el Estado, sino la industria, la que tiene que aportar fondos para desarrollar tecnología. Se gastan entre 30 y 50 millones de dólares anuales fuera del país. Si sólo el 5% de esa suma se invirtiera en el país, podrían modificarse muchas cosas".






