
Hacia un nuevo contrato social
Por Armando Alonso Piñeiro Para LA NACION
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El tema no es nuevo. Podría decirse que se originó o que se ha intensificado a partir de la caída del comunismo, entre 1989 y 1991. La sociedad mundial, y muy particularmente la occidental, requiere de un nuevo contrato social a la luz de los profundos cambios operados en el último decenio: nuevas concepciones geopolíticas, nacimiento de la globalización, perversión del derecho internacional público, robustecimiento de organizaciones regionales que sin embargo no pueden por ahora competir con la realidad que muchos se ocultan a sí mismos: la existencia de un imperio que pretende una hegemonía global, si bien camuflado en Estados, unidos por su propio contrato social interno.
Los hombres y el Estado
¿Pero cuál es el contrato social que, gestado en los siglos XVII y XVIII, se ha mantenido hasta el presente? Erróneamente, suele adjudicársele el mérito de su instauración exclusivamente a Jean Jacques Rousseau, autor de dos escritos fundamentales: "Discurso sobre el origen y fundamento de la desigualdad de los hombres" (1755) y "Contrato social" (1762). Empero, antes que el filósofo ginebrino, John Locke y Thomas Hobbes, con sus respectivas obras "Ensayo sobre el gobierno civil" y "Leviatán" habían prefigurado la doctrina del contrato social.
Se puede decir que los tres pensadores postularon que todos los hombres nacen iguales, pero que delegaron luego su potestad en el Estado a cambio de que éste protegiera sus prerrogativas. Es la aparición neotérica del Estado de Derecho, que provocó una enorme influencia en la Declaración de la Independencia de los Estados Unidos y poco después inspiró a la Revolución Francesa.
¿Por qué es necesario un nuevo contrato social? Porque ha perimido el modelo de Locke-Hobbes-Rousseau después de casi trescientos años de vigencia. Si la delegación de los hombres de sus facultades en el Estado se había consumado a cambio de que éste asegurara sus derechos, hoy se sabe que como nunca el Estado no puede ratificar tal deber. Las prerrogativas ciudadanas son violadas de manera sistemática y prácticamente en todas partes del mundo.
Hay otro postulado que está perdiendo su razón de ser. Es el que sostiene la unión del pueblo que aspira a un destino nacional común, fundamentado en el amor por la patria. En muchas partes del globo la desaparición de las fronteras está poniendo en riesgo el sentido de patria. El "destino nacional común" se encuentra en vías de superación por un destino regional, global o continental, según los casos.
Los derechos naturales del antiguo contrato social se basaban en preceptos como la libertad, la igualdad, la seguridad y el derecho de resistencia a la opresión. La libertad está amenazada en Africa y en Asia por razones contingentes internas y externas, y en el resto del mundo la violación estatal de la vida privada ha convertido en abstracto el derecho a la libertad en cuanto sinónimo de intimidad. La igualdad es actualmente una noción neutra, puesta en riesgo por las discriminaciones y la insuficiencia de medios elementales de subsistencia en más de un tercio del mundo.
La seguridad se ha constituido, acaso, en el falso modelo más acabado de la obsolescencia del contrato social rousseauniano. Campos y ciudades, como en la Baja Edad Media, se someten al capricho de violadores de la seguridad general, en detrimento de la propiedad y de la indemnidad física.
El derecho de resistencia a la opresión, con su eclosión en las revoluciones norteamericana y francesa, es ahora un factor complejo de las relaciones internacionales, arbitrariamente manipulado y monopolizado por un Estado o una serie de Estados.
Rousseau propugnaba la democracia como instrumento de igualdad de los ciudadanos. Ocioso parece explicar, en estos comienzos del siglo XXI, que no se ha obtenido este ideal, romántico y pragmático a la vez, pero indispensable para aspirar a una mejor calidad de vida.
Por último, el contrato social hoy en crisis postulaba la inalienabilidad de la voluntad general, abrogándose cualquier norma legal no revalidada por el dueño de la soberanía, esto es, el pueblo. Hoy en día, un complejo y enrevesado sistema burocrático, político, administrativo y seudojurídico ha creado instancias de diverso orden que hacen imposible o de difícil concreción establecer la voluntad popular.
Sin embargo, y aunque esta reflexión parezca contradictoria con todo lo expresado anteriormente, la civilización ha avanzado bastante en los últimos cincuenta años. Se ha modelado en la media centuria aludida un sistema de pesos y equilibrios que parece impecable desde el punto de vista de los tratados y las nociones generales de convivencia, pero que en la práctica son bastardeados por la insuficiencia de la política. Ocurre que el predominio totalizador de un Estado sobre el resto de las naciones extravía la razón y el derecho.
Por ello se impone la conformación de un nuevo contrato social, que sólo podrá ser estructurado en los próximos años, cuando las situaciones límite den paso a una concordia que hoy aparenta ser insoluble.





