
Hay que pasar el invierno
El verano kirchnerista ha quedado atrás. Y pese a que aún falta para el 21 de junio, la recordada frase del ingeniero Alvaro Alsogaray -"hay que pasar el invierno"- parece instalarse como una de las principales consignas del gobierno nacional.
Como diría la cantante Fabiana Cantilo, nada es para siempre: ni el calor popular, ni las encuestas de noventa puntos de imagen positiva.
Ya sea por las consecuencias de la crisis energética -desde las inminentes facturas de luz y gas más elevadas hasta las probables suspensiones de personal en ciertas industrias afectadas por la falta de gas- o por el retorno de las perspectivas inflacionarias, el humor colectivo hacia el Gobierno comienza a cambiar.
Frente a esta nueva realidad, acompañada de un escenario internacional menos favorable a la Argentina, Kirchner está dando señales de pasar a una política que privilegie más la gestión que los gestos. Sin embargo, no se ha olvidado de estos últimos.
Por ejemplo, anticipándose al probable costo político que le generarán dentro de menos de dos meses las primeras facturas que comenzarán a llegar a muchos hogares con incrementos en las tarifas de luz y gas, Kirchner arremetió contra las empresas privatizadas y, esta vez dirigió especialmente sus cañones hacia Repsol YPF. Se preocupó así porque la opinión pública asociará el anunciado aumento de las retenciones a las exportaciones petroleras con una represalia a las empresas por no haber hecho oportunamente las inversiones necesarias.
La proyectada empresa estatal petrolera Enersa es, para sus románticos defensores, un paso hacia la recuperación de la soberanía energética y la posibilidad de explorar áreas que el sector privado no explora ni explota; para sus detractores, en cambio, implica dilapidar recursos en inversiones de alto riesgo mientras no podemos aumentar las jubilaciones adecuadamente.
El aumento del precio del petróleo a niveles récord y la cantada suba de las tasas de interés internacionales han sacudido al mundo, aunque en especial a nuestro vecino y principal socio comercial, Brasil, que tiene que importar petróleo en grandes cantidades y verá incrementada su deuda por el crecimiento de las tasas. Es sabido que cuando los brasileños estornudan, los argentinos nos resfriamos, aunque no por eso debemos estar condenados a una pulmonía.
Los cálculos de economistas argentinos indican que nuestro país crecerá a niveles del 10% anual en el primer semestre del año, pero ese indicador se desacelerará sensiblemente hacia fines de año. No obstante, pocos creen que la economía argentina crezca menos del 7% este año.
Para compensar la incertidumbre que ya comienza a exportarnos Brasil, la Argentina debería empezar por eliminar sus propios factores de incertidumbre, con el fin de iniciar el próximo año con un horizonte lo más despejado posible. A juicio de distintos analistas, bastarían tres cosas: terminar con los ruidos políticos que genera la disputa interna en el partido gobernante; renegociar de una buena vez los contratos de servicios públicos privatizados y acordar con los acreedores privados. Resueltos tales problemas, habrá una luz al final del túnel.






