
He nacido en Buenos Aires...
Por Santiago de Estrada Para LA NACION
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Hace más de un siglo, el poeta Guido y Spano expresaba su orgullo de ser porteño con aquella famosa estrofa: "He nacido en Buenos Aires. No me importan los desaires con que me trata la suerte. Argentino hasta la muerte: he nacido en Buenos Aires".
Ya entonces Buenos Aires empezaba a adquirir el esplendor que después hizo eclosión en el siglo XX. Además de convertirse en la capital cultural de América latina, era una ciudad muy hermosa, limpia, segura, dinámica, progresista. Cada uno de sus barrios tenía una fuerte personalidad y abundantes atractivos para deleitar al turista nacional o extranjero.
Pero todo eso hay que referirlo en tiempo pasado; el siglo XXI no ha comenzado con buenos augurios para nuestra querida ciudad. Sigue manteniendo parte de su hermosura, sin duda, pero bastante ajada y deteriorada por el abandono, la desidia, la falta de cuidados.
Era considerada una de las ciudades más limpias entre las grandes capitales del mundo. Claro, en aquel entonces los actuales cartoneros no necesitaban revisar y desparramar la basura, porque conseguían trabajo en algunas de las múltiples actividades radicadas en Buenos Aires.
Su seguridad era proverbial. Los turistas quedaban asombrados al comprobar que podían pasear a cualquier hora del día o de la noche sin correr riesgo alguno. A través del vigilante de la esquina, en tiempos más lejanos, y de los patrullajes, después, funcionaba la prevención.
Era también una ciudad que crecía. En cada uno de los barrios había un número importante de obras en construcción. Era característico el asado de los obreros al mediodía, olfateado con envidia por los paseantes.
Esto y mucho más era Buenos Aires, y tal vez vuelva a serlo algún día. Pero ahora es otra ciudad, detenida en el tiempo, con un Estado ausente, servicios públicos cada vez más pobres, problemas sociales en constante aumento y una calidad de vida que se deteriora día tras día.
Hoy se pueden recorrer casi todas sus calles sin encontrar una sola obra en construcción, con excepción del asfalto electoral, hecho de apuro. Han desaparecido tanto la inversión pública como la privada, lo cual se traduce en falta de trabajo, crecimiento incontrolable de las villas de emergencia y presencia en la calle de numerosas personas que viven de la limosna.
El solo hecho de transitar requiere cuidados especiales: veredas rotas, basura desparramada y desechos caninos, sin olvidar la frecuente aparición de algún amigo de lo ajeno. La policía de tránsito ya no existe, salvo para acompañar la grúa o fabricar boletas de infracción, con lo cual la circulación tiende a ser caótica y sólo posible cuando no hay grupos que, con absoluta impunidad, deciden que la vía pública debe cortarse para que ellos puedan expresar su protesta.
Sin embargo, hay algo que subsiste plenamente, y que incluso se ha incrementado: el cobro de impuestos. El monto total que recibe el Gobierno de la Ciudad equivale a cien pesos por mes por cada habitante. Por una familia tipo -matrimonio y dos hijos- recauda 400 pesos mensuales.
¿Cuánto vuelve en servicios de todo ese dinero? Por los resultados, no parece que sea mucho, ni elegido con buen criterio. Es evidente que ha llegado la hora de un cambio, que nos permita vivir mejor y recuperar el orgullo de ser porteños.





