Hemingway vs. Fitzgerald
Por Michiko Kakutani De The New York Times
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NUEVA YORK.- Sin duda, Ernest Hemingway y F. Scott Fitzgerald son una de las parejas más extrañas de la historia de la literatura. Íntimos amigos por breve tiempo, rivales mordaces después, fueron dos escritores sobresalieron de su generación, pero sus logros fueron eclipsados por las leyendas acumuladas alrededor de sus nombres.
Hemingway, cuya prosa dura y despejada ayudó a recrear el idioma inglés del siglo XX, es recordado con excesiva frecuencia por su pose de macho aventurero. Fitzgerald, autor de esa obra señera de la literatura norteamericana que es El gran Gatsby , suele ser desechado como un historiador social de los años 20, un playboy de la Era del Jazz que permitió que el alcohol y una vida desenfrenada disiparan su encanto.
En Hemingway vs. Fitzgerald (The Overlook Press), Scott Donaldson, biógrafo de ambos, lamenta el culto de la celebridad que rebaja el talento y la obra de los artistas, al par que somete "a un escrutinio intenso todos los pormenores de su vida privada". Sin embargo, su libro resulta ser un nuevo ejercicio de lo que Joyce Carol Gates denomina "patografía", una forma de biografía que no se centra en la obra de un artista, sino en sus relaciones disfuncionales y su descrédito paulatino.
Es un libro repleto de incidentes de mala conducta, borracheras y venganzas mezquinas. Un libro que discute El gran Gatsby en términos de contenido alcohólico ("Gatsby nunca está ebrio y el narrador, Nick Carraway, rara vez lo está, pero el libro está saturado de alcohol") y cita las especulaciones psicoanalíticas de seudoexpertos que nunca conocieron a Hemingway ni a Fitzgerald. En su afán por esclarecer las cuitas románticas de sus biografiados, Donaldson llega a citar un artículo titulado "Supervivencia afectiva: cómo remendar un corazón roto".
Recurre a la correspondencia entre los dos escritores y la que ambos mantuvieron con su editor, Maxwell Perkins, a investigaciones biográficas recientes y memorias de sus conocidos comunes, entre ellos Morley Callaghan ( Aquel verano en París ) y Robert McAlmon ( Ser genios juntos ).
Intolerable deuda de gratitud
Leemos, por ejemplo, la historia de cómo Fitzgerald ayudó al joven Hemingway haciendo las veces de agente, defensor y corrector decisivo de Afuera brilla el sol y cómo le pagó Hemingway rebajándolo ante amigos mutuos y retratándolo, en Una festividad móvil , con trazos sarcásticos, condescendientes y, probablemente, novelescos. Es obvio que Hemingway, "para el cual las deudas de gratitud eran intolerables", tomó a mal la ayuda de Fitzgerald, y Donaldson, como tantos otros, le achaca la mayor parte de la culpa por la ruptura.
Heminway emerge de estas páginas como un hombre ingrato y pendenciero, un megalómano que proyectaba sus propias inseguridades en sus allegados más íntimos y se creía obligado a rechazar a sus amigos y amantes antes de que ellos pudiesen rechazarlo. En cambio, en Fitzgerald encontramos un tipo bienintencionado pero exasperante, que elegía mal a sus ídolos y se autosaboteaba constantemente emborrachándose y poniéndose en ridículo.
En un pasaje típicamente recargado, Donaldson dice que Hemingway tenía "un lado oscuro, más oscuro que granito de Zimbabwe". "Hemingway -escribe- sentía un deseo compulsivo de dominar, de tratar despóticamente a los demás, y Fitzgerald tenía una necesidad complementaria de ser dominado. Si a Ernest le gustaba patear, Scott llevaba en la espalda un cartel que decía: «Patéenme»." Donaldson sostiene que Hemingway siempre procuraba relatar su amistad con Fitzgerald de manera tal que él saliera favorecido, recordando mal las correcciones sugeridas por su ex amigo y "valiéndose de exageraciones, mentiras y ficciones estereotipadas". Señala, además, que Fitzgerald no fue el único amigo repudiado por Hemingway: también rompió con Gertrude Stein, otra mentora suya, y con Faulkner, Premio Nobel como él.
A partir de 1926, la amistad entre Fitzgerald y Hemingway nfue decayendo. En los años 30, rara vez se hallaban ambos en un mismo continente. Sólo se vieron cuatro veces en toda esa década. Aun así, Fitzgerald "luchó animosamente por preservar la ilusión de unas relaciones otrora tan íntimas". Pero su estrella declinaba, en tanto que la de Hemingway ascendía, y su "afán por participar en la vida y la carrera de Ernest" ahora era visto como el entremetimiento patético de un escritor pasado de moda.
Hemingway hablaba de la obra de Fitzgerald con aires de superioridad y se mofaba de su ex amigo tildándolo de cobarde, falderillo de los ricos y marido tiranizado por una mujer manipuladora. Lo comparaba con una mariposa agonizante, un boxeador con mandíbula de cristal, un misil no guiado que se estrellaba siguiendo "una trayectoria muy empinada".
La amistad perdida
Fitzgerald murió en 1940, a los cuarenta y cuatro años. Hemingway aceleró sus ataques, en gran medida -insinúa Donaldson- por el reverdecimiento póstumo de su fama. En las postrimerías de su vida, Fitzgerald se permitía alguna pulla ocasional contra su antiguo amigo ("Ernest siempre daría una mano al hombre parado sobre una saliente un poquito más alta") pero, al parecer, las más de las veces lamentaba con nostalgia la amistad perdida.
Al relatar el triste arco trazado por la relación entre ambos, Donaldson logra darnos una idea de sus personalidades volubles. Pero su empeño por centrarse en los melodramas de mal gusto que jalonaron las vidas de los dos escritores da por resultado un libro que alimenta curiosidades malsanas.
"Hemingway y Fitzgerald no eran mejores, sino diferentes -escribe Donaldson-. Cada uno de los dos fue grande a su modo. En esa liga, ninguno tuvo que perder para que ambos ganaran." Resultan ser triunfadores sometidos a las leyes actuales de la fama. De ahí esta nueva crónica de desgracias y oportunidades desperdiciadas.


